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El Madrid romántico

El Madrid romántico

Escrito por: Mario De Las Heras3 marzo, 2017
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No quiero hablar de géneros (menudo jardín) sino de categorías (otro jardín mayor). En el fútbol como deporte, incluso como estamento y privilegiado, por supuesto. Es que estoy últimamente enfadado con el fútbol. Ya he pasado por esto y hasta ahora él y yo hemos podido reconciliarnos. Veremos si podemos hacerlo de nuevo, aunque yo creo que sí porque soy del Madrid, el equipo más grande y menos futbolero que existe. Por eso le odian tanto los que le odian (algunos que se dicen madridistas no lo saben pero también lo odian), porque es distinto, porque tiene el nosequé ese, aparte de los títulos y los triunfos y la historia (bagatelas), que envidia el odiador aun sin saber que es lo que odia, aunque lo que sí sabe es que nunca lo tendrá.

Lo que me enfada del fútbol son las formas. Internas y externas. De los profesionales y de los aficionados. Algo generalizado, no puntual, que trato de pasar por alto hasta que el alipori me acaba venciendo por épocas. Creo que el detonante último y caprichoso puede haber sido ver a todos esos futbolistas hablar tapándose la boca constantemente. Un problema, claro, son los voceras siempre atentos para sacar una frase, unas palabras, fuera de contexto. El fútbol es un deporte cuchicheante. Viejas galdosianas, viejas de aguafuerte goyesco con los laterales de la cabeza rapados al cero, que esa es otra: una estética vulgar abriéndose camino como la maleza en la selva. No me hagan caso. Esa corrección soviética impuesta por los inmorales guardianes de la moralidad está acabando con el fútbol, en realidad con el mundo, tal y como lo conocemos.

La subjetividad, o la humanidad, arbitral es algo con lo que siempre se ha contado. Con lo que no se contaba, no al menos en esta medida, es con la influencia arbitral, que ha ido adquiriendo un protagonismo equiparable (¡mayor!) al de los propios protagonistas, perdiendo todo su carácter original de neutralidad. Fernández Borbalán, sin ir más lejos (porque podríamos escribir varios tomos), me dio el miércoles la razón.  El fútbol es un deporte ya arcaico en su funcionamiento al que le urge, entre otras cuestiones utópicas, la impepinable adición al reglamento de medios audiovisuales de comprobación de las jugadas. Porque no parece haber otra manera de poner rectos a hombrecillos como Neymar, burdos falsificadores del balompié (¡quién pudiera ver balompié!), o como ese Barcelona que se desploma en bloque tras caer un sólo objeto.

Una caída simulada debería ser sancionada con la expulsión para devolver la honorabilidad a este juego. El Real Madrid, con esos avances justos y propios de los tiempos, tendría hoy mismo varios de esos trofeos de las Ligas que tantos echan en falta y otros tantos echan en cara. Imagínese lo que hubiera sido la expulsión conjunta y justa y legal de aquellos ocho o nueve jugadores del Barcelona derribados por un sólo objeto: la suspensión del partido con la correspondiente derrota, sin contar con la sanción individual posterior a cada uno de los infractores. Los códigos éticos y morales más simples están dados la vuelta. El fútbol es un deporte caprichoso y consentido dirigido sin escrúpulos y practicado al más alto nivel por un buen número de fantoches, estéticos y humanos, que no saben nada de deporte, que no lo practican y sólo juegan al fútbol, cada vez más una modalidad pseudodeportiva ("fútbol es fútbol") extraordinariamente bien pagada.

Yo por esto al Madrid lo utilizo para mi bienestar y es mi fe, inocente si quieren, de que aún existe algo blanco y puro. Porque de justicia, de ley, de hombres y no de mendigos enriquecidos fue, por ejemplo, la victoria en Castellón. El príncipe solitario que derrota a la bruja y a los malvados (no precisamente el Villarreal) y sale de allí victorioso y enamorado con la princesa en brazos. Y porque de injusticia es que dos goles absolutamente legales y convertidos (supuesto mal juego incluido, cortocircuito de Bale, manos de Ramos, supuesta baja de forma de varios jugadores, parálisis del entrenador y hasta homicidio en primer grado), y no me refiero a todos los goles que pudieron ser y no fueron, no hayan subido al marcador para darle la victoria justa y merecida a un Madrid maravilloso que anula a sus rivales con sus arreones épicos. Eso sí es deporte. Yo nunca había visto nada igual, pero claro: hay que retorcer, escurrir el paño mojado de la maledicencia que tintinea en las faltriqueras de las comadres.

Lo importante es hablar, por ejemplo, de que Benzema no marca (aunque sea el condensador de fluzo del Madrid) y de que Keylor no es el del año pasado (aunque ayer mismo salvara el partido de su equipo). Eso no es deporte. Eso no es emoción. Eso es un coñazo para tratar en la puerta de la Iglesia (con todos mis respetos, no hace falta decirlo, por la opinión fundadísima de mis queridísimos y notables amigos con los que hablaba ayer mismo de esto). El Madrid no puede ser una máquina perfecta durante diez meses si es una máquina romántica. Yo nunca he visto un Madrid tan romántico como éste. Un Madrid voluble, lánguido, demoledor, impresionista. Y no se puede luchar contra el árbitro pantocrátor que te mira (o no quiere) estés donde éstes desde su cúpula, no siempre, como si nos hubiéramos acostumbrado a jugar sin oponer una queja con grilletes y pesos en los pies y mordazas en la boca.

El cuento de hadas que es el Madrid no tiene nada que ver con lo demás. Ellos sí son hombres (aunque a veces no lo parezcan y aunque sólo sea por la ya novelesca persecución) con una misión eterna: hacer que prevalezca el bien y que no queden sin castigo los malos una temporada tras otra. Así veo yo el fútbol y me reconcilio con él. Porque el Madrid es una aventura de de Don Quijote o de Palmerín, y ahí fuera (y dentro) están los gigantes y los Dramusiandos que quieren destruir la humanidad y convertirla en un mundo de tinieblas azul y grana.