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Ganar y después ganar otra vez

Ganar y después ganar otra vez

Escrito por: Antonio Valderrama9 mayo, 2023
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Sevilla estaba llena de jacarandas y eso ya era una señal. El sábado, al mediodía, la ciudad más hermosa del mundo estaba tan bañada en una luz blanca de primavera como cubierta con lunares morados, que parecía una mujer vestida de flamenca. Eso, a Dios gracias, tapaba el rojo burdeos de los navarros, un rojo gritón y desagradable, más cercano al marrón que a la sangre.

Los de Osasuna estaban desparramados por todo el centro y chillaban como si aquello fuera San Fermín. Lo inundaban todo con el atrezzo portátil con el que viajaron a Sevilla, un forillo de la navarridad con el que dar la lata todo el fin de semana. Contrastaban vivamente con el transitar apacible de las familias que marchaban hacia las muchas bodas y comuniones que estaban a punto de celebrarse, y con el pasar de los madridistas, ataviados la mayoría sencillamente con una camiseta.

Esa es de las cosas que más chocan: el madridista, por lo general, va por el mundo como mucho con la zamarra, como tímidamente, sabiendo que los cojones hay que enseñarlos después, con la copa delante. Sin embargo, para el resto de aficiones de España estas ocasiones son como verbenas de barrio: escenarios para exhibir chovinismo de aldea, para meterte por las narices lo mucho que quieren su tierra.

Fans Real Madrid final Copa

Y como en Sevilla gravitaba sobre las cabezas de la gente el color de la nieve y de la pureza, las camisetas del Madrid se fueron infiltrando poco a poco en la fotografía general, confundiéndose con el ambiente y apoderándose cromáticamente del paisaje. El rojo vociferante de los que desde el jueves llevaban haciendo ruido debajo de la Giralda se apagaba lentamente a medida que se acercaba la hora del partido. Que son las horas en las que el Madrid crece como el miedo hasta hacerse gigante y monstruoso en la imaginación de los rivales, que empiezan las finales como si desearan perderlas pronto, en una cosa rápida que termine con la angustia.

Eso es lo que le pasó a Osasuna. Al minuto dos ya había marcado Rodrygo. Hola, qué tal, verán ustedes, somos el Madrid, toda esta parafernalia está muy bien, pero nosotros hemos venido aquí a ganar. Las sombras se hicieron corpóreas sobre el césped de La Cartuja: eso era el Madrid en una final, al fin y al cabo, una pesadilla que se hace presente justo al despertar. El fenómeno sobrehumano que no canta ni anima en las finales, pero que las gana. Como si fuera inevitable. Como si fuera la muerte.

El Madrid crece como el miedo hasta hacerse gigante y monstruoso en la imaginación de los rivales, que empiezan las finales como si desearan perderlas pronto, en una cosa rápida que termine con la angustia

El Madrid salió decidido a finiquitar el asunto en la primera parte, y a poco lo consigue, pero el portero, el larguero y la precisión atrofiada de sus delanteros permitieron a Osasuna sobrevivir. Gobernaba el partido la voluntad econométrica de los madridistas, y eso es siempre un riesgo en las finales. En el descanso, probablemente, sobrevolaron Haaland y Guardiola por la cabeza de todos los jugadores de Ancelotti, pero en cuanto lo necesitaron, es decir, tras el empate de Torró, los jerarcas apretaron de nuevo el acelerador y en un cuarto de hora se acabó el partido. De nuevo lo ineluctable. De nuevo la muerte.

Me quedé pensándolo al final del partido. El Madrid había ganado la Copa del Rey, la Copa de España, otra vez y para siempre, después de nueve años. Pero es curioso: los que pierden contra el Madrid siempre acaban cantando, y están orgullosos de ello. La grada de Osasuna cantaba sus cosas, sus himnos, se jaleaba a sí misma, con sus banderitas de apoyo a los presos etarras, con su vasco artificial, mientras sus jugadores recibían las medallas de subcampeones y el capitán del Madrid, Benzema, se preparaba para recoger el trofeo de manos de Felipe VI.

Benzema Copa Rey Felipe VI

Los navarros cantaban sin parar y yo pensé en cómo reaccionaría yo mismo si el Madrid, en vez de ellos, hubiera perdido el partido. ¿Tendría cuerpo para cantar? En absoluto, concluí. Sólo querría morirme, llegado el caso. Como mucho, a las dos horas de luchar sin posibilidad alguna de victoria contra ese apocalipsis interior que sucede dentro del madridista a toda derrota (¡y más en una final!), sólo entonces, hubiera podido escupir al cielo y pensar en el siguiente partido. Pero cantar y aplaudir, ¿a qué? ¿por qué? Pensé admirado en qué capacidad de resignación y de predisposición a la entrega hay que tener para aplaudir a quienes han perdido. Yo no la tengo. No creo que haya muchos madridistas que la tengan.

