Las mejores firmas madridistas del planeta

El Gordo

Escrito por: Jesús Bengoechea24 febrero, 2020
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Rafael Gordillo fue uno de mis jugadores favoritos en la historia del Real Madrid. ¿Por qué es uno de mis favoritos? Porque fue anómalamente extraordinario, marcando junto a la Quinta del Buitre -y otros prodigiosos complementos como Hugo Sánchez- una época de dominio abrumador en la Liga. Digo que su forma de ser extraordinario fue anómala y creo que digo bien. Fue un jugador peculiar, con un estilo intransferible. Su peculiaridad iba mucho más allá del detalle estético de las medias caídas, que todo el mundo recuerda a pesar de que en el tramo final de su carrera las espinilleras eran obligatorias y Gordillo (o el Gordo, como cariñosamente se le conocía mucho antes de que Ronaldo Nazario diese a parar por estos pagos) las lucía con las medias bien altas, no había otra. Otras cosas menos anecdóticas le hacían realmente único.

Suena reduccionista y hasta poco halagador, pero yo lo expongo como el máximo halago: con alguna excepción que veremos, Gordillo tenía una sola jugada. Apuraba la línea de fondo por la izquierda (era el zurdo más cerrado que recuerdo, a pesar de que aún rememoro un gol que marcó con la derecha, no sé si antes o después de caerse al suelo) y centraba con su tobillo contorsionista para que rematase Hugo Sánchez o Valdano. Cuando Mendoza lo fichó por el Madrid, alguien escribió con alguna razón que habría encajado mejor en el Madrid pre-Buitre, de factura más clásica, sirviendo una y otra vez balones a la olla para que los rematase Santillana. Lo cierto es que coincidió con el cántabro en el glorioso final de carrera del delantero, y que entre los dos cocinaron más de una de aquellas remontadas ochenteras que tanto prestigiaron al Madrid de la época como a la Copa de la Uefa, un torneo europeo menor que Gordillo y sus compañeros (ay, su casi hermano Juanito) convirtieron en mayor.

Su peculiaridad consistía en la escasez de alternativas en su abanico de jugadas, pero ello no jugaba en contra de su eficacia. El que los rivales supieran perfectamente lo que iba a hacer no implicaba ni por asomo que fueran capaces de evitarlo. Esa raza de jugadores me apasiona. El ejemplo más parecido que encuentro en la actualidad es, si bien en la banda opuesta y teniendo por pierna buena la contraria, Lucas Vázquez. Ser defensa lateral y encontrarte incapaz de frenar a un tipo, a pesar de que sabes a priori qué es exactamente lo que va a hacer, ha de resultar de lo más frustrante.

Sus compañeros, por lo demás, convertían su espléndida anomalía en doblemente anómala. Si algo caracterizaba a la Quinta, y en particular al jugador que le dio nombre, era su imprevisibilidad. Nunca sabías lo que iba a hacer Butragueño. Nunca intuías por dónde iba a salir Martín Vázquez. Incluso Míchel, cuya misión principal era percutir la banda derecha como Gordillo hacía con la izquierda, tenía una gama más amplia de jugadas. Gordillo no es que fuese sota, caballo o rey: Gordillo era sota. O mejor caballo. La inspiración de los miembros de la Quinta era una chispa de impredecible intuición. La de Gordillo, su compañero y amigo, consistía en una autopista hacia la cal. Hay cineastas carentes de la menor versatilidad que no por eso dejan de ocupar un lugar de oro en la historia del cine. Hacen siempre la misma película de mil maneras distintas, y el lograr una ristra de obras maestras siguiendo esta premisa no les hace menos grandes. Si acaso, más. Y si no que le pregunten a Fellini o Woody Allen.

Digo todo esto y en realidad miento, porque en el tramo final de su tiempo en el Madrid nos descubrió Gordillo su pericia en el arte supremo del remate de cabeza. ¿Y dónde se guardaba este recurso?, nos dijimos. Como señala en su artículo de hoy Alberto Cosín, marcó varios goles importantes en esa suerte, para sorpresa de casi todos y casi siempre a centro desde la derecha de su amigo y cómplice Míchel. Ese remate de cabeza constituye la excepción que confirma la regla: Woody Allen es grandioso por hacer siempre la misma película de mil formas diferentes, pero de repente se saca de la manga una catedral del suspense como Match Point.

Ahora es cuando cuento lo que se cuenta siempre cuando se habla de Gordillo, pero es que se cuenta con toda justificación. Cuando Gullit recibió el Balón de oro, declaró que quien de verdad lo merecía era Gordillo. Por entonces no se utilizaba el sintagma "justicia poética", hoy tan manido, pero hubo algo de ello. Fue además sorprendente (pero lo son tantas cosas relativas a Rafa...) Chocaba que el astro del Milan declarase humildemente que otro lo mereció más que él, y que ese otro no fuese alguno de sus muy ilustres compañeros de escuadra (Van Basten, Baresi, Rijkaard...) sino uno del Madrid. Pero es que encima tampoco escogió a los más conspicuos representantes del Madrid de la época (el Buitre, Hugo, Schuster...) sino que se decantó por el de Almendralejo. Fue algo así como si a Mick Jagger le dan un Grammy y se lo cede gustoso a un Beatle y por tanto a un supuesto archienemigo, pero no a Lennon ni a McCartney, sino a Ringo. Gordillo fue un poco el Ringo de la Quinta. No embelesaba con intrincadas composiciones, caía bien absolutamente a todo el mundo (aún no tiene enemigos, que yo sepa) y sus fans le adoraban como al fenómeno de culto que constituía (y constituye).

