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Las flores del mal

Las flores del mal

Escrito por: Antonio Valderrama21 marzo, 2016
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Como toda la literatura, el Madrid vomita sus propios monstruos. Genera fantasmas, crea temas, perspectivas históricas, modelos oníricos y el amplio catálogo de que se componen todas las mitologías. Uno de los más celebrados, en los tiempos modernos, es el del trescuartista maldito. Más allá de la naturaleza autoconclusiva del fútbol contemporáneo -crea, exhibe y humilla a los ídolos, en el tiempo que tarda una mariposa monarca en viajar desde los fríos de Canadá hasta los calores de México-, el Real es en sí mismo una máquina voraz de fabricar y deglutir iconos. Desde la Quinta, y hasta donde puedo recordar, el mediapunta o jugador de tres cuartos de campo en adelante es uno de los paradigmas favoritos del madridismo: Becerro de Oro que tan pronto es sacado en procesión como quemado y vapuleado. Incluso la condición frágil de estos seres volátiles adquiere en el Madrid un carácter volcánico: siempre expuestos a los fragores de la guerra entre los defensores del 4-4-2, del 4-3-3 y del 4-3-2-1, en el Real cada vahído de sus cabezas ligeras provoca terremotos semanales que duran hasta el siguiente partido.

El fenómeno alcanzó categoría de canon literario con Guti. Se fijaron los rasgos esenciales del tema. Si la poesía renacentista tenía el amor pastoril, y la novela romántica tenía al suicida por amor, el Madrid tiene al trescuartista menudo, genial, mágico y crápula. Guti fue Sneijder, Sneijder fue Özil, y Özil fue Isco. Luego vino James. Hoy, James e Isco compendian las virtudes y los defectos de este subgénero de la narrativa madridista. Noctámbulos, virgueros, gambeteros empedernidos, mercenarios de lo genial.

Son seres misteriosos, encerrados en sí mismos. Brahmanes, una casta separada del resto. En el Madrid moderno los centrales andaluces llevan la jefatura y los mediocentros seminales son el motor de la Historia. Los dieces casi nunca llevan el diez, y lucen como brillantes astros solares cuando el equipo funciona. En tiempos de bonanza, sus tobillos de seda sirven al madridismo para ufanarse: ¡qué buenos son estos tíos!

Pero cuando el Apocalipsis se desata sobre Chamartín, ellos concentran la ira del pueblo. Borrachos, golfos, apáticos, vagos. La mochila de adjetivos es gruesa. En ella caben todos. Cuando corren, porque corren demasiado y los mediapuntas no pueden correr tanto: algo malo pasa cuando el genio suda mucho. Cuando no corren, porque merecen ser reos de muerte o condenados a galeras. Algo raro pasa: seguro que salen mucho. Escándalos. Multas. Vicios. Seguro que fuman. Todos los genios fuman. Y beben. Madrid entera debe ser un ron con Coca-Cola para ellos. Como si tuvieran una sed de melancolía inagotable, que no se pudiera apagar ni destilando el Niágara.

madrid mediapuntas

Se puede seguir el rastro del mediapuntismo maldito a lo largo de las dos o tres últimas décadas. Nunca nadie conoce a ciencia cierta su posición: ocurre con ellos como con Azerbayán, que nadie sabe ubicarlo en un mapa. Son orfebres, entidades minúsculas que crecen y se agigantan en un parpadeo: suelen elegir para ello escenarios grandiosos, ocasiones majestuosas, momentos culminantes. Los campos pequeños y alejados de la gloria trastornan sus ciclos vitales, sus momentos de creación: ni James ni Isco nacieron para brillar en Éibar. No son como Messi, quien de virtuoso inconstante sólo tiene el tobillo izquierdo, que parece la brocha de Velázquez: Messi es capaz de brillar en el Bernabéu y en Elche, pero ni James, ni Isco, tampoco antes Özil, o Robinho, Benzema, otros jugadores aquejados a veces de esta enfermedad del alma, hallan en campos sin brillo la luz que les señala la posteridad. No es para ellos.

Entonces, se les mira y se dice: bonito cristal de bohemia, pero, ¿para qué sirve?

A Benzema, cuando quiere señalársele su falta de gol, se le dice: es un delantero con corazón de mediapunta. James e Isco, Isco y James, sufren las indefiniciones propias de su naturaleza humanista, en un fútbol que necesita precisarle al espectador el rol de cada uno de sus protagonistas: ni son propiamente interiores, aunque puedan jugar ahí, ni son centrocampistas puros. Ni alas, ni volantes. Ni segundos delanteros, ni falsos puntas: son trescuartistas, fantasistas en la nomenclatura italiana. No tienen cuerpo de defensor; no se fajan como el box-to-box. No tienen ni la constancia que necesita un 5 para controlar todo el partido con la cabeza, ni los pulmones del interior, que ha de hacer la cobertura a los laterales y acompañar el ataque siguiendo a la manada. Pueden hacerlo, quizá hasta duren una temporada. ¡Incluso Sneijder lideró un triplete!

Pero ellos viven para filtrar balones imposibles por entre las priernas quebradas de los rivales: pases de gol que son promesas. Parábolas, y no de las que contaba Jesucristo. Taconazos que nadie olvida. Driblings que parecen salir de una pared del Louvre: el arte por el arte, el fútbol por el fútbol.

Son flores del mal. Duendes libres, orfebres, retratistas. Se mueven por el puro instinto del jugador de calle. Hasta juegan al fútbol como los niños, por la esencia del goce, eligiendo casi siempre la peor opción si es la más hermosa, y la más inoportuna si comporta riesgo, dificultad y emoción. Por eso no suelen gustar en tiempos de crisis. Ni a los entrenadores con sentido de Estado, ni a los aficionados que exigen sangre, vísceras, sudor, lágrimas, carreras, embestidas. El estado emocional colectivo les influye como la Luna a las mareas: serán los primeros en dejarse mecer cuando el barco naufraga, pero también, serán aquellos a quienes la afición pida a gritos cuando todo alrededor tiembla, y no hay Dios que trepe las murallas del enemigo.