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El reino de la nada (VI)

El reino de la nada (VI)

Escrito por: Fred Gwynne15 julio, 2017
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-¿Representante de jugadores?¿Túúúúú?

-Bueno, yo solo no, me ayudará Timoteo.

-¿Tu perro? ¿El sarnoso?

-Sí, tiene muy buen olfato. Le va a sorprender, jefe.

Sugrañes me seguía mirando con desconfianza. Mi idea para reflotar la revista no le terminaba de convencer. Conocía a mi editor desde hacía varios años y necesitaba una grieta por la que atacar a aquella roca. Insistí:

-Es una idea magnífica, jefe. Nada puede fallar. Yo me hago representante de jugadores, el Madrid me los ficha, se hacen famosos y luego nos conceden entrevistas.

-Pero vamos a ver, mangarrán, ¿tú qué sabes de ese mundo? Nada, ya te lo digo yo, no sabes nada. No tienes ni puñetera idea.

-Pero aprendo rápido, jefe, ya me conoce. Y además Timoteo es un lince para estos asuntos. Antes de que termine el verano le hemos vendido al Madrid media docena de Mbappés. Piénselo jefe, piénselo. Tendrá las mejores exclusivas, su revista se hará de oro, podrá comprar un montón de náuticos...

Fue casi imperceptible, un pequeño aleteo de sus pestañas, un gesto mínimo que me indicó que ahí estaba la grieta. Volví a atacar:

-No se arrepentirá, se lo digo muy en serio. Ya sabe que usted es un padre para mí y no le mentiría nunca. El Madrid necesita un representante del que poder fiarse, alguien como yo, no como el Mendes ese que solo hace que joder al equipo. Los jugadores se pelearán por mí y yo se los serviré en bandeja. Solo necesito un poco de dinero para comenzar. Piense que es una inversión, se lo devolveré con creces.

Sugrañes carraspeó y se mesó la barba. Estaba ganando. Faltaba poco para que se rindiera.

-¿De cuánto estamos hablando?

-Mil euros, jefe, con mil euros puedo empezar el negocio. Los necesito para pagar a mi primer jugador y firmar los papeles. Ya le tengo echado el ojo a uno. Es pan comido.

...

-¿Quinientos?

...

-No me haga esto jefe, necesito el dinero. No puedo ser un representante sin dinero, deme 200 y el resto ya intentaré sacarlo de otro lado. 200 y no se hable más.

-Te doy 50. Lo coges o lo dejas.

-¿50? ¿¡50!? Venga jefe, pero qué cojones quiere que haga con 50 euros, con 50 euros no tengo...

-20.

-¡Pero jefe! Con eso...

-10.

-Hecho.

-Ahí van, no los despilfarres en sangría que te conozco.

-No lo haré –dije mientras me metía el billete en el bolsillo rápidamente-. Me he reformado. El Camino de Santiago ha obrado en mí maravillas. Le llamaré para contarle mis avances.

Salí del despacho (así llamaba Sugrañes al cuchitril maloliente donde reunía a la redacción) y me encaminé al extrarradio. Lo del dinero era una desventaja importante pero ya se me ocurriría algo para engatusar al jugador al que le tenía echado el ojo. Era un jovenzuelo de unos 18 años, muy delgado, moreno, escuchimizao, un chulo sin sombra al que había conocido hacía un par de semanas cuando, ejerciendo mis labores de reportero de mantenimiento, le había comprado un poco de marihuana para...ilustrar un reportaje. Aquel día llegué a media tarde a su barrio y después de preguntar aquí y allá por el Richi (vendiendo maría era un crack pero para triunfar en Primera tendría que buscarle un nombre más adecuado) me dijeron que estaba jugando un partido en un cercano campo de tierra. Hacía allí me dirigí y llegué mediada la segunda parte. Lo reconocí enseguida ya que con su particular figura y donaire destacaba entre todos los demás jugadores. El que estuviese jugando con camperas, pantalón pitillo, cazadora de Iron Maiden y un porro en la boca contribuía a ello, pero no menos sus asombrosas cabriolas con el balón. En aquel mismo momento, viendo que aquel chaval tenía madera de campeón y recordando el primer mandamiento de Kennedy (no te preguntes qué puedes hacer por el Real Madrid,  pregúntate qué puede hacer el Real Madrid por ti) decidí ser representante de jugadores. Richi sería el primero: sobre sus gastadas camperas levantaría mi imperio.

De eso hacía poco más de dos semanas, y ahora, sentados en el metro, con el deseo de dejar la pobreza a la misma velocidad con la que me deslizaba por la vía, pensé que si al Atlético el fútbol le debía una Champions, a aquel fracasado rostro que se reflejaba en el cristal del vagón la vida le debía un éxito.

Llegué al barrio de Richi al mediodía. El sol pegaba fuerte y en cuanto bajé del metro me metí en un bar a tomar una sangría. Fueron dos (Timoteo exigió la suya mordiendo mis tobillos), y a pesar de que a base de labia (y, por qué no decirlo, de explotar la miseria de mis facciones) conseguí robarle la cartera al parroquiano que estaba a mi lado, no bebimos ninguna más ya que lo único que conseguí fue un viejo carné del paro y otros cinco euros que decidí guardar para mis planes de representación.

Si al Atlético el fútbol le debía una Champions, a aquel fracasado rostro que se reflejaba en el cristal del vagón la vida le debía un éxito.