Siempre me ha producido sentimientos agridulces el que Gordillo sea el icono que es para el beticismo y, aun siendo muy querido y recordado en Madrid, no lo sea del mismo modo para el madridismo. Conozco las razones tan bien como vosotros: con todo el respeto, los béticos no han visto tantos jugadores realmente excepcionales como se han visto por Chamartín. Con todo, me duele un poco que el beticismo se lo apropie como mito, a la par (es todo muy paradójico) que me reconforta, porque este señor tiene que ser un mito viviente en algún lado, aunque no lo sea en Concha Espina hasta el punto que merece.

Y hay algo más: Gordillo es la razón no verbalizada por la cual el Betis es uno de los pocos clubes de primera que no nos odia sarracenamente. Hay algo que impide a los béticos despotricar contra el Madrid como hacen por desgracia casi todos los demás, y ese algo es -aunque los jóvenes no lo sepan y los viejos no se den cuenta- Rafael Gordillo. Asimismo, hay algo en el inconsciente colectivo vikingo que impide tenerle mucha manía al Betis, y ese algo también es el Gordo. Gordillo es un factor de hermanamiento subliminal entre el Madrid y el Betis, clubes y aficiones entre los que, salvo excepciones, siempre ha existido una rara cordialidad. Es como digo posible que nadie se haya parado a pensarlo, pero tengo para mí que la razón es Gordillo. Mientras Gordillo exista, el Madrid y el Betis no pueden llevarse nunca excesivamente mal. Compartir un culto es casi compartir una religión, de modo que no hablamos aquí de zarandajas.

Mientras Gordillo exista, decía. No solo existe sino que hoy cumple sesenta. Hace unos meses pasó por un trance que nos asustó, pero el ídolo de culto decidió que aún le quedaba una larga galopada hasta la línea de fondo, estiró una pierna delgada e interminable para frenar el balón y siguió galopando tan desmadejado y reconfortante como la Historia le recordará.

Feliz cumpleaños, maestro.

 

*texto reflotado para conmemorar el 63 aniversario de Rafael Gordillo.

 

 

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea

5 comentarios en: El Gordo

  1. Sé que no es un icono del madridismo, pero sí te digo que a Gordillo siempre le querremos mucho los madridistas, al menos los que le vimos correr esa banda con los calcetines bajados y ese juego de tobillo imposible....y también te digo, Jesús, entrando en el aspecto meramente futbolístico, yo cada vez que le veía correr por su banda con el balón sentía que algo bueno iba a pasar...

    Me sumo a la felicitación: ¡Muchas Felicidades, querido Gordillo!

  2. ¡Cómo me alegro de que hayáis reflotado este texto, que no había leído en su primera edición! Gordillo es el Real Madrid semioculto, su esqueleto, el armazón que no se ve en el escaparate, pero le da consistencia. La cara del Real Madrid está dibujada con Di Stéfano, Gento, Pukas, Amancio,Santillana, Butragueño, Raúl, Casillas, Zidane, Cristiano, Ramos, ... Y es justo que así suceda, porque han sido y son buenísimos, primeros espadas. Pero el Real Madrid no sería nada sin Gordillo, y sin los muchos gordillos que le dan cuerpo (se me ocurre citar los nombres de Rial, Zoco, Benito, Camacho, Hierro, García Remón, Netzer, Laudrup, Jankovic, Redondo, Mijatovic, y otros, pero ¿no es cierto que cualquiera de ellos podría estar sin desmerecer en la otra lista?) Sucede que nuestra memoria no es capaz de guardar en el reducido espacio de la cumbre a tantos magníficos jugadores como han dignificado la camiseta blanca, y el tiempo va relegando a muchos.

    Gordillo, como otros gordillos a quienes no olvido, ocupan ahora ese lugar entre la gloria y el olvido, una vez que dieron el paso a un lado. Pero cada vez que vuelven a la luz (como en esta ocasión, en que lo evoca un oportuno artículo en la galerna) convocan mi gratitud ilimitada.

    Es cierto que el Betis me resulta simpático, y no sabía yo por qué. Bengoechea (el que no es de Burgos) me lo ha hecho ver: es por Gordillo.

    Brindo por ti, Rafa, que cumplas muchos años más, y que merengues y béticos lo festejemos contigo.

  3. Me resulta sorprendente lo profundamente de acuerdo que estoy con cada letra de este artículo, incluido lo del Betis, de hecho me siento leído en mis sentimientos.
    A mí Gordillo era un jugador que me tenía rendido. Y aún añadiría un detalle más al artículo. Porque siempre recuerdo partidos que nos iban mal, sin ideas, desmoralizados, y Gordillo, con dos, tres o cuatro internadas por banda izquierda, reactivaba y cambiaba completamente la corriente del mismo.
    Y en realidad, recientemente he visto a un jugador hacer lo mismo, sin ir más lejos la temporada pasada: Vinicius. Y es una idea que me acaba de venir al recordar aquellas sensaciones y ver que tenía las mismas sensaciones la pasada temporada.
    Vinicius también es capaz de sacar al equipo de un estado depresivo con tres o cuatro jugadas, aunque aun falta afinar ese pequeño pero importantísimo detalle del último pase o de la definición.

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