Las mejores firmas madridistas del planeta

Dortmund

Escrito por: Mario De Las Heras28 septiembre, 2016
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Este es el nombre de la batalla: Dortmund. Como Waterloo. Como Trafalgar. No sólo por Dortmund, el estadio medio maldito donde el bárbaro de la Germania de Gladiator mostraba la cabeza cortada del emisario. Otras batallas se libran en otros frentes. Días laborables, vísperas y fiestas de guardar. Ayer, antes del encuentro, en las noticias de Cuatro mostraban un rondo de entrenamiento del Madrid mientras un locutor con timbre de teleñeco le ponía voz a las imágenes. Imagine que está usted con sus amigos divirtiéndose o con sus compañeros trabajando y alguien les graba. Pongamos que usted se llama Paco, como don Paco Gento, y que en esa grabación un teleñeco comienza a interpretar en público lo que se ve con ánimo torticero: Animal jodiendo a Paco, como a Gonzo. Es la guerra sucia. Ya quisiera ser ésta la batalla noble de Dortmund.

Keylor ha vuelto con una rapidez de bote pronto en la pista central de Wimbledon. Hombres al borde de un ataque de nervios se titula la película de los primeros minutos. James está ahí y reparte para todos. Veo a Danilo meterse en la curva como el caballo blanco más rápido de la cuádriga de Ben-Hur. Hay un joven matemático de Princeton, que es el entrenador del Borussia, calculando el valor numérico de las trincheras porque el partido el Madrid lo juega de rodillas bajo los proyectiles y con eso no debía de contar.

Cristiano y Kroos recorren las alambradas allí en el centro. En la guerra. Y alguien saca la pelota a un lado donde espera Benzema con una cruz roja pintada en lo alto del parietal. De la parada que hace, detenida la rotación de la Tierra, pierden el equilibrio dos defensas alemanes y un servidor (que también se cae, en este caso del sillón) antes de que el tiempo vuelva a contar y el balón le llegue a Toni de un pase que es un descosido, una raja. Toni la deja a un lado para James que contempla el atardecer con chapetas después de haber pasado el día entero en la playa mientras el balón sigue su curso hasta llegar a Bale, que de una sutil coz con caño incluido lo mata, casi se lo pone delante de la bota a Cristiano, sujetándole con delicadeza de la nuca para no maltratarle y para que lo remate a gol el portugués.

Es el minuto dieciséis y ya no puedo más. Siempre se repite la misma histo-o-o-ria. Sólo es la primera bomba. Aubameyang y Dembélé son las caras conocidas de un bloque de hormigón, pero hoy Varane es el velocista que supera al famoseo. El Dortmund se ha parado aunque guarda la profundidad. Es Modric, o Ernest Borgnine (que le ganó un Óscar al Van Gogh de Kirk Douglas por Marty), quien no la deja salir. No parece que vaya a poder todo el tiempo. Yo temo a la oscuridad de los muros de Dortmund, que se ilumina con una virguería de Aubameyang en fuera de juego. Es un aviso. Y tienen muchos más.

Varane es un coloso alrededor del cual se edifica el Madrid. Keylor se afana en los puños, que actúan de escudos frente a las piedras. Son demasiadas. El coloso está cerca y el balón, la piedra, rebota en su acero. Gol. El partido es una muerte súbita. Cualquier error o infortunio se pagan. Hay que estar atento, sobre todo a Dembélé, que en cada recorte saca agua de la yerba como un molino. Modric ya no es Marty sino Santino jugándose la vida al salir en cada lance en busca de Carlo. Los hombres de Barzini están allí apostados en el peaje con sus metralletas.

Santino Peaje

La pierde James pero lucha, incomoda, y allí está Varane, que pasa y retrasa alejando el peligro. La voz de Helguera resuena como el agua de una fuentecilla en el jaleo de la locución. En ella hay un brownie, un duende de los bosques aquellos por los que viajaba Willow, y no sé si Borjamari o Pocholo. Se va Götze con su cara de bueno y aparece Schürrle con su cara de malo. Se posan los cuervos a esperar en los postes. Es la guerra. Kroos y Modric amagan con tal peso, que hacen inclinarse el barco. Se cae la vajilla y los pasajeros se agarran a las columnas. En ese trance James es capaz de elevarla y Gareth de correrla para Benzema, que cae trabado, una lástima, como por las bolachas de un gaucho.

Toni se la cede a Cristiano, que la envía desde el lateral al segundo palo por donde viene Karim empuñando el interior del pie como una lanza de justa. Choca con la coraza, y él y Ramos caen fuera del campo como despedidos del caballo cuando Varane, que está en boca de gol, recoge los trozos. Guerreiro casi se los devuelve un minuto después. Cristiano está punto de certificar la gran victoria con el tronco erguido y el recorte dembelético. A partir del ochenta, de pronto, el Madrid comienza a bajar la intensidad de sus luces.

Ramos no ve bien con esa iluminación tenue y el Borussia olisquea la debilidad, una suerte de vejez. Keylor siempre está encendido, de guardia con unas imponentes letras verdes de farmacia, pero no basta. El Madrid entonces es una respetable casa neoyorquina del XIX en Washington Square antes de apagarse para dormir mientras el Dortmund es un saloon bullicioso del Oeste en hora punta donde apenas se escucha la pianola. Todos los vaqueros entran con dinero fresco hasta que al fin lo hace el salvaje Schürrle, el taimado Schürrle que parecía cojear, disparando al aire no en el saloon sino en la casa respetable. Santino muere y yo bebo en soledad como Tom Hagen, igual que si tuviera que darle la noticia a su padre, que también es el mío. En el umbral no aparece don Corleone sino mi mujer que me pregunta qué ha pasado, aunque lo que me parece escuchar es: "... consigliere mío, dile a tu Don lo que todos saben".