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Esa es otra historia

Esa es otra historia

Escrito por: Manuel Matamoros29 agosto, 2015
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I.

Para difundir en Twitter el reciente artículo de Antonio Valderrama (@fantantonio) que, con el pretexto de la evolución del escudo del Madrid, nos adentra en el más importante ámbito de sus raíces culturales y su identidad, se me ocurrió acudir a una afirmación de Ángel Bahamonde que hace referencia a la clave de bóveda de un club sin parangón en el mundo: “En este aspecto el Real Madrid es un club de fútbol que se nutre de su propia memoria histórica”. (1)

Bahamonde es el historiador que mejor ha interpretado al Real Madrid. Se mueve en una galaxia distinta a la de los cronistas de las glorias deportivas, ámbito en el que la referencia absoluta es Bernardo Salazar, porque “no es cierto –dice- que un club de fútbol se alimente sólo de resultados”.

Esa calidad, esa importancia interpretativa, no ha merecido, por cierto, el apoyo de la Fundación de la que soy miembro –cuya línea se centra en las lujosas ediciones de las vidas de los santos- sin ni siquiera facilitarle el acceso a las fuentes documentales del club para elaborar su obra.

Cuando dice “en este aspecto” Bahamonde se refiere a la capacidad de crear ventajas comparativas con otros clubes similares que en años posteriores le permitieron apostar por otras cotas mayores de expansión. Capacidad que se fundamenta, a su vez, en la de crear organización y relaciones: “un tupido y complejo tejido a partir del cual buscar la expansión de la entidad incluso más allá de sus fronteras naturales, sin que con ello se perdieran su capacidad de autonomía ni su independencia.”

II.

En “Después del invierno” (2) Fantantonio imagina una conversación peripatética entre Pablo Hernández Coronado, a la sazón secretario técnico del Madrid, y José Ramón Sauto, centrocampista mejicano que formaba en el equipo que se proclamó Campeón de España en Mestalla al ganar 2-1 al Barcelona la final de Copa.

¿Cómo puede ser que Sauto, todavía campeón de España, ensimismado en el panorama que contempla, deje escapar un quejío doliente? “¡Lo que habíamos sido, Don Pablo!”

Ocurre, como habrá imaginado el lector advertido, que la conversación sucede en la primavera de 1939, tres años después del partido de Mestalla. Antes de que se hubiera cumplido un mes de aquella final memorable una parte del ejército se había sublevado contra el gobierno y a la sublevación le había seguido una guerra civil. Don Pablo y José Ramón pasean entre las ruinas del viejo Chamartín.

Chamartín en ruinas

Muchas veces el azar ha golpeado trágicamente la vida de un club de fútbol. Nunca con la violencia con que golpeó al Madrid. Son paradigmáticos los accidentes de aviación sufridos por el joven y prometedor equipo del Manchester United al despegar del aeropuerto de Munich, así como el del Torino, cuyo avión se estrella contra la colina de Superga en las proximidades del aeropuerto de su ciudad. Pero poco se habla del destrozo que la Guerra Civil causa al mejor equipo de España de su década.

No es solo la disolución de una excelente plantilla que ha costado años de esfuerzo e inversión decidida reunir y queda definitivamente dispersa, sino también la persecución de los unos por los otros y de los otros por los unos; los muertos, los presos, los exiliados, los más veteranos acabados para el fútbol. Y también la directiva, y la estructura administrativa elemental pero modélica para aquellos tiempos, el tupido tejido de relaciones, la masa social… Es, en definitiva, el club entero el que en su integridad sufre la violencia de los hados.

El propio estadio, orgullosa propiedad base de la estructura económica del club -que gracias a que está en cadiós, lejos del centro de la ciudad que soporta el sitio y de los frentes de defensa- se libra en principio de los bombardeos de aviación y artillería pesada, es visitado a última hora por la mano negra de ese destino fatal: Los vencedores, cuando por fin entran en Madrid, lo utilizan de campo de concentración de los vencidos y lo devolverán convertido en una ruina.

En el relato de Fantantonio, Santiago Bernabéu se acaba uniendo a la imaginada pero verosímil conversación. Y ante Don Santiago, Sauto se compromete a jugar gratis en el equipo a cambio de no entrenar. Las trescientas mil pesetas, que la Junta de Salvación reunida en torno a los expresidentes Pedro Paragés (3) y Adolfo Meléndez (4) piensa reunir solicitando préstamos a los bancos, tienen un único y esencial destino: la reconstrucción del estadio.

III.

Son sobradas las conclusiones para el inteligente lector de La Galerna, cuyos afectos le hacen parte de un club único que, volviendo a Bahamonde, se nutre de su propia memoria histórica.

