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Un hueco en el Monte Rushmore

Un hueco en el Monte Rushmore

Escrito por: Amalio Campa22 mayo, 2018
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Mis primeros recuerdos asociados al deporte se remontan a la década de los 80 del pasado siglo, y curiosamente resultan mucho más claros aquellos en los que aparece el humeante y recóndito pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Los vinculados al estadio Santiago Bernabeu son mucho más difusos, como si hubieran resistido peor el machacón transcurrir del tiempo. Jamás olvidaré aquellas tardes de sábado en los que héroes de otra dimensión como Juan Corbalán, Fernando Martín o Drazen Petrovic hacían soñar a los chavales de aquella época con que lo que nos parecía imposible podía convertirse en habitual.

Mucho me temo que la perspectiva que nos da el tiempo convierte en mítico todo lo pasado, y que tendemos a idealizar aquellas realidades que observamos con ojos tiernos. Cuando no era más que un colegial con pájaros en la cabeza y delirios de grandeza siempre pensaba que un día sería capaz de contar a mis hijos que había visto jugar a Fernando Martín, o a aquel insolente yugoslavo de pelo afro y ojos inyectados en sangre, aún cuando al principio vestía el uniforme del enemigo. Hoy tengo el deber de mantener viva mi memoria para poder contar en un futuro a mis nietos que un día tuve la suerte de ver jugar a Luka Doncic, y también a Sergio Llull, y a Felipe Reyes, y a tantos otros. Jamás habría pensado que la realidad del presente podría superar a las imágenes idealizadas de un pasado edulcorado por la juventud. Sin embargo, ha sucedido.

El Real Madrid de la temporada 2017-18 entra de lleno en la lucha por convertirse en el mejor de la historia del club. Quizás alguien lo considere un sacrilegio, pero no me importa lo más mínimo. Para mí ya es un hecho consumado. Creo que Lolo Sáinz, Emiliano Rodríguez, Pedro Ferrándiz, Clifford Luyk y Wayne Brabender estarían de acuerdo con ello sin pensarlo demasiado. No únicamente debido a la calidad intrínseca de la plantilla, que también, sino a la cantidad de obstáculos que ha tenido que sortear desde las primeras semanas, con una sucesión de lesiones graves en hombres clave, fichajes con un riesgo lógico, y la desesperanza que todo ello suscita. Observando todo desde un plano mucho más global, esta temporada que aún sigue viva no puede entenderse, lógicamente, como un islote dentro de un océano, sino como la evolución en la obra de un arquitecto de nombre Pablo Laso. Un arquitecto de trayectoria improbable y méritos sin límite. Legión fuimos los contrarios al fichaje de un entrenador sin aparentes méritos y capacidad más que discutible. Siento un placer enorme cuando los éxitos me tapan la boca y me sacuden un sopapo de proporciones bíblicas. Señor Laso, si alguna vez lee las líneas que escribo aquí espero que sepa perdonarme por mi atrevida ignorancia.

La confianza es una virtud que, al igual que la energía, ni se crea ni se destruye, sino que se transforma. Pero en el ámbito deportivo sobre todo se entrena, se ejercita y se maximiza, y a eso ayuda sobremanera pertenecer a un grupo con un adn eminentemente ganador. La décima Copa de Europa es el resultado evidente de una sobredosis extrema de confianza, confianza en los compañeros y en uno mismo. Este factor bien empleado es capaz de mover el mundo.

Pues sí, amigos, un día podré contar a mis nietos que vi jugar a aquel yugoslavo de modales provocativos, a aquel madrileño de voluntad de hierro y a aquel gigante lituano de mirada gélida. Que la generación de mis padres disfrutó en el Frontón Fiesta Alegre y también que la sección de baloncesto del Real Madrid puso al país en el mapa de la élite de un deporte entonces prácticamente minoritario. Sin embargo, contaré a quien me quiera escuchar que los recuerdos de la infancia pueden mejorar si la grandeza de los protagonistas lo permite. Señores responsables del Monte Rushmore del baloncesto blanco, quizás haya que ir haciendo un hueco para un nuevo inquilino que habite al lado de Washington Ferrándiz, Jeferson Sáinz, Roosvelt Luyk y Lincoln Brabender. Háganle un hueco a un pequeño entrenador que continuamente nos hace rememorar glorias pasadas.

Amalio Campa
Soy madridista de cuna, literalmente. La primera vez que asistí al Bernabéu jugaba un tal Juan Gómez, JG7. Incrédulo, suspicaz, inconformista. Tengo alergia a dos cosas en esta vida: a envejecer y a la mezcla de azul y grana. Escribir lo que se me ocurre es una de mis pasiones.

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