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El Barça en un universo para lelos

El Barça en un universo para lelos

Escrito por: Paul Tenorio10 mayo, 2019
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En un universo paralelo dentro de las infinitas versiones de la realidad que podrían discurrir conjuntamente en un multiverso, posibilidad no confirmada pero tampoco descartada por la mecánica cuántica, Jordi Alba asiste a Messi en el minuto 15 del Liverpool-Barça y el argentino, tras acertar esta vez en su recorte dentro del área a Matip, marca el 1-1 y neutraliza la salida en tromba del Liverpool, que tiene ahora que anotar cuatro goles más para pasar a la final. Los ingleses pasan aturdidos toda la primera parte, acusando el golpe, maldiciendo que un Barça completamente sometido les haya marcado cada vez que ha chutado en la eliminatoria. Son momentos duros mientras asisten a un descomunal rondo del equipo catalán, que no llega a probar en ningún momento a Alisson pero marea la pelota espectacularmente de lado a lado del campo a 70 metros del portero brasileño. Piqué para Busquets, Busquets para Arthur, Arthur para Busquets, Busquets para Piqué. Todo entre olés de su público y de los periodistas españoles en las cabinas de radio, excitados por una “exhibición para la historia en un templo del fútbol mundial”.

En la banda se desgañita, inmune al desaliento, un tipo grande y rudo, que luce una barba algo desaliñada, gorra y ropa de sport. Bien podría ser Julián el del bar de abajo, pero resulta ser el entrenador del Liverpool. Jürgen Klopp grita a sus chicos que siempre es posible. Que son mucho mejores que el rival. Que el Barça puede tener el balón, pero son ellos quienes tienen las pelotas. Y que recuerden los movimientos trabajados durante la semana, en la que se especificó claramente a cada uno cómo hacer daño al Barça y cómo impedir al contrario desarrollar sus virtudes. Y los ‘reds’ reaccionan poco a poco, empujados por una confianza inexplicable en sus posibilidades y un orgullo descomunal, moviéndose por el césped clavando la coreografía exhaustivamente diseñada por el técnico alemán en la pizarra. Y terminan pasando por encima del Barça, ganando por un agridulce 4-1 que les depara una atronadora ovación de Anfield pero también una injusta eliminación. El Barça se mete en la final y sus jugadores lo celebran sobre el campo, alguno dedicando feos cánticos a Madrit, como en él es habitual.

 

El Barça se mete en la final y sus jugadores lo celebran sobre el campo, alguno dedicando feos cánticos a Madrit, como en él es habitual.

 

No sucedió así para mí ni para usted, lector, no en nuestro mundo. Y menos para los barcelonistas con los que compartimos la existencia, pobres. Pero esto puede haber ocurrido en uno de los infinitos universos paralelos que podrían existir. ¿Y la prensa española? ¿Qué dice la prensa española en ese escenario en el que Messi fue capaz de regatear a Matip a los 15 minutos en esa gran ocasión en la que debía marcar la diferencia? ¿Cómo interpreta la eliminatoria ahora? Pues como siempre, pues su ventajismo trasciende las leyes del Cosmos: en función del resultado.

 

 

El Liverpool le había dado dos baños escandalosos a los azulgranas, tanto en el Camp Nou como en Anfield, pero lo que cuenta en esta realidad que nos ocupa son los goles, a diferencia de en las cuatro de cinco Champions ganadas por el Madrid, donde las bolas calientes y la flor eran la explicación de unas conquistas aberrantes, incluso contraproducentes, que tapaban fracasos como la Liga perdida en 2016 con un punto menos que el Barça de los 19 penaltis a favor. Las conclusiones que sacan los expertos son exactamente opuestas a las que estamos leyendo en nuestro universo conocido tras la debacle culé en Anfield, aunque muy parecidas a las del 3-0 del Camp Nou una semana antes, también en función del resultado pese a que el baño del Liverpool fuera posiblemente aún mayor. “El que tiene a Messi tiene el as de bastos”, se dogmatiza. “Esta Champions es de Messi porque esta vez sí la quería. Y si Messi quiere no hay partido”. “Valverde le ha dado una lección a Klopp, golpeando cuando el Liverpool ejercía con más intensidad su falso dominio de los partidos. Ha sabido evolucionar el tiqui-taca hacia una versión definitiva, más versátil, completa y astuta. Guardiola era el mejor porque nunca le importaba cómo juega el rival y Valverde a su vez es el mejor porque se adapta a cómo juega el rival”.