Caminamos diez minutos más bajo el sol y cuando estaba a punto de meterme en otro bar, vi al Richi acompañado de cuatro o cinco mozalbetes sentado a la sombra de un árbol en un roñoso banco del parque. Me acerqué hasta el grupo, me situé justo delante y con la voz engolada para dar más empaque a mis palabras dije:

-Richi, he venido a cambiarte la vida.

...

-¿Alguien conoce al gilipollas este?

Estaba claro que la primera impresión no había sido la correcta. Cambié de estrategia.

-Mira Richi, te sigo desde hace tiempo, te compré maría hace un par de semanas. He visto en ti cualidades que no he visto en nadie más. Tenemos que hablar.

-A ver, puto maricón, vete a tomar por culo antes de que te suelte una hostia.

La segunda impresión tampoco había mejorado mucho. Opté por la directa.

-Vengo a proponerte un negocio, un negocio con mucha pasta a ganar. Te pido cinco minutos de tu tiempo. Nada más, cinco minutos y te haré millonario en un par de meses.

-¿Qué quieres?

-Hablar de fútbol. El otro día te vi jugar y quiero ser tu representante. Creo que tienes madera para jugar en Primera.

La carcajada fue general. Uno de ellos me tiró un puñado de pipas a la cara, otro me escupió, y Richi en cuanto terminó de reírse se levantó y se encaminó hacia mí a la vez que se metía la mano en el bolsillo de su ajustado pantalón. Aquello empezaba a tomar mal cariz, así que antes de salir corriendo como, expoleado por su proverbial valentía,  acababa de hacer mi fiel amigo Timoteo, decidí echar el resto y me lancé con mis mejores armas a por todas.

-Te daré 500 euros. Mañana.

Richi se quedó parado a un metro de mí y me escudriñó. Llevaba mis mejores galas (sombrero panamá, camisa hawaiana de flores, pantalón verde fosforito  y chancletas) pero por su expresión noté que seguía desconfiando de mis honradas intenciones.

-Te doy cuarenta ahora mismo (no tenía un duro más) y el resto mañana en una reunión. Pertenezco a una poderosa empresa de representación de jugadores y, una vez vistas tus asombrosas cualidades, hemos pensado que encajas perfectamente en los planes del Real Madrid. Serás la joya de esta summeriana. Mi jefe, el gran Sugrañes, en cuanto te conozca y vea tu manejo del balón, amén de tu inteligencia y saber estar, dará el visto bueno a la operación. Es una mera formalidad, ya sabes cómo funcionan los negocios a gran escala. Si te parece bien quedamos mañana a las doce en su despacho.

A Richi le costó dar el brazo a torcer pero al final, a cambio de los cuarenta euros, mis chancletas y el sombrero Panamá, terminó cediendo. Llegar a casa descalzo, sin sombrero y sin un duro me incomodó un tanto, pero lo di por bien empleado ya que la usura de Richi, sumada a esos detalles caprichosos por mi vestuario, me demostraron que no estaba equivocado, que detrás de aquel jovenzuelo se escondía un perfecto futbolista.

Al día siguiente Richi apareció dos horas tarde (un detalle más que corroboraba que estábamos ante una estrella en ciernes) y después de ganarse a gran parte de la redacción vendiéndoles unos gramos de maría a buen precio, entró al despacho de Sugrañes entre vítores y palmas. Yo había puesto en antecedentes a Sugrañes del gran negocio que se avecinaba, y aunque en un primer momento refunfuñó como ya había previsto, aceptó conocer a Richi, no sin antes advertirme de que no pensaba poner ni un duro en aquella locura sin verle jugar al fútbol.

-Este es Richi, jefe, el nuevo Cristiano, el futuro del Real Madrid.

-Encantado de conocerte, Richi. Me han dado muy buenos informes sobre ti. Antes de contratarte nos gustaría hacerte una prueba para ver tus aptitudes con el balón.

-¿Y la pasta?

-De la pasta hablaremos luego. Primero la prueba, quiero verte jugar.

-Quiero un anticipo o no hay prueba que valga. Con 200 euros me conformo.

-¿200 euros? Ni hablar. Yo no le doy 200 euros ni a mi madre, que Dios la tenga en la gloria.

-Pues ahí se quedan -dijo Richi levantándose de la mesa-. Me las piro.

-¡Espera!, no te vayas –intervine yo rápidamente antes de que el negocio se fuese al garete-. Déjame que hable con mi jefe a solas. Danos cinco minutos.

Richi salió del despacho y al momento volvimos a oír los vítores de la redacción. No había duda de que este hombre tenía un gran don de gentes.

Me costó un triunfo convencer a Sugrañes de que soltase la pasta para aquel, según sus propias palabras, mierda de quinqui de barrio, pero al final, después de hablarle de unos náuticos italianos de cuero con remaches dorados, dio su brazo a torcer. Le entregamos el dinero a Richi, quedamos con él en el campo de su barrio al día siguiente y después de que la redacción entera, entre nubes de marihuana, le corease el “Richi da el OK a Bellerín”, le saqué unas fotos (las necesitaba para promocionar a mi representado en la prensa) y nos despedimos con un gran abrazo, no sin antes recordarle que se acostase pronto, que no hiciera el amor, y que por aquello del doping, intentase no fumar sus productos durante una larga temporada.

Esa misma tarde decidí ir avanzando en mi trabajo de representante y me dirigí a la redacción del diario AS. Tenía pensado entrevistarme con Relaño para ver si le dedicaba una portada a mi figura. Había previsto que, una vez dado a conocer mi jugador al gran público en un importante medio de comunicación, vendérselo a