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Elogio del paquete

Elogio del paquete

Escrito por: John Falstaff1 noviembre, 2015
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No, no se me asusten, que no van los tiros por donde ustedes piensan. Lo que quiero decir es que en el fútbol, como en la vida, hay que meter la pierna. El fútbol es épica, y ya se sabe que no hay épica sin sangre, del mismo modo que no hay tortilla sin huevos. Yo veo el fútbol como lo jugaba de niño: con mucho pundonor, y me duele más una derrota de lo que me alegra una victoria. Pero la derrota la acepto; la indolencia, el no meter la pierna, no. Ni en el fútbol ni en la vida.

Yo me crié en una época en que los futbolistas fumaban en el vestuario mientras recomponían la tibia rota con un vendaje fuerte y un trago de whisky, como el soldado que se resiste a abandonar el campo de batalla, no por heroísmo sino por sentido del deber. Eran los tiempos del Damned United. Ahora los jugadores adoptan una estética tan tatuada y patibularia que parecen recién escapados de una cárcel turca, pero se arrugan y lloriquean en cuanto el césped no está calefactado. La épica ha muerto a manos de la lírica, que además es una lírica presumida y fastidiosa, como traída de Argentina.  El aficionado de hoy, irremisiblemente contagiado de ese lirismo tan lustroso como inane, quiere malabaristas del balón, gráciles e ingrávidos como bailarinas, y llegará el día en que los vistan con malla y tutú para que ensayen jugadas vaporosas y etéreas entre arabesques y glissades. Hemos castrado el fútbol. Así se entiende que un tipo como Menotti se permita decir, fané y descangallado, que el equipo que mejor fútbol juega en el mundo es el Rayo Vallecano, que encaja los goles de cinco en cinco para no perder la cuenta.  Y claro, a Paco Jémez le entrevistan a pie de alfombra en el Jot Down y a mí me parece estar oyendo el Udite, udite, o rustici! con que Dulcamara engatusa incautos en la ópera de Donizetti. El fútbol convertido en el elixir del amor.

EURO 2000. ESPAA - NORUEGA-SPO-ROT03.Rotterdam (Holanda). 13 jun 00.- El jugador de la selección espa|ola Paco Jémez (izda) intenta controlar el balón ante Steffen Iversen (d), de Noruega, durante el encuentro que ambas selecciones disputaron hoy en Rotterdam, correspondiente a la primera ronda del grupo C de la Eurocopa. EFE/Juan Carlos Cárdenas (IMAGEN DIGITAL)-ROTTERDAM-HOLANDA-JUAN CARLOS CARDENAS-re

En puridad, decir que un futbolista es un artista es tan absurdo, cuando no tan ofensivo, como sería elogiar a un músico, a un actor o a un pintor por su condición de deportista. El deporte y el arte están en planos diferentes, como lo están la física y la poesía, o la sastrería y la acuariofilia. Sólo a un idiota o a un genio con tan mala baba como Umbral se le ocurriría elogiar a un escritor porque tiene un perro, y sin embargo vemos como normal que se elogie a un jugador de fútbol con el término de artista. Guti era un artista; pues muy bien, que exponga en el Prado.

Yo echo de menos los jugadores de carácter, los jugadores feos y malencarados cuya sola presencia en el terreno de juego provocaba temblor de piernas en el rival. Añoro los tiempos en que uno podía leer el siguiente entrecomillado a toda página en la portada del As, sobre una foto de Hansi Krankl: "Benito es un carnicero". Benito, en quien efectivamente se inspiraron los guionistas de Gangs of New York a la hora de crear el personaje interpretado por Daniel Day Lewis, fue durante una década un ídolo del Bernabéu, y no resultó óbice para ello que su técnica con un balón en los pies compitiera con la de un besugo. Yo a Benito lo idolatraba y era el espejo en el que me miraba cuando niño, y de él aprendí una lección que he tratado de aplicar en todas las esferas de la vida: "o pasa el hombre o pasa el balón, pero nunca los dos a la vez". Es decir: explota las virtudes que no tienes, y no permitas que nadie te tosa. Supongo que si un padre le dice a su hijo algo parecido hoy en día, se lo lleva detenido la Guardia Civil.

