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El sentimiento verdadero ni se compra ni se vende

El sentimiento verdadero ni se compra ni se vende

Escrito por: Carlos Agrasar10 julio, 2020
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En estas jornadas de reanudación liguera parece que lo único importante son los resultados de los partidos y qué equipo ganará finalmente la competición. Sin embargo, hay noticias y hechos para el análisis cuya relevancia no debería pasar desapercibida. Por eso, me referiré en esta entrada, como punto de partida, a la crisis que vive el Valencia, cuyo capítulo reciente más destacable se saldó con la destitución de su entrenador, Albert Celades. Por culpa de la última mala racha de resultados, el bueno de Celades apenas ha durado 300 días en el banquillo de Mestalla. El máximo accionista, Peter Lim, lo destituyó a finales de junio con cierta ‘veraniedad’ y desde Singapur. Fue su respuesta fulminante a los ‘cantos de sirena’ que le llegaban desde la sede del Club, referidos a problemas internos en el vestuario.

Como es lógico, tan drástica medida contaba con la aprobación de los seguidores acérrimos, cuyo deseo es ganar, por encima de todo… simplemente ganar. Y lo cierto es que el Valencia no estaba ganando. Frente a ellos se sitúan quienes creen que las cosas no se hacen bien desde que -allá por 2014- Lim compró la mayoría de acciones del Club, que siempre ha gestionado desde la distancia. Hasta hace unos años, el propietario venía a España con cierta frecuencia, pero últimamente ya no lo hace. Le debe dar pereza… y llueve sobre mojado.

El despido de Celades puso en marcha una maquinaria crítica en redes sociales, censurando la decisión. Los internautas argumentaban que el míster no tenía la culpa y que no era el momento de proceder a la destitución, pues apenas quedan 5-6 jornadas para el final de la competición. Por supuesto, esos mensajes llegaron rápidamente a Singapur y generaron una respuesta radical de los ‘jerifaltes’ de la entidad. En este caso, la reacción iba suscrita por Kim Lim, la hija del dueño, que llevaba un cierto tiempo sin armar bronca. La heredera volvió a los viejos usos con un mensaje twitero que debió cortar el yogur a muchos socios y seguidores valencianistas: "Aquí otra vez. Algunos aficionados del Valencia están criticando y maldiciendo a mi familia y a mí. ¿Aún no lo han pillado? El club es nuestro y podemos hacer lo que queramos con él y nadie puede decirnos nada".

Me pareció fuerte, muy fuerte, ese mensaje. Entre Kim, su padre y algunos acólitos más van a conseguir que la crisis del Valencia se convierta en un paradigmático caso de estudio en Harvard. Y digo ‘paradigmático’ por su pasmosa lerditud.

Al curioso caso del Valencia se refería ya Jorge Valdano en su libro ‘Fútbol. El juego infinito’, publicado en 2016 en el que se refería a los primeros tiempos de la época Lim: “Dentro del gran carnaval cultural que es el fútbol, un club es un bien sentimental que pertenece a mucha gente, aunque algunos ricos lo compren y se sientan propietarios de esa complejidad emocional. Cada día ocurre con más frecuencia”. De acuerdo con Valdano, quien se manifestó de forma contundente sobre el caso: “Al Valencia, por ejemplo, lo compró un tal Peter Lim, residente en Singapur (…) Se trata de un millonario, lo que permite soñar con la llegada de cracks, las únicas armas sofisticadas con las que se puede ir a la guerra contra el Barça, el Madrid y los grandes de Europa. Lim es amigo de Jorge Mendes, representante entre otros de Cristiano Ronaldo y Mourinho, personajes del primer mundo futbolístico. La sociedad prometía: uno tenía la pasta y el otro la influencia. Pero el que tiene influencia también tiene compromisos (…) Los propietarios podrán comprar acciones, derechos, infraestructuras y todo lo que no tenga corazón. Lo que no es posible comprar con dinero es el sentimiento. Eso es propiedad del hincha”.

Según esa teoría, los hinchas del Valencia -al menos una parte de ellos- podrían estar viviendo un proceso de desafección importante, de alcance por ahora imprevisible. Y me hago varias preguntas sobre esta ‘encrucijada intelectual’:

¿Qué es lo que puede hacer la masa social de un club –tan harta como está la valencianista– ante una situación tan enquistada? ¿Qué es lo que le importa la opinión colectiva del aficionado a Lim y qué está dispuesto a hacer el dueño para atender esas reivindicaciones y revertir la crisis? ¿Quizá vender...? Eso, desde luego, es lo que le piden muchos aficionados, convencidos de que no sabe de fútbol ni le importa el sentimiento colectivo que este deporte genera. Pero son conscientes de que para poder vender tiene que haber alguien dispuesto a comprar (y que le permita recuperar la inversión). Los aficionados desearían que lo comprara algún valencianista de pro, cuyo nombre por supuesto desconocen… pero lo más probable es que, si Lim acaba vendiendo su paquete accionarial, el riesgo es que el comprador sea un jeque árabe o un magnate empresarial. El asunto –creo– tiene difícil remedio y, lo peor, es que si pronto no sucede algo en tal sentido, el riesgo de distanciamiento y desafección de los aficionados es muy real. Incluso puede acabar siendo bastante peligroso.

¿Es esta la evolución que, antes o después, irán viviendo el resto de clubes que son sociedades anónimas deportivas? A este respecto me vienen a la memoria unas declaraciones del presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, a la revista Panenka, allá por 2017: “El romanticismo en el fútbol, del que tanto habla la gente, es muy eventual. El fútbol no es romántico. Es una realidad social que expresan once jugadores contra otros once, y un tipo los dirige. Como la vida misma. El sentimiento en el fútbol se debe perder. El sentimiento o la fidelidad están muy bien, pero esto es un negocio. Soy realista. ¿De qué vale estar enamorado de un jugador si mañana viene con una oferta en la que nadie pierde?”. ¿Acaso no podría estar fomentando también Cerezo, de esta forma, una desafección de sus propios fans atléticos?

¿Acaso la industria del fútbol no necesita a la gente animando y cantando en las gradas de los estadios? Este fútbol sin público al que estamos asistiendo por culpa de la pandemia quizá llegue a poner de manifiesto (y en su justa medida) el valor de las masas sociales de los clubes… y la verdadera importancia de sus ingresos de abonos y entradas en sus balances. ¿Acabará siendo el fútbol un deporte virtual, jugado para la tele? ¿Necesitarán los clubes a sus socios -que cada día sienten mayor crisis de identidad- para su sostenibilidad económica?

¿Y qué sucede en el Real Madrid? Esos ingresos apenas suponen hoy el 15% del total y muestran un declive año tras año… Por eso, lanzo al lector mi última pregunta: ¿más allá de la eventual consecución del título de liga (euforia), están sufriendo también los socios, abonados y aficionados madridistas alguna desafección sentimental hacia el Club? No sé qué opináis…

 

Fotografías Getty Images.