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Domingo de confinamiento ideal

Domingo de confinamiento ideal

Escrito por: Athos Dumas5 abril, 2020
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En estos días de confinamiento obligado y solidario, para los que aún tenemos la suerte de trabajar, aunque sea telemáticamente, de lunes a viernes tenemos que seguir pautas organizadas en nuestra rutina laboral. Cumplir ciertos horarios, tomar ciertos recesos...

Los fines de semana son distintos y, aunque hay que estar en casa, se pueden organizar planes diferentes y variados que pueden hacer muy entretenido un sábado o un domingo.

Un domingo madridista ideal para mí, que tengo la suerte de vivir el confinamiento en una casa con jardín, podría ser así (voy a tratar de cumplirlo íntegramente):

Breve paseo por el jardín con mis tres perros (un bichón, un Jack Russell y un podenco andaluz), que tienen sus innegables rasgos madridistas: indomables, altivos, de mucho carácter y buen corazón.

Desayuno a las 9:30 de la mañana, leyendo por supuesto el Portanálisis de La Galerna, el mejor resumen de prensa deportiva del universo.

Tiempo libre. Mi mujer y las niñas se entretienen leyendo o retándose a videojuegos, así que es buen momento para desempolvar buenos cómics, y qué mejor, siguiendo la idea que ha dado por Twitter el gran @Fordianos, que volver a leer el doble álbum del Teniente Blueberry, compuesto por La mina del alemán perdido y El fantasma de las balas de oro, con un guión soberbio de Jean-Michel Charlier y los personalísimos dibujos de Jean Giraud. Una aventura excepcional, en la que Blueberry, una vez más, saca a relucir todo su madridismo de no rendirse jamás y de luchar hasta la extenuación —pese a las serpientes, el desierto, la falta de agua y los numerosos bandidos —para conseguir culminar su objetivo.

Momento de intervenir en el chat de La Galerna con los miembros de la redacción, para intercambiar ideas y proponer nuevos textos para los días siguientes. También de paso hacer una llamada a Jesús Bengoechea o a José Luis Llorente —o a ambos—para planificar nuevas acciones que sigan enriqueciendo nuestra querida revista.

Toca el momento de la cervecita bien acompañada de unos mejillones en escabeche mientras preparo la comida familiar. Hoy me toca a mí. Y como no he seguido los consejos de Master Chef ni de Arguiñano, pues me toca abrir dos latas dos de las familiares de fabada Litoral —quizás sea yo el que mejor sabe calentar como nadie ese manjar tan sabroso y tan contundente. Mi mujer y mis hijas cocinan mejor, pero saben apreciar mi arte, creo —al servir este gran plato preparado.

Tras la dura tarea, hay que recoger la cocina y relajarse un poco. Es el momento de tirarse en plancha en el sofá y volver a ver una de las trece Copas de Europa de fútbol o una de las diez de baloncesto. Hoy toca la Novena. Apetece ver el golazo de Zizou y pasar un mal rato de sano masoquismo con los diez minutos finales, en los que Casillas se transforma en un gigante con cuatro brazos y seis piernas para parar todas las acometidas del Bayer Leverkusen.

Hay que parar un poco la velocidad de los latidos del corazón, mientras la casa está en silencio, con la familia relajada y los perros durmiendo a pierna suelta, con un poquito de lectura clásica. Volver a ver cómo se portan mis héroes favoritos, D’Artagnan, Porthos, Aramis y por supuesto, Athos, en la segunda continuación de Los tres mosqueteros, llamada El Vizconde de Bragelonne, en la que nuestros amigos, ya entrados en la cincuentena, deben de afrontar el célebre episodio de El hombre de la máscara de hierro (un gemelo del rey Luis XIV), donde se patas arriba el Reino de Francia. Madridismo de alcurnia: señorío, arrojo, humor, suspense y derroche de valores en cada página: no les digo más que esta era la novela preferida del gran Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro o de El extraño caso del doctor Jekyll y Míster Hyde, nada menos.

A las ocho de la tarde suena la alarma. Es el recordatorio de cada día para ovacionar y homenajear como se merecen a nuestros sanitarios que lo dan absolutamente todo y en todo momento en estas semanas tan complicadas.

Obviamente, tras la paliza que me metí preparando la comida, la cena tiene que ser de picoteo: un poquito de jamón, dos o tres tipos distintos de queso, unas aceitunas, algo ligero en definitiva para poder mantener la línea e irse a la cama ligero y sin  molestias digestivas por empacho.

Es la hora de ver la televisión en familia, y hoy es el día señalado —tras claudicar los días anteriores frente a mis hijas (Los Vengadores) y mi mujer (películas de detectives del tipo de Hércules Poirot)—para que elija un servidor. Toca ver un clásico del Oeste. Y, como me pidió hace unos días por Twitter el amigo Sócrates @Soplaaris , vamos a ver Shane, que en España es conocida como Raíces profundas, dirigida por George Stevens en 1953. Reparto monumental encabezado por uno de esos héroes solitarios madridistas del Oeste, valientes, modestos y nobles hasta el infinito, el pistolero Shane, encarnado por Alan Ladd, a quien dan cumplida réplica interpretativa la pareja Jean Arthur y Van Heflin —uno de mis actores predilectos, no en vano hizo de Athos en la película de George Sidney Los tres mosqueteros, con Gene Kelly haciendo de D’Artagnan— y el niño Brandon de Wilde, absolutamente entregado a la personalidad inteligente, fría y con clase de su héroe Shane. Toda obra maestra, y ésta lo es, suele requerir de un malo a la altura, y aquí tenemos a un enorme Jack Palance como el forajido Jack Wilson en una interpretación que contrapesa con maestría la de Ladd. Es un malvado tan bien hecho que acaba por meterse en el bolsillo al espectador.

Me apuntaré siempre que pueda a un sábado o a un domingo como este hasta que acabe el confinamiento.