Expresaré, en cambio, una mínima disensión con el relato de Fantantonio que he traído aquí. Antes de su publicación, formando parte del jurado del concurso de relatos convocado por Primavera Blanca, tuve la ocasión de emocionarme con él, y ya entonces sentí ese hormigueo disidente. Al recuperar el relato, recupero también la oportunidad de expresárselo a su autor y a los lectores que lo han disfrutado como yo.

“Después del invierno” no es después. Después de ese invierno de tres años, vino más invierno. Un invierno largo y aflictivo. Un invierno de diez o doce años, como esos que marcan el espíritu, la cultura y el ser de los norteños en Juego de Tronos. Tan duro que, cuando despuntaba por fin la primavera, a punto estuvo de dar con el Real Madrid en segunda división. Un invierno que se pudo evitar, pero que, afortunadamente, no se quiso evitar.

Muchos episodios históricos jalonan ese tránsito gélido. Hay éxitos notables, que se harán esperar, y fracasos parciales, que se repiten más frecuentemente. Ambos nos proporcionan la misma ocasión de aprender. No los referiré ahora. Me comprometo, a cambio, ante el lector interesado, a ir relatando algunos en La Galerna.

IV.

En una amena y larguísima conversación reciente con Ramón Álvarez de Mon, destacado colaborador de esta casa, sentí que los que conservamos nuestra propia memoria amplia del Madrid, y además nos hemos preocupado por entender sus porqués buceando su historia, tenemos el deber de hacer frente a la ola de ignorancia que identifica pureza con disidencia. Disidencia retórica y oportunista, por cierto, basada en la última alineación, en la última táctica, en el último fichaje fallido.

La falsificación de la verdadera historia del Madrid que nos proponen, enladrillada con falsos mitos establecidos por ellos mismos, nos resultará más dañina a largo plazo que la reinvención de su propia historia por nuestros enemigos, y para ello la de las relaciones entre el fútbol y el poder en España, que con tanto éxito llevaron a cabo en la Transición.

La pretensión de conceder rango de categoría a anécdotas cuya entidad no alcanza la de una portada de la prensa deportiva, o sea, irrelevantes del todo para la sustancia del Real Madrid, debe combatirse con las enseñanzas que su auténtica historia facilita a quien tenga la perseverancia de conocerla y la inteligencia de comprenderla.

El Madrid no ha sido “ganar, ganar, sólo ganar”. Decía Richard Dees en una entrevista publicada también en La Galerna que lo normal es perder. Diré más: Ganar, y ganar más que nadie, que sí es parte sustancial de la historia del Madrid, ha sido siempre la consecuencia de que una minoría ilustrada se erija por sobre las apetencias inmediatas y cortoplacistas de la masa social, sobre el natural reaccionario de la mayoría de la afición, e imponga líneas progresivas de comprensión y anticipación del futuro que, paradójicamente, se alimenten de la propia tradición de la entidad.

Los elementos menos conscientes habrían comprado la falsa primavera que ofrecieron al Madrid los militares de Moscardó, gestores del deporte oficial en tiempos de fusilamientos en las tapias de los cementerios, en lugar de enfrentarse al poder -¡y qué poder!- al elegir, una vez más, el orgulloso camino de la identidad y la independencia.

Y sin duda habrían ganado la Liga del 40 y la del 41, como los que las compraron. Y sin duda, no habrían llegado a conocer la verdadera primavera. Nunca habrían sido el Mejor Club del Siglo, como -repito- nunca lo serán los que las compraron. Pero esa es otra historia y, como decía, la contaré otro día.

Notas

(1) El Real Madrid en la Historia de España, Ángel Bahamonde Magro, Ed. Taurus, Madrid, 2002

(2) “Después del invierno”, Antonio Valderrama Vidal, en el libro colectivo El Madrid contado por madridistas, editado por Primavera Blanca, PrimeBooks, Lisboa, 2014

(3) Pedro Paragés fue la gran figura fundacional del Madrid, en la apreciación de Santiago Bernabéu. Jugador del primer equipo hasta 1908, directivo desde 1904 y presidente entre 1916 y 1926. Fue el mecenas del vallado del Campo de O’Donnell que aseguró las primeras taquillas del Madrid, es decir, el nacimiento del fútbol espectáculo en Madrid. Durante su mandato se compró y construyó el viejo Chamartín, a costa de un enfrentamiento con la Casa Real, que tenía intereses mercantiles en el Stadium Metropolitano, en el que pretendía que jugaran los dos equipos principales de Madrid. Después de la Guerra Civil fue el alma de la junta que afrontó la reconstrucción del Madrid.

(4) Adolfo Meléndez fue uno de los fundadores del Club, secretario de la junta y jugador del equipo de 1902. Presidente entre 1908 y 1916. Después de la Guerra Civil su condición de general de Intendencia le hacía la persona ideal para lidiar con el poder político entre aquellos hombres que echaron sobre sus hombros la tarea de refundar el M