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Gareth Bale: el hombre que pudo reinar

Gareth Bale: el hombre que pudo reinar

Escrito por: Antonio Valderrama17 mayo, 2019
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De todo lo que está pasando en los últimos días en el Madrid se puede intuir, por encima de todo, que Gareth Bale abandonará el club este verano. Eso se deduce no sólo de las informaciones que salen en la prensa, más o menos coincidentes, más o menos veraces, sino fundamentalmente del comportamiento de Zidane. No lo ha convocado para los últimos dos partidos y no hay que ser un genio para colegir de sus declaraciones cada vez que le preguntan por él que no lo quiere en su futuro Madrid. Hace tiempo que perdió también el favor del pueblo soberano del Bernabéu, que desde el Ajax liquidó la temporada del equipo en marzo personifica en Bale el fracaso de un curso inolvidable, por espantoso. Así lo ha hecho constar con formidables pitadas en los últimos partidos del galés en casa. Como el público en los anfiteatros romanos, una mayoría de la tribuna del estadio pide insistentemente al emperador que le quiten a Bale de en medio, y parece que esta vez el emperador ha escuchado.

Una temporada como la que ahora termina es un desastre sin excusas para cualquier equipo de la élite del fútbol profesional. Para el Madrid es algo más, es una catástrofe. Suele ocurrir que en las catástrofes el madridismo del Bernabéu tiene una voz que sigue gritando más fuerte que ninguna otra, incluso en este tiempo de interconexión global y Twitter: es una reminiscencia de la democracia directa, el voto por aclamación de la gente que va al estadio cuenta más porque tiene la capacidad inmediata que no tiene el resto de aficionados, que es la de abochornar a las altas magistraturas del club in situ y que ese bochorno sea retransmitido en vivo a todo el mundo. En el fondo, Florentino sigue siendo el presidente que echó a Luxemburgo tras una pitada estruendosa del Bernabéu después de ganarle 1-0 al Getafe, un día de mitad de temporada, es decir, sin nada aún perdido.

Es injusto, por supuesto, particularizar en Bale la horrorosa campaña del Madrid. Sin embargo, nos lo han enseñado las películas de superhéroes: un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y en términos nominales Bale es el jugador franquicia de este Madrid desde que Cristiano pegó el portazo en verano del año pasado. Por eso, cuando se dice con ánimo sarcástico que la mentada “revolución” va a consistir en echar a tres o cuatro subalternos sin tocar a las “vacas sagradas”, yo me río. ¿Qué vaca hay en el Madrid ahora mismo más sagrada que Bale?

 

Es el jugador que más cobra, el top según se dice de la famosa escala salarial; es el gancho publicitario por excelencia, ausente Cristiano, y sobre todo, lo más importante, es el tipo del que más cosas se esperan. O se esperaban. Por cosas se entienden goles, asistencias, influencia ganadora en el juego del equipo, pero también otros añadidos que son difíciles de cuantificar estadísticamente: regularidad y constancia en la participación, presencia carismática en los momentos críticos, lo que el español traduce gráficamente en un lenguaje muy castizo. Voces, golpes encima de la mesa, cojones, que no por casualidad es junto a remontada la palabra que con más éxito ha exportado el español al inglés en los últimos años, gracias al fútbol. Todo esto es código antiguo, naturalmente. Todo esto no aparece en un mapa de calor.

Probablemente ahí reside el quid de la cuestión, en esas coordenadas se mueve la animadversión pública hacia el 11 del Madrid que tan abruptamente se ha desatado en estos dos últimos meses. Bale, como Jon Nieve, rehúye reinar. Sus hechos nos muestran a alguien cómodo en un extraño segundo plano (¿acaso podría ser Bale un subalterno, permanecer en la sombra, ser un Lucas Vázquez?) que alimenta su halo clutch a base de fogonazos sublimes; sus palabras, al contrario, revelan un afán verdadero por ser el número uno. Eso dijo en Kiev, recibiendo el premio al MPV de la final con el mohín de quien está allí a disgusto. Hay una incomprensible disonancia entre lo que Bale hace y lo que dice.

Bale es el hombre que pudo reinar en el Real. Quizá ese sea un buen epitafio. Bale llegó al Madrid como un príncipe: tenía el potencial, tenía los números, tenía el talento, había costado eso. El Madrid compraba un rey porque hace cinco años aún se pagaban 90 o 100 millones por reyes, no por peones. El mercado aún no había enloquecido. Cinco años después su cuenta de resultados arroja conclusiones contradictorias que dejan una frustrante sensación de amargura en el hincha: era esto, sí, pero no así.

 

Nadie puede negar que Bale es una leyenda del Madrid. Un tipo que mete de chilena el gol que da una Copa de Europa no puede entrar en otra categoría, es absurdo, se faltaría a la verdad. No es sólo Kiev. Bale tuvo una participación muy destacada en la primera Copa de Europa que ganó con el equipo; la Décima, más allá de ser la primera de un ciclo único, fue la que rompió el hielo. Se puede decir que fue la más importante porque, aunque no soy un pitoniso, es fácil inferir que sin ella no habrían caído las otras tres, o al menos, no tan de seguido. Ganar cuatro de estas competiciones delirantemente complicadas de ganar, en cinco años, es una cosa que todavía necesita tiempo para ser valorada en toda su magnitud. Es un pelotazo histórico que el ritmo atropellado del fútbol no nos deja asumir, digerir. Pero se digerirá y las siguientes generaciones se llevarán las manos a la cabeza como cuando yo veía el palmarés de la Copa de Europa actualizado cada verano en la Guía Marca y ahí estaban las cinco primeras, subrayadas en rojo, del Madrid. Seguidas.

El influjo de Bale fue determinante para transformar a un equipo de extraordinario potencial que llevaba tres años quedándose en el umbral de la victoria, en una máquina de control emocional de los big moments. A lo mejor es excesivo decir que Bale fue el clic, pero no que Bale contribuyó grandemente al clic del equipo de Cristiano, Modric y Ramos. La última cocción. La definitiva, que no tenía por qué darse puesto que, ¿cuántos grandes equipos se han visto en Europa que se han quedado finalmente en el casi, por una cosa o por otra?

Luego, la Undécima fue aún más suya. Deja un mal regusto rememorar el tramo final de aquella campaña, los primeros meses de Zidane como entrenador del Madrid, porque fueron los meses en los que vimos qué podría haber sido Bale aquí en plenitud de facultades con continuidad. Con una continuidad suficiente por lo menos como para ponderar su trabajo en la dirección espiritual del equipo en el campo. Se pudo comprobar entonces su estilo de liderazgo, propio y diferente del de Ronaldo. Su gestualidad, en apariencia fría pero también cargada de electricidad, más británica que latina, con menos aspavientos, pero más semejante a un martillo dando sobre el yunque. Ese carácter, de emocionalidad poco visible por decirlo de alguna manera, necesita de un Bale al máximo de su capacidad para conectar con la tribuna, de lo contrario el público español, hecho al tonadillerismo, al arrebato, lo confunde con ausencia de sentimiento y eso es la muerte.

 

La Eurocopa que hizo con Gales fue una extensión de todo eso: en 6 meses, con Bale asumiendo responsabilidades de jefe, el Madrid remontó 11 de 12 puntos al Barcelona en Liga, disputándola hasta el final, ganó una Copa de Europa in