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El terremoto Petrovic: 30 años de su fichaje

El terremoto Petrovic: 30 años de su fichaje

Escrito por: Amalio Campa27 octubre, 2016
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Ya han pasado treinta años y apenas nos hemos dado cuenta. En el asiento trasero del viejo Citroen de la familia me encontraba escuchando con escaso interés los titulares deportivos que procedían de la difunta Antena 3 radio, cuando José María García, o alguien de su equipo, no recuerdo muy bien quién, soltó la bomba que me hizo salir del letargo en un abrir y cerrar de ojos. El jugador yugoslavo Drazen Petrovic había firmado un contrato de cuatro años con el Real Madrid que comenzaría a partir de los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988, por lo tanto aproximadamente a dos años vista. No pude reprimir una palabra malsonante, la cual fue rápidamente reprobada por mi madre. Simplemente no podía creerlo a pesar de cerciorarme de que no era 28 de diciembre. Supongo que muchos inmediatamente asociarían la idea de su fichaje con los celos, rencillas y malas caras que provocaría la llegada del astro balcánico entre los componentes de la plantilla blanca, diana preferida de las constantes burlas y provocaciones de Drazen. Personalmente, sin embargo, cerré los ojos y pude vislumbrar una imagen evocadora y sublime, Fernando Martín y el mismo Petrovic levantando la ansiada Copa de Europa.

Aquel ya lejano 27 de octubre de 1986 quedó grabado en mi mente y en mi espíritu, porque el mito que es hoy en día Petrovic jugaría en mi equipo. El croata, entonces yugoslavo, había traspasado ya la delgada linea blanca que separla el odio de la admiración más entregada. No importaba que hubiera demostrado su supremacía sobre el continente y en especial sobre unos jugadores madridistas que no sabían de qué forma coartar sus excelencias técnicas, y también su domino del ambiente y del entorno mental que influye sobremanera en el juego. Drazen básicamente había anulado psicológicamente a unos jugadores estupendos, y eso tan sólo lo consiguen los verdaderamente grandes. Lo extraño de todo aquel caso es que el fichaje en sí se produjo bajo unas condiciones tan extrañas que podrían entrar a formar parte del libro de los grandes eventos estratégico-empresariales de todos los tiempos. El destino de Drazen Petrovic iba a ser el FC Barcelona, todo estaba más que atado después de unas negociaciones que habían comenzado durante el Mundial que se celebró en España el verano anterior. Sin embargo, los astros se alinearon y el devenir de los acontecimientos giró dramáticamente 180 grados.

petrovic

Unos días antes del 27 la Cibona de Zagreb recibiría al FC Barcelona para el partido de ida de la Supercopa de Europa, un trofeo que enfrentaba a doble vuelta a los vigentes campeones de la Copa de Europa (la misma Cibona) y de la Recopa (Barcelona). Todo estaba ya más que atado y negociado, los dirigentes blaugranas llevarían la copia del contrato para que el jugador la firmara en las oficinas de su club. Cuando la delegación catalana se presentó para los trámites formales dieron largas al jugador. Le pidieron un par de meses de margen ya que se encontraban envueltos en algunas dificultades económicas derivadas de la situación de los extranjeros de la sección de fútbol, especialmente el alemán Bernd Schuster. Aunque también subyacía la presunta desgana con la que el técnico Aito García Reneses había recibido la noticia al ser informado de las operaciones. Drazen contestó con un ultimátum, no estaba dispuesto a esperar ni un día más. El Barça insistió en postergar la firma. Daba comienzo entonces un período de convulsos vaivenes institucionales. El agente del jugador, Jose Antonio Arízaga, filtró el presunto bloqueo contractual y el Real Madrid abrió los oídos de par en par.

