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El DeLorean del 9

El DeLorean del 9

Escrito por: Nanook The Eskimo25 julio, 2023
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Hastío, hartazgo, tedio o apatía son humanas emociones que es lógico que embarguen a los madridistas que en el mundo son al oír el nombre de Mbappé. Hemos llegado a un punto de empacho en el que lo de menos es que venga o no, siendo lo importante cubrir la plaza de delantero centro, ligeramente coja sin un complemento para Joselu.

Vivimos un tiempo en el que, por el fichaje de cualquier chaíñas (término gallego que insto al lector a incorporar a su imaginario, y más si eres el Real Madrid) te piden, para empezar, 70 millones de euros. Esta superinflación sólo puede paliarse mirando a improbables héroes alejados del oropel de las estrellas consagradas, así que propongo al amabilísimo lector que me otorga el honor de leer estas cosas que hagamos un ejercicio de imaginación y veamos a qué delantero madridista de épocas pretéritas podríamos rescatar para llevar la zamarra con el 9 a la espalda. Súbanse conmigo al DeLorean Galernauta Supermirafiori y volvamos a tiempos más sencillos, más analógicos y, si no mejores, muy diferentes.

El primero que se me viene a la mente es Manolo Canabal. El espigado delantero de Forcarei, precioso pueblo pontevedrés conocido por su observatorio astronómico, llegó al Real Madrid procedente del Mérida. Sí, ese mismo Mérida que jugó en primera división y cuyo presidente, José Fouto, rebautizó al estadio con su nombre. De Canabal sólo recuerdo que fue fichado por recomendación de Fabio Capello, sus imponentes hechuras, un gol que marcó en el torneo Santiago Bernabéu a la Portuguesa, club de procedencia de Zé Roberto y Rodrigo Fabbri, y que llevó el dorsal 12, heredado de Carlos Secretario. El técnico italiano nunca pudo entrenarlo y fue Heynckes, en la primera mitad de la temporada de la Séptima, quien lo tuvo a sus órdenes sin darle una sola oportunidad, por lo que salió cedido. Encadenó préstamos sin fin hasta el año 2000, en el que fue vendido al Málaga.

Girando la cabeza hacia el año de la Octava, nos encontramos con una dupla de la cantera. Un habilidoso delantero o extremo cuya alopecia prematura desmentía lo corto de su edad, natural de Águilas (Murcia) respondía al nombre de José Manuel Meca. Se trataba de un jugador bullicioso, combinativo y, al menos en mi recuerdo, que abría huecos para que su compañero en la vanguardia tuviera más oportunidades de marcar. Tal es así que sólo marcó un gol con el Real Madrid, si la memoria no me falla, al Valladolid. No puedo separar a Meca de otro hombre con el que hizo dupla en un año en el que los delanteros de la primera plantilla del Real Madrid parecían haberse puesto de acuerdo para lesionarse a la vez, pues Morientes, Raúl, Anelka y Savio estuvieron fuera de combate en varios partidos. El jugador al que me refiero es, evidentemente, Rolando Zárate. Dorsal 36 a la espalda, procedente del Castilla cuando aún se llamaba Real Madrid B, este argentino marcó un par de goles, alguno incluso de cierta importancia. De los rivales no se me ocurre acordarme, ruego me excusen. La jugada consistía en recibir el balón de Meca en la esquina izquierda del área grande, centrarse un poco y lanzar un disparo blandito con rosca al palo contrario. Sí, Zárate inventó la jugada de Robben y Messi, y aprovecho esta tribuna que la Galerna graciosamente me otorga, para reivindicar su figura.

Esta superinflación sólo puede paliarse mirando a improbables héroes alejados del oropel de las estrellas consagradas, así que propongo al amabilísimo lector que me otorga el honor de leer estas cosas, que hagamos un ejercicio de imaginación y veamos a qué delantero madridista de épocas pretéritas podríamos rescatar para llevar la zamarra con el 9 a la espalda

En esa misma época, había un delantero en la cantera del Real Madrid sobre el que la prensa, siempre rigurosa, ya había escrito bastantes líneas. Su nombre era David Aganzo y llevaba el número 34. Si no recuerdo mal, no metió un solo gol en los cuatro ratos que jugó en el primer equipo, pasando, como otros tantos, a encadenar cesiones para foguearse. Lo último que supe de él es que había sido novio de Milene Domingues, ex mujer de Ronaldo Nazario.

Remontándonos mucho más en el tiempo, en mi niñez tuve preferencia por los delanteros suplentes del Real Madrid. Era muy fácil venerar a Butragueño o Hugo Sánchez, y yo los idolatraba, pero mi debilidad era Pardeza, el verso suelto de la Quinta. De él recuerdo que era suplente y marcaba siempre que salía, pero, vistas sus estadísticas, éstas tampoco son para tirar cohetes. Cosas de la niñez.

Otro suplente recalcitrante fue Sebastián Losada. Fogueado en el Español cuando aún se escribía con Ñ, lanzó a las nubes el penalti definitivo que dio la final de la UEFA al Bayer Leverkusen en la temporada 87-88. El partido de ida había acabado 3-0 en Sarriá con doblete de Losada, pero el planteamiento de Javier Clemente en el partido de vuelta, en el que colgó del larguero cuales murciélagos a la totalidad de su equipo, fue superado por los teutones, que igualaron la final con otro 3-0. De los penaltis mejor ni hablar. En el Madrid marcó cerca de 40 goles en tres temporadas, cifra respetable, especialmente para un suplente. Buen delantero con un notable juego aéreo.

El último caso del que podría acordarme seguro que está en la mente del amabilísimo lector, al que pondero hasta el infinito haber llegado hasta este punto en el texto. Javier García Portillo, el goleador histórico de las categorías inferiores del Real Madrid, casi nadie al aparato. Formó una interesante dupla suplente con Tote, el especialista en rabonas y rebelde sin causa del Real Madrid. Mi padre dijo de él que, con ese peinado de punta tardonoventero-dosmilero, más propio de la Eclipse que de Concha Espina, tenía cara de lancha rápida. Su debut con el Real Madrid tuvo lugar contra el Panathinaikos en Champions en el año de la Novena. El primer balón que tocó fue un zurriagazo tremendo desde su Aranjuez natal a la portería griega. A partir de ahí, las portadas. Portigol. Delantero suplente en el Madrid de los Galácticos, tuvo relativamente pocas oportunidades, pero estaba claro que, sin quizá dar el nivel para el Real Madrid, era un excelente rematador. Sus cesiones a Anderlecht, Fiorentina y no sé cuántos equipos más dieron con sus huesos en el Hércules, donde se retiró siendo un ídolo.

Se nos acaba el tiempo, pero creo que he dejado claro que ha habido hombres de sobra en la historia del Real Madrid como para llevar la camiseta número 9 que tan huérfana ha dejado Benzema. Que sea Mbappé o no, es lo de menos. Hagamos fútbol ficción y demos a alguno de los mencionados aquí la oportunidad de volver a portarla. Es mucho mejor que nada.

 

Getty Images

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