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De esteladas, estadios y libertad de expresión

De esteladas, estadios y libertad de expresión

Escrito por: Manuel Matamoros25 noviembre, 2015
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I. En un sugerente artículo publicado en El Mundo, mi colega Eva Cañizares Rivas y el Profesor de Filosofía del Derecho José Luis Pérez Triviño revisaban el conflicto entre el FC Barcelona y la UEFA a cuenta de las esteladas y se preguntaban «¿Quién limita la libertad de quién?»

La libertad de expresión, bálsamo de fierabrás de la pretendida justificación de toda clase de fechorías, no es un derecho absoluto, ya recuerdan ellos, «como sabe cualquier jurista». Y así es. Incluso para los que, como yo, la consideramos un derecho fundamental tan pertinente a la esencia misma de la persona que pensamos —con el Tribunal Supremo de los EE.UU. de América— que el acto de quemar una bandera nacional puede estar amparado por la libertad de expresión, en atención a la circunstancia en que se produzca.

esteladas en estadio

II. Es casi un postulado —pacíficamente admitido por todos, salvo por descerebrados absolutos, y a tenor de la línea editorial del diario AS, por una minoría de seres formados e informados cuyo oportunismo está por encima de sus convicciones morales— que la prevención de la violencia en el ámbito de los espectáculos deportivos de masas, y particularmente el fútbol, proclives a la exaltación de las pasiones, con los resultados funestos para la vida e integridad de las personas que la Historia ha puesto de manifiesto, merece especial consideración. Parecería, así, especialmente desaconsejable, desde el punto de vista de la protección de la seguridad pública, añadir el componente político al de la rivalidad futbolística, para no incrementar exponencialmente los kilotones de la bomba latente.

Se trata, pues, de un argumento digno de tomar en consideración, en cuanto a una eventual limitación legítima del ejercicio de la libertad de expresión en los estadios, en relación con ese ámbito y el contexto circunstancial en que se pretende su ejercicio. Pero no desviaré más la atención del aspecto del conflicto que más suscita mi interés, con éste otro en el que, con toda seguridad, pondrá su mayor acento la UEFA.

III. Es una falacia que las exhibiciones colectivas de esteladas en un minuto determinado de los partidos sean «un acto de expresión individual del socio» (Joan Laporta). Puesto que es falsa la premisa en que se fundamenta, constituye una desviación sofística del razonamiento jurídico pretender que están amparadas por el derecho a la libertad de expresión.

Lejos de un acto espontáneo de expresión individual, se trata, patentemente, de una reunión de un colectivo de personas, previamente concertada y promovida, con objeto de expresar colectivamente una posición política. Que para llevarla a cabo se utilice la vía pública o un estadio, que es también un «lugar de tránsito público» aunque ese tránsito venga limitado por la previa adquisición de una entrada y otras normas particulares, no constituye un elemento diferenciador a efectos del derecho que se ejercita.

El lícito ejercicio del derecho de manifestación obliga a comunicar a la autoridad, con la antelación previa prevista en la Ley, las características y el objeto de la convocatoria y a identificar al organizador, entre otras circunstancias relevantes.

Entre sus consecuencias más significativas, la de la potestad de la autoridad de prohibir la manifestación cuando existan fundadas razones de alteración del orden público, con peligro para las personas o los bienes, lo que remite al punto II de nuestra exposición. Con su convocatoria clandestina se secuestra a la autoridad pública el ejercicio de dicha potestad. Desde el punto de vista de la seguridad pública, las potenciales consecuencias negativas de este hecho aún son más graves —aunque nada cambie la esencia de ese secuestro el que se lleve a cabo en uno o en otro estadio—cuando se trata de exportar su ejercicio, como pretendía Joan Laporta en el caso del último clásico, a estadios ajenos al del FC Barcelona.

IV. La utilización del estadio durante un espectáculo público de libre concurrencia como ámbito del ejercicio de una reunión o manifestación política no convocada con publicidad, da lugar necesariamente a que un colectivo de personas, que puede ser mayoritario o no —es un aspecto irrelevante de la cuestión—, se vea obligado a participar subordinadamente de la manifestación de los ideales políticos de otro colectivo que se adueña ilícitamente del espacio público para ello.

De aquí la pertinencia de la pregunta que se hacen los autores del artículo citado: «¿Quién limita la libertad de quién?»

Todo lo anterior, que vale para las exhibiciones de esteladas, vale también para cualquier clase de manifestación política de un colectivo de personas más o menos organizado dentro de un estadio durante un partido de fútbol. Durante años, muchos socios del Real Madrid lo hemos sufrido en el estadio Santiago Bernabéu. Por lo que a mi compromiso personal con el futuro del club al que amo respecta, no lo volveremos a sufrir.

 

Abogado. Colaborador de ZoomNews y tertuliano en diversos medios de comunicación. Madridista.