Según contó el propio interesado, tres días antes de partir hacia Barcelona para disputar el partido de vuelta recibió una inesperada llamada telefónica de parte del Real Madrid. Al principio no hizo mucho caso al tema y le prestó la atención justa que la cortesía manda en situaciónes así, pero de todas formas acordaron verse en Madrid aprovechando que el avión haría una escala en el aeropuerto de Barajas. Dicho y hecho, nada más bajar las escalerillas el jugador y su entrenador, Mirko Novosel, el hombre más poderoso del deporte croata, fueron literalmente secuestrados por una delegación blanca que presidía el desaparecido Mariano Jacquotot. De nuevo según las declaraciones del propio Petrovic, lo que el Real Madrid le presentó en términos económicos y de duración de contrato le sorprendieron tan gratamente que entre ambos (Petrovic y Novosel) tomaron la determinación de no alargar más el asunto, y evitar como fuera que la NBA metiera las narices y agitara el avispero. Los Blazers de Portland le habían elegido en el draft en junio y una oferta revoloteaba sobre sus cabezas, con el agravante de que jugar en la NBA suponía tener que renunciar a la selección nacional según las absurdas leyes de entonces. La delegación marchó de inmediato al Santiago Bernabeu, y allí Ramón Mendoza, Raimundo Saporta, Jacquotot y los abogados formalizaron los detalles. La única condición que puso Novosel fue que la noticia no se anunciara hasta después del partido en Barcelona. Después de estampar su firma, Drazen y el séquito blanco fueron a celebrarlo al céntrico resturante José Luis.

Mano de santo, palabra de Dios. A la salida del restaurante ya había un fotógrafo, y a la vuelta al aeropuerto más de 40 pariodistas. A Ramón Mendoza se le había escapado “sin querer” la exclusiva. En el aeropuesto de El Prat sucedería lo mismo, prácticamente. La bomba informativa saltaba a los rotativos y a las redacciones deportivas de las radios. “EL REAL MADRID LE HABÍA BIRLADO AL BARCELONA LA FIRMA DE PETROVIC” tituló un diario de la ciudad condal. La afición culé, que ya se relamía de placer, se sintió estafada. Otro caso Di Stéfano. Desconocían absolutamente el devenir de los acontecimientos y la torpeza de su directiva, y por supuesto echaron pestes del Real Madrid.

A partir de ese momento, más o menos todos conocemos lo que sucedió. El Real Madrid esperó, llegó 1988 y un permiso especial de la federación yugoslava para que un jugador de menos de 24 años saliera del país (la regla hasta ese momento dictaba que el mínimo eran los 28). La Liga de Petrovic, como la rebautizaron torticeramente algunos avezados plumillas de la época, se la acabó llevando el Barcelona gracias a su gran equipo, las lesiones en el cuadro blanco, y la actuación descarada y extremadamente parcial de un ya desaparecido árbitro vasco de infausto nombre, el cual no deletrearé aquí por respeto al hecho de que ya no está entre nosotros. Lo inevitable llegaría en el verano de 1989, la NBA ya se lanzó a tumba abierta a recoger el fruto de la cosecha europea de primer nivel, y después de un culebrón demasiado largo y demasiado cruel los aficionados madridistas nos tuvimos que conformar con un desenlace final que ya preveíamos semanas antes. En mi caso, no tengo nada que perdonar ni nada que reprochar. Cuando un jugador traspasa la mentada linea blanca ya no queda vuelta atrás, la admiración permanece.

Mi ilusión y mi amor casi adolescente por el baloncesto dio sus últimas bocanadas de aire un 7 de junio de 1993. Primero, Fernando Martín se estrellaba con su Lancia en diciembre de 1989 y dejaba a la entidad blanca huérfana de su gran referente. En 1991 Magic Johnson declaraba que se había infectado de SIDA, y pocos meses después el gran Larry Bird colgaba las botas víctima de tales problemas de espalda que casi le hacían la vida imposible. Por si fuera poco, Michael Jordan también amagaba con marcharse de la NBA. Sin embargo, aquel maldito 7 de junio una carretera alemana cercenaba de raíz las ilusiones de millones de jóvenes aficionados que crecimos observando de cerca las evoluciones de un jugador diferente, un espíritu inconformista que tan sólo se alimentaba a base de genialidad, trabajo y constancia. Comenzaba una nueva época para mí, una nueva barrera a partir de la cual medir el tiempo. Bienvenidos al año 23 DDP (después de Drazen Petrovic). Y también al año 30 desde que un genio rebelde y provocador decidiera dejar su sello en el club más importante de Europa.