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Hay que encender las luces de Montparnasse

Hay que encender las luces de Montparnasse

Escrito por: Mario De Las Heras5 marzo, 2018
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No recuerdo haber visto unos tres minutos finales como los del otro día en el Bernabéu. Todos esos jugadores derramándose para disfrute del personal. Sólo unos tipos como estos, unos truhanes maravillosos con un balón en los pies, le dan a uno cosas así. Yo a veces viéndolos, como el sábado, me siento como una de esas mujeres de la oficina de contratación de músicos de Some like it hot a las que Tony Curtis daba frecuentes plantones y aún así las seguía engatusando con unos pocos cariñitos al oído.

Eso fueron los tres últimos minutos en Chamartín: cariñitos con los que uno se va donde sea con calores tras el descuento. Yo espero que el calor les dure a ellos, a esos futbolistas, hasta mañana. Hasta París, donde no debe de existir la bipolaridad del Madrid (que no existe sino la trampa y el destino), tan lejos de la clase de desacierto y de intención arbitral de la Liga y, por consiguiente, con el humor preciso. El humor de un jugador del Madrid en esta Liga española no puede ser muy bueno. Y diría que más que eso la predisposición natural.

Los penaltis pitados y los penaltis no pitados, en contra y a favor respectivamente, repetidos hasta la saciedad provocan eso mismo: saciedad. Una saciedad competitiva, llámenlo también hastío, que puede haberse convertido en crónica, de ahí la euforia del sábado o la apatía de Cornellá. Yo, si tuviera que alinearme, más que con la Liga o la lucha sostenida e inútil contra los elementos federativos, lo haría sin dudar con la Copa de Europa, que es donde cualquiera puede ver que se compite mayormente en igualdad de condiciones.

Lo que pasa es que uno ve esos partidos, como el del Getafe, y se anima. Se cree que Tony Curtis lo va a llamar para cenar o que le va a remontar catorce puntos a un Barcelona al que le empiezan a fallar las cuentas y las fuerzas mientras el Aleti brujulea ahí en medio. Yo los entiendo. A esta Liga sólo la meten mano cuando el viento está de cara, que no es como decir cuando todo les sale bien sino cuando el árbitro no se lo impide con su habitual abuso de autoridad. El sábado lo intentó infructuosamente, el árbitro, porque el sábado el Madrid bailaba.

Yo quiero que mañana sigan bailando. Quiero ver el Parque de los Príncipes convertido en la pista de baile de una Tuesday Night Fever con once Tonys Maneros a los que la parroquia les haga corro. Quiero ver a Benzema todo el partido, como el sábado, dando esos saltitos de Travolta camino de la ferretería mientras suenan los Bee Gees, mirándoles el culo a las mujeres al pasar, porque así juega él: como haciendo ademán de darse la vuelta e ir tras ellas con una sonrisa adolescente.

Quiero ver a Marcelo mover las caderas y los brazos y las piernas y los rizos al son de las palmas de los parisinos con sus pantalones ceñidos de campana. Nunca hay que olvidar la importancia de unos buenos pantalones de campana. Y tampoco hay que olvidar la largura de los cuellos de las camisas. El otro día en el Bernabéu alcanzaban desde Concha Espina hasta Padre Damián y con ellos Llorente y su tupé (esa bonita novedad ahí junto a Casemiro) el sobrino nieto de Gento parecía sentirse como en su casa, que yo ya no sé si es el Bernabéu o la disco Odisea 2001.

Unos pueden bailar y disfrutar o bailar y hacer disfrutar o ambas cosas, pero el que siempre acaba triunfando porque siempre tiene ganas de triunfar (y no precisamente en la parte trasera de un coche) es Cristiano. Admirable y grandioso. Yo quiero a Cristiano en París admirable y grandioso como el tercer pie de Karim (con el que verdaderamente remata el francés, los otros dos son con los que hace las paredes y da los taconazos) o como el objetivo principal de Marcelo (ese generador de energía colocado en la banda izquierda), o la espoleta de Bale o el faro de Lucas...

Cristiano ha vuelto por primavera, si es que alguna vez se fue, y mañana yo quiero ver cómo enciende las luces de las farolas del bulevar Montparnasse al final de la escapada, trayéndose al Madrid (tirando de él a lo bestia) de las grandes noches, donde uno puede perder el sentido común y hasta el decoro (y debe hacerlo) como aquellas secretarias de Chicago cuando Tony Curtis les decía cariñitos al oído.