He puesto el ejemplo de don Gregorio Benito, pero hay paladas de jugadores que se caracterizaron por meter la pierna en la historia del madridismo. Camacho, por ejemplo, jugaba al fútbol como habla: con mucho corazón y ninguna cabeza. Y sin embargo tiene siempre una vela encendida en el altarcillo de mi madridismo. Camacho siempre metía la pierna, y por eso era y aún es de los míos. Incluso cuando entrenaba metía la pierna, y si no podía meterla, la presión se le hacía tan insostenible que tenía que liberarla por la válvula de escape de sus axilas. Hay una anécdota de Camacho en sus comienzos como entrenador de Primera División. Durante un partido se acercó uno de sus jugadores al banquillo, quejándose de que le dolía la rodilla por un golpe que había recibido. Camacho le preguntó si la tenía rota, a lo que el futbolista, algo sorprendido, contestó que no. Lo siguiente que oyó el dolorido jugador fue un par de blasfemias con acento murciano y a su entrenador amenazándole con que, si no volvía inmediatamente al terreno de juego, la rodilla se la iba a romper él. Ya lo ven: meter la pierna como filosofía de vida.

Y quien dice Camacho, dice Pirri. O Stielike. Yo estoy seguro que cualquiera de ellos, de haber coincidido en el vestuario con una artistona como Guti, le habrían metido la pierna de tal forma que nuestra lánguida reinona de taconazos imposibles habría salido del vestuario convertida en un legionario con el flequillo rapado al uno, y en la frente un Born to kill tatuado con los tacos de sus botas.

Pero los paquetes, los que meten la pierna, no sólo son necesarios en el Madrid sino también en los rivales. A un jugador rival que mete la pierna se le odia mejor, lo que produce un gran efecto benéfico en el aficionado. Piensen, si no, en nombres como Arteche o Migueli, que suplían su incapacidad para darle patadas a un balón con su extrema habilidad para patear los tobillos, las espinillas o incluso la nuca del rival (no es casualidad que los dos usaran poblado mostacho para subrayar su virilidad, a la manera de sargentos chusqueros del área). A alguien así se le odia con toda el alma, porque es el odio sin contaminar, limpio de polvo y paja que suscita el enemigo que merece respeto. Y ahora piensen en personajes como Messi o Guardiola, que producen un odio envenenado, reconcomido, emponzoñado; el odio encanallado que generan la mentira y la hipocresía, el rival que no viene de frente sino que apuñala por la espalda. A Messi lo odias y se te queda la boca pastosa y acidez de estómago. Con Migueli odiábamos mejor.

Pero he mencionado a Arteche, y llegado a este punto tengo que romper una espada en favor del Atlético de Madrid. El Atlético de Madrid es el único rival que todavía nos permite odiar como Dios manda. Es verdad que ya no contrata tanto paquete como antes -o, si lo hace, no obedece tanto a política de empresa como a necesidades presupuestarias-, pero sigue contratando a jugadores y a entrenadores que meten la pierna. Yo a Simeone lo odio muy bien, con un odio que me deja relajado y tranquilo mientras sostengo un whisky en la mano, y hay veces en que enciendo un cigarrillo después de odiarlo un rato. Lo mismo me pasaba con Arda Turan -espero con impaciencia que debute con el Barca-, que invita al odio ya con su nombre de guerrero otomano que invoca la guerra y la destrucción desde la partida de nacimiento. Arda Turan y arda el estadio. Así, sí; así se puede odiar sin remordimiento de conciencia.

Yo invito modestamente al amable lector a que reflexione sobre la necesidad del jugador paquete. El jugador paquete es el que ha hecho grande el fútbol, porque en el fútbol no hay verdad si no se mete la pierna. Son los paquetes, los que ahora despreciamos con el mote de conos, los que han hecho vibrar nuestra afición y las tibias del rival. Son los paquetes, a los que ahora silbamos cuando mandan el balón al segundo anfiteatro y el rival a la enfermería, los que han hecho del fútbol una hoguera de pasiones. Porque, señores, el fútbol, como la vida, o se viven plenamente, o se mete la pierna, o es mejor no vivirlos. Y nadie mete mejor la pierna que el jugador paquete, porque le va la vida en ello.

Antes mencionaba a Paco Jémez, paladín del fútbol lírico y pedante. Quién lo ha visto y quién lo ve. A mí no se me ocurre elogio mejor de un futbolista que el que le dedicó su entrenador cuando jugaba en el Deportivo de la Coruña:

- Míster, me duele cuando golpeo la pelota con la pierna izquierda

- Paco, a mí me duele cuando la golpeas con cualquiera de las dos.

Toshack, como Umbral, era un genio.