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Endiosincrasia

Endiosincrasia

Escrito por: Pepe Kollins15 septiembre, 2015
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Endiosincrasia (1)

La adoración al ídolo es común a cualquier club. Esta figura ha resultado vital para la proyección y, en ocasiones, hasta la supervivencia de algunos equipos, estableciéndose casi una asociación entre el futbolista mesiánico y la entidad. El Real Madrid supone, no obstante, el primer caso donde la exaltación individual del jugador no solo prevalece sobre el conjunto sino que se consolida como una inercia que preexiste a la irrupción del sujeto a venerar. Primero el santo y luego la iglesia.

El aficionado blanco adora a sus ídolos con el fervor de quien necesita creer. Y es que, desde su impulso, el madridismo no es otra cosa que la primigenia aspiración del ser humano por alcanzar la eternidad. Conforme uno adquiere conciencia de su mortalidad ha de tomar una decisión trascendente: o soy madridista o qué se le va a hacer y me muero. El merengue pasa la vida apurando finales convencido de que siempre es posible sobrevivir. De esa fe emana el brío de un club que ha sido, en mayor proporción que sus rivales, inmune a la derrota.

En ocasiones, cuando el equipo enmienda la catástrofe recortando distancias en el marcador, el público del Bernabéu enloquece, como si no tuviesen relación con esos que abarrotaban las gradas, escasos minutos antes, tan indolentes como un grupo de ancianos plantados en un poyo a la entrada del pueblo. "Que se muera tu padre", parecen berrear exaltados a un rival que, aún por encima en el marcador, se sabe ya derrotado.

No es extraño, por tanto, que los jugadores del Real Madrid sean proyectados, desde esa visión irreductible, como unos seres bendecidos. La plantilla del Real Madrid se ha reafirmado durante mucho tiempo como un grupo de dioses, aclamados como dioses, y que en ocasiones juegan como dioses, entre otras razones porque, convencidos de su santidad, nada les motiva más que un imposible; pero no dioses omnipotentes sino dioses griegos, afectados por la autocomplacencia y el capricho de quien está facultado para hacer y deshacer a su antojo.

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Desde que se construyera el templo de Concha Espina, los futbolistas hacen del vestuario su Olimpo y defienden sus prebendas como si el club fuese suyo y no al revés. Di Stefano retó al mismísimo Don Santiago; un grupo de jugadores abordaron el despacho presidencial para exigir la destitución de Amancio; Jupp Heynckes huyó de una plantilla que no reconocía su autoridad; el equipo, con Hierro a la cabeza, se negó a celebrar un título de liga junto a su afición; la planta noble sonreía ante las quejas de Ronaldo Nazario por tener que correr en el entrenamiento; Raúl era consultado sobre los fichajes que el club sondeaba; los capitanes le trasladaron al presidente los recelos que suscitaba la continuidad de José Mourinho. En definitiva, una auténtica teocracia.

De forma ciclica (2) la degeneración de estos desmanes deriva en un  periodo de inestabilidad en el que la afición ha de tomar partido entre sus ídolos o el interés general, provocando un cisma en el seno del madridismo. Por un lado los que abogan por la Idiosincrasia del club: "no renunciar a la eternidad bajo ninguna circunstancia". Por otro, los que transforman ese estímulo épico en Endiosincrasia, oséase, en la querencia a divinizar a un mortal en calzones.

¿Pero cómo es posible que el aficionado idolatre a sus ídolos hasta el punto de anteponerlos al propio club? El sustento de toda idolatría pasa por el beneficio de aquellos que se lucran con la venta de estatuillas de barro. Efectivamente, no hay Dios sin templo, ni templo sin párroco y monaguillo. Algunos voceros corrompen la fe de los creyentes, anunciando la resurrección del caído tras su evidente declive y proclamando, de seguido, la consagración de la entidad a su gloria. Los falsos profetas nos hablan de porteros que realizan paradas con la mirada, vanagloriaban a aquel delantero que, pese a no aguantar la carrera a nadie, nos aseguraban era el más veloz en las pruebas físicas de pretemporada. O de ese punta que se hizo central a bien de disponer de un mayor trecho para coger carrerilla y rematar a puerta. Panes y peces a doquier.

La Endiosincrasia es por tanto una distorsión de la esencia del madridismo que se ha perpetuado de forma sostenida como una necesidad, incluso cuando el santo de turno aún está, cual buda, por descubrir. Los salmos de su liturgia son recopilados y recitados tanto en editoriales parroquiales, como en altares radiofónicos. La  evocación de la hagiografía del futbolista para negar su decadencia, la denuncia de  cualquier herejía (la adoración de falsos ídolos comúnmente extranjeros) y la predisposición del futbolista a conceder confesiones y reliquias a “sus apóstoles”, es la tónica recurrente.

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! proclaman voz en grito, con tal efusividad que, en cierta ocasión, algún canonizado, creyéndose ya figurilla de yeso, decidió no volver a moverse nunca más de la cal.

 

(1) Disculpas por la licencia.

(2) Ciclo Kármico Madridista (siguiente capítulo)