Hola, qué tal, verán ustedes, somos el Madrid, toda esta parafernalia está muy bien, pero nosotros hemos venido aquí a ganar

En Sevilla, había también madridistas cantando y gritando antes del partido. La Alameda de Hércules estaba llena de ellos. Debajo de las estatuas de Caracol, Chicuelo y la Niña de los Peines, muchos grupos de cientos de tíos vestidos de blanco encendían bengalas y cantaban también. Pero había pocas banderas que no fueran estrictamente blancas, aunque por supuesto también había tontos con simbología estúpida: como del Madrid hay más aficionados en todo el mundo que de ningún otro equipo, también hay una cuota de tontos mayor, eso es inevitable, un fenómeno puramente humano.

Llegué también a la conclusión de que la identidad madridista se fundamenta en las ideas de libertad, ambición y orgullo, mientras que casi todas las demás, por ejemplo la de Osasuna, son simples proyecciones del arraigo territorial. Y no hay ninguna idea que arraigue más en el pueblo, en cualquier pueblo, que el sueño de ser libre y el orgullo de imponerse a los demás en la buena lid de una justa pelea: por eso, hasta ahora, los pueblos libres han logrado imponerse, en el decurso de la historia de Occidente, a los pueblos siervos, casi siempre, aunque como en todo en esta vida, hay excepciones y matices.

Rodrygo final Copa

Al madridista lo empodera su deseo enfermizo de ser mejor que los demás, no el santo patrón de una ciudad, y la emoción íntima de conectarse a una tradición limpia y clara como el agua que abaja del monte. La tradición más ilustre, que es la de los hidalgos de los de lanza en astillero. Por eso Morante, que es de La Puebla del Río, y no de Chamberí, siempre quiso torear como jugaba Zidane. El sábado estaba entrando él también en el estadio como un paisano más, yendo a ver a su Madrid, con una camisa blanca y una boina de campo. Eso también era una señal.

Eso es el Madrid en una final, una pesadilla que se hace presente justo al despertar. El fenómeno sobrehumano que no canta ni anima en las finales, pero que las gana

Así es como se tenía que llegar al Manchester City: ganando. Cualquier otro planteamiento distinto, cualquier consideración de la Copa de España como algo menor y por lo tanto, prescindible (esa estupidez de que “lo importante es lo del martes”) habría conducido a un escenario siniestro: el Madrid embocando la ida de las semifinales de la Copa de Europa lleno de dudas, señalado por la derrota ante un equipo menor y, en frente, un tremendo campeón inglés cuyo entrenador ansía transmutarse en el Madrid con todas las partículas de su ser y cuyo 9 es un cyborg creado por una inteligencia artificial. Por encima de todas las cosas, cualquier otro pensamiento habría sido profundamente antimadridista. No anti de odio, sino de negación esencial del madridismo, que es embestir siempre a la muleta del destino sin pensar en otra cosa.

Vinícius madridismo Osasuna

Por suerte, Ancelotti no es un tuitero. Ancelotti conoce a las personas. Lleva veinte años entrenando como si cada partido fuese el último de su carrera deportiva. Como si cada final fuese la última. Pues en efecto, eso es lo que pasa: cada final es un regalo que la vida nos hace a los hombres, un milagro que nadie asegura se vaya a repetir, y que por lo tanto hay que disfrutar con el espíritu ancho de las grandes victorias.

Madridismo es embestir siempre a la muleta del destino sin pensar en otra cosa

La final consagró a los niños, que ya lo han ganado todo en el Madrid. Vinicius, Valverde, Rodrygo y Camavinga son ya jerarcas de pleno derecho aunque apenas superen los veinte años. Es una cosa extraordinaria, pues si se piensa en frío, sólo Kroos, en el Bayern, brillaba así con esa edad. Modric o Ramos rompieron a gigantes entre los veintiocho y los treinta. A lomos de esos pequeños grandes hombres, el Madrid afronta el martes otro partido encima del abismo, porque si para el osasunista promedio llegar a una final de Copa es motivo de satisfacción suficiente y oportunidad de exaltación regional única, para el madridista, todo lo que no sea derrotar temporalmente la amenaza del olvido, es una cesión insoportable frente a la dictadura del tiempo.

Disfruten de este Madrid

En La Cartuja, que ni siquiera está en Sevilla, sino en Santiponce, a un salto de las ruinas de Itálica, no sólo se vio la diferencia entre una grey que va a los sitios a disfrutar y a ganar y otra que ampara manifestaciones ruidosas y visibles de desprecio a los españoles, a sus símbolos y a sus muertos. También se volvió a ver lo poco que le importa el aficionado, que es el que sostiene el tinglado, a las organizaciones clientelares de reputación dudosa que lo explotan, como la Real Federación Española de Fútbol.

