El fútbol de selecciones, que parecía desactualizado en este líquido mundo postmoderno, nos regala de pronto un España-Francia nada menos que un 14 de julio. Es un partidazo, la final anticipada: los dos equipos que más sensación de campeón han dado, cada uno con unas virtudes que inciden en las debilidades del otro.
La Copa del Mundo de la corruptísima FIFA y de las fétidas federaciones nacionales sigue siendo, guste más o guste menos, el torneo más importante del fútbol. Da igual todo, hasta que Argentina juegue con otro reglamento. Si será una cosa tan extraordinaria un mundial que consigue lo inexplicable: que Mbappé defienda o que Bellingham resucite su majestad barroca de llegador con instinto fatal de killer, ese halo inexplicable que nos enamoró sin remedio a los madridistas en sus primeros seis meses de blanco. No creo que sea una cuestión de sentimientos nacionales, de patriotismo o de identidad sino de mística y de memoria asociada con la niñez y los sueños: es la tradición y salir en los libros de Historia, es una mitología labrada cada cuatro años que se alimenta precisamente de todas esas historias que con el paso del tiempo van tomando las hechuras imprecisas, vagas y luminosas de los cuentos.
Esa frecuencia de lustro hace mucho porque los mundiales sean todavía los acontecimientos deportivos más seguidos, comentados e importantes de un mundo saturado de eventos y ocio: nos obliga a considerar dónde estábamos en el mundial anterior y cuántos años teníamos en los anteriores, nos pone frente al espejo de la vida y de la vejez, nos ubica en la larga senda por la que caminamos junto a nuestros mayores y con los que nos sucederán.
España pasó el Rubicón, que es ese partido de las dudas que todos los equipos tienen en su camino al éxito. Me acuerdo, por ejemplo, del Madrid el año de la Décima. Ese partido, qué duda cabe, fue la vuelta contra el Dortmund en cuartos de final. Si se sobrevive al momento de crisis, las opciones se multiplican porque, por dentro de los jugadores, se forja una mentalidad ganadora, que es a medias resistencia y a medias, fe.
Esta España me está recordando mucho al Madrid. Tiene un no sé qué en su juego, un magnetismo: una baraka que recuerda a la del Real cuando entra en trance. No juega tan bien como en 2024 ni es mejor equipo, pero las cosas van sucediendo de un modo natural. En la Eurocopa, España aprendió a ganar y eso se nota. Merino ejerce de sacerdote de lo inevitable, como Joselu en la Quince, y el resultado es que por fin la selección española de fútbol ha cuajado una personalidad propia y al mismo tiempo, «winner» que la emparenta con lo madridista en tanto que anida en la imaginación —y en los terrores— de los equipos y aficiones rivales. Los partidos pueden ir de un modo u otro y no obstante si calienta Merino por la banda parece, como cuando se pitaba un córner a favor del Madrid y estaba Ramos, que el gol es irremediable. Ni una tonelada de propaganda mediática es capaz de perturbar esa impresión y ayuda el hecho de que la importancia del elemento barcelonista esté siendo tan recalcadamente artificial, impostada, publicitaria: Lamine MVP aunque no genere ni una ocasión de gol, la realidad mostrando a Pedri como el centrocampista menor que es.
Esta España me está recordando mucho al Madrid. Merino ejerce de sacerdote de lo inevitable, como Joselu en la Quince
Si lo madridista no es un «estilo» sino un tsunami que va subiendo hasta inundar el área contraria con voluntad de catástrofe, el estilo de la selección de Luis de la COPE es muy madridista: España chuta desde lejos y mete goles de rechace. Inclina el campo en los balones divididos y gana todas las rifas cuando suenan las trompetas de la hora de la verdad; controla el diapasón de los partidos hasta el aburrimiento y halla el pase decisivo por dentro; permite la elevación de secundarios con los que nadie contaba e incluso sus errores no son castigados por el Destino, como si una mano sobrenatural la protegiera, que es una de las razones esotéricas con las que los antis, en momentos de desesperación, justifican que el Madrid, a veces, parezca invulnerable.
Lo que viene a confirmar que todo se hermana en la victoria. Si el madridista, históricamente, consideraba su afecto por la selección como si se tratase de animar en la vida a un hijo tonto; y por la misma razón para el antimadridista el triunfo de la selección era la proyección astral de una venganza largamente pospuesta por las conquistas blancas, que España se establezca como una grande nos permite a todos encontrarnos, sin muertos en el armario, en la misma mesa. Como en esas familias peleadas durante años que finalmente se reconcilian: al final, no había tantas razones de verdad por las que detestarse.
Hay un motivo, además, supersticioso por mi parte. Llevamos tanto tiempo leyéndonos en esta tribuna que me van a permitir la superchería: cuando el Madrid fichó a Mourinho por primera vez, España ganó el Mundial y en los años siguientes comenzó la forja del mejor Real de la Historia.
Por más que ya no sienta, personalmente, la selección como cuando era un niño, cuando la emoción era pareja a la que sentía por el Madrid, no dejan de alegrarme sus triunfos. Pues, en el fondo, se trata de que ocurra una alegría que levante la moral de un país hundido. Cuando el Madrid de la Edad de Oro jugaba en los campos de Suiza, Francia o Alemania, Bernabéu exhortaba a sus jugadores a ganar por todos los exiliados españoles que poblaban aquellas gradas. Eso no se puede olvidar, forma parte del núcleo mitocondrial del madridismo. España camina cabizbaja como nación moribunda, bajo la impresión de haberle sido negado el futuro, en la perenne división política y sujeta a la acción maligna de tantas y abyectas formas de luz de gas por parte de sus poderes políticos y económicos. La Copa del Mundo no va a remediar ninguno de los grandes problemas que comprometen la viabilidad futura del proyecto común (ni el hecho mismo de que no exista ninguna conciencia, por mínima que sea, de ese proyecto), pero tampoco las Copas de Europa del Madrid hacen que yo encuentre trabajo o que el gobierno deje de tratarnos como pueblo conquistado. Sin embargo, el Madrid es una de las pocas razones que permite a los españoles sonreír, levantar la cabeza y alzar la mirada con orgullo al cielo: sea con España también y disfrutémoslo todos.
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Pues yo he vivido completamente ajeno al mundial, no he visto un solo partido, y está siendo un alejamiento del fútbol muy placentero. Por lo que me llega, el mundial está tan corrupto o más que la liga negreira, así que me alegro mucho de mi decisión.
Ya hace tiempo que no sigo la liga negreira, y solo veo champions. Pero creo que voy a dejarlo también. No nos engañemos, la uefa es tan corrupta como la fifa. El fútbol apesta. Si no sigo la política, que apesta también, ¿por qué demonios sigo el fútbol? Por el Real Madrid. Pero eso se va a acabar. No es bueno para mi salud.