 

Guardiola era el mejor porque nunca le importaba cómo juega el rival y Valverde a su vez es el mejor porque se adapta a cómo juega el rival

 

Hay lugar también para alabar la planificación deportiva de Bartomeu, que no ha sido validada en los últimos años por Messi sino que se debe a una sagaz toma de decisiones fruto de un estudio exhaustivo y modélico del mercado y de una brillante gestión económica. Luis Suárez es un depredador y su peso no le impide seguir ágil e incisivo, Arturo Vidal ha dado equilibrio al equipo, Busquets está atravesando una segunda juventud, Jordi Alba (a diferencia de Marcelo) es un lateral que hace daño en ataque pero sabe defender y jamás pierde un balón en zonas peligrosas, quién se acuerda de Xavi teniendo a Arthur, La Masía no se toca salvo cuando hay que tocarla y a Coutinho y Dembelé se les debe conceder más tiempo, hablemos de Bale. La idea que más cala es la de “una planificación que debe ser imitada por el Madrid”. Florentino no se atrevió a desmembrar el equipo en 2017, como sin duda cualquiera con dos dedos de frente habría hecho tras ganar un excelente doblete Liga+Champions, luego ganó una tercera Champions seguida (son siete partiditos) porque Ramos ejecutó a Salah y a Karius y ahora se dedica a fichar a púberes por precios alejados de la inflación disparatada del mercado en vez de copiar a su némesis blaugrana gastando 600 millones de euros en auténticos fenómenos como Malcom, Vidal, Boateng, Coutinho, Dembelé, Paulinho, Andre Gomes, Alcácer, Digne, Arda, Aleix Vidal, Mathieu o Vermaelen. Se pide su dimisión, como es natural. Todo porque, recuerden, Messi que perdió 50 balones en la eliminatoria pero metió una falta que no era adelantándose el balón cinco metros, le cayó un rebote en línea de gol y sí fue capaz de desbordar a Matip para marcar en Anfield como suele hacer en Liga ante rivales que luego se hacen selfies con él en el vestuario.

 

 

En la final del Metropolitano se enfrentan el Tottenham y uno de los mejores equipos nunca vistos, que apunta a otro Triplete, comandado por el mejor profesional de toda la historia de las profesiones según etiquetan al Barça y a Messi los oráculos del análisis y los eruditos de la actualidad. Los de Pochettino, que aparece en rueda de prensa demacrado y sin poder articular palabra, se presentan a la primera final de Champions de su existencia con alguna que otra baja. Sin que esto pueda quitarle méritos al Barça en caso de llevarse la victoria, según nos cuentan los expertos. Lloris se ha roto la clavícula tras caerse bajando la basura. Kane, ya recuperado, resbala con una piel de plátano dos días antes y se vuelve a romper. Eriksen pilla un virus raro en una firma de autógrafos y permanece en aislamiento. El gobierno surcoreano cambia repentinamente su ley de servicio militar y finalmente Heung-Min Son es llamado a filas de inmediato en la previa para que el sacrificio por su país sirva de ejemplo. Y Dele Alli abandona repentinamente el fútbol para ingresar en una comuna hippie. Lo normal con el Barça. La flor de Zidane. Y con todas esas ausencias, el Tottenham se las compone para hacer un gran partido y llegar 0-0