La Cartuja es un estadio bonito por dentro y horrible por fuera que se hizo por capricho de un alcalde andalucista que tuvo Sevilla cuando en la Junta se vivía en pleno virreinato socialista y en Madrid gobernaba todavía Felipe González. La ocurrencia era concurrir a unos Juegos Olímpicos y que Betis y Sevilla vendieran sus estadios y se fueran a jugar juntos. Está completamente desconectado de Sevilla y a su vera sólo llega el C2, que es el autobús circular en el que van a los campus universitarios de la Cartuja la mayoría de sus estudiantes. Como recinto deportivo es un estadio fenomenal, aunque como escuché el sábado por la noche, mientras nos marchábamos en manada rumbo al puente del Alamillo, “es un edificio tan feo que parece de La Castellana”. Antes estaba rodeado por un poblado chabolista, ahora parece que sólo hay ruinas.

Para el madridista, todo lo que no sea derrotar temporalmente la amenaza del olvido, es una cesión insoportable frente a la dictadura del tiempo

Al terminar, como siempre, a los VIPS los recogieron en la puerta, mientras que la plebe tuvo que caminar más de una hora hasta la avenida de Torneo, que es la ribera del río en la que termina Sevilla. La Cartuja, que se adecentó para la Expo del 92, vegeta desde entonces como un híbrido extraño y semiabandonado de polígono industrial de alto nivel y campus universitario, aunque ni está habitada ni parece que vaya a estarlo próximamente, y en una ciudad en la que su aeropuerto y su principal estación ferroviaria no están conectadas por ningún tren de Cercanías, la incorporación de este inmenso hábitat al pulso urbano general parece todavía una quimera. Por lo tanto, es el lugar adecuado para que Rubiales se lleve a sesenta mil desgraciados una vez al año, a disfrutar de su modernización y saneamiento del estamento federativo del fútbol patrio.

 

Getty Images.

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Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

5 comentarios en: Ganar y después ganar otra vez

  1. Que canten , que bailen, que muevan sus banderas separatistas, que piten en himno de nuestra ESPAÑA, pero PIERDEN como siempre o casi siempre.
    Muchos de estos, muchísimos, una vez solitos en sus lugares, en sus casas se les revuelve el estómago porque como dice el autor del artículo ",los cojones" hay que tenerlos y demostrarles en el terreno de juego y ahí "HUEVOS DE CODORNIZ"
    HALA MADRID Y HASTA EL FINAL

  2. Artículo estupendo. Gracias sr. Valderrama.
    En el Madrid, como la propia ciudad de Madrid recoje a cualquier persona tan solo con la condición de querer ser del Madrid, o en el caso de la ciudad, vivir en Madrid. No hace falta tener ocho apellidos castizos, ni seis ni nada. A mí no me importa nada que el Madrid tenga que juegar con españoles. No me preocupa, si hubiese jugadores españoles de nivel suficiente, estarían en el Madrid, por eso están Carvajal, Nacho o Ceballos, por su nivel. No por ser Madrileños.
    Al Madrid no le define una identidad geográfica o política. Lo que une al Madrid es una identidad futbolística.

    Según la prensa nunca el Madrid es el equipo del pueblo, ni aunque juguemos contra un equipo multimillonario. Pero en mi opinión se equivocan porque el Madrid es más que el equipo del pueblo, el Madrid es el equipo DE TODOS LOS PUEBLOS. (toma ya!) 😉

  3. No sabía que el estadio de la Cartuja fuera tan feo, aunque sí sabía que está desaprovechado.
    Sobre Sevilla, allá por el 96, recuerdo entrar en coche por no sé exactamente que zona, pero lo que vi fue nada agradable estéticamente hablando. Y como había escuchado tantos halagos sobre la ciudad ...la decepción fue considerable. Como decepción se llevaron los chillones osasunistas. Lo cierto es que, aunque uno lo diga sin la sutileza y elegancia del autor, estas exhibiciones de patriotismo chico, provinciano y pueblerino, tienen mucho que ver con acomplejamiento y envidia. Osasuna, Barsalona...
    En general , y salvo contadísimas excepciones, el comportamiento de la afición madridista, en los desplazamientos para apoyar a sus futbolistas , es mucho más adecuado y respetuoso para los anfitriones.
    Me alegro mucho , además de por lo que representa un título oficial, que lo hayan ganado
    en una ciudad como Sevilla. No se me escapa el antimadridismo feroz de los Cristóbal Soria , Monchi & co.

  4. Magnifico artículo que aunque no estés de acuerdo con él, lo lees con placeer sólo por la calidad de la escritura, me parecen oportunas las "puyitas" al provincianismo y la exaltación localista de los navarros, pero en esta ocasión y mira que es raro D. Antonio se ha quedado corto, no ha hecho la menor mención al salto dee calidad dado por parte de la afición navarra, que se dedico a desfilar paramilitarmente por las calles sevillanas, me imagino que serían bildutarras, apenas dos medios y la 17 de Febrero, hacen mención de la insolita provocación y extrema chvleria de esa porción de los seguidores navarros, espero que nadie se moleste pero tomo nota
    https://www.youtube.com/watch?v=Ik0mYXW5cY4

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@lagalerna_ Guardiola es como Julio II, que según Erasmo de Rotterdam, cuando murió le daba consejos a Dios sobre cómo administrar el Paraíso; al final lo acabaron expulsando por brasas y dijo que se construiría un Paraíso mejor y más bonito.

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