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Diarios del Cherengueti (1)

Diarios del Cherengueti (1)

Escrito por: Mario De Las Heras2 mayo, 2018
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Es como toparse con el río Zambeze, seguir su curso y encontrar las cataratas Victoria. A mí me pasó lo mismo que a Livingstone: en busca de nuevas rutas comerciales, por el camino he encontrado un paraíso. El Cherengueti acaba (y empieza), como el Zambeze, en el espectáculo natural. El Cherengueti es un río y un bosque y una montaña y una cascada. No podría definirlo con precisión. ¿Qué es ese sevillano de color teja con traje y corbata que se abanica y pone morritos de niño enfurruñado?

En mi primer día en el Cherengueti, tras un largo viaje de miles de kilómetros, he encontrado a este individuo (al que llamaremos Calcetines, como al lobo del teniente Dunbar) que parece respirar gracias al tremendismo, un dato que puede ser revelador para la ciencia. El tremendismo en el Cherengueti diría que funciona como el oxígeno en el resto del planeta. Y he encontrado a otro sujeto (desde hoy podría ser conocido como Tommy, como la ópera de The Who) que parece compartir ese tremendismo, pero en el bando contrario.

En el Cherengueti se vive en dos bandos, como en la bella Verona. Es como hallar un nuevo mundo en el que conviven el Cordobés y Shakespeare. Y digamos que también Freud (y ya veremos que muchos más). De Freud haría las veces un exentrenador argentino que parece haber perdido la razón. Pero no es cierto. Todos los habitantes del Cherengueti están perfectamente cuerdos a pesar de que el árbitro, el líder cherenguetil, a menudo aparezca como un psiquiatra en una terapia grupal. Por eso le llamaré, de momento, el Dr. Buddy Rydell.

Iré describiendo al tiempo que narro en mis diarios al resto de miembros de la fantástica comunidad cherenguetil. Ayer fue un día grande para uno de los bandos. El Real Madrid se clasificó para su tercera final de Copa de Europa consecutiva y la facción de Calcetines estaba destruida. Todo lo contrario que los del lado de Tommy. Tommy le exigía a Calcetines que entregara las armas y se rindiera.

No me pregunten qué armas. En el Cherengueti la ironía, el lenguaje subyacente o las figuras literarias están a la orden del día, así que ahí puede estar la explicación. El arte, en general, es agua subterránea que corre, y en frecuentes ocasiones atraviesa la superficie como un géiser con la forma arbitraria de una melodía, de una sentencia, de un retruécano, por supuesto, y hasta de un alarido selvático.

Estupefacto me quedé al ver de repente a Tommy entonar el himno madridista en un primer plano como de selfie. Primero con suavidad, a lo Pantoja cantándole a su Kiko chiquitín, para ir elevando el tono como si fuese Roger Daltrey, permitiéndose incluso incisos arengadores y sudorosos como los de Bono. Por momentos no parecía el himno sino el Sunday Bloody Sunday. A Tommy le faltó un andamio al que encaramarse.

Luego ensayó brevemente la poesía lírica antes de que el doctor Rydell se levantase y le preguntara rodeándole con un brazo: “¿Por qué te emocionas?”, una especie de “por qué no te callas” del Cherengueti. Mientras Calcetines admitía sentirse “avinagrado”, a Freud le embargaba una felicidad respetuosa que no le eximía de marcar registros que aún no habían tocado (sic).

Las caras de Calcetines son una parte fundamental del ecosistema cherenguetil. No se sostendría esa naturaleza rozagante sin esos morros, por ejemplo, a modo de gárgolas. Unas imágenes de Calcetines celebrando con la afición culé y el equipo azulgrana la Liga con menos carisma y emoción de la historia: un triunfo burocrático como su triste celebración sacó de los labios de Freud un “precioso” que retumbó en los sótanos de la Psiquiatría. Nada comparable en impacto a la investigación literaria que reveló al público a propósito de “el sustanciero”. Freud llamó así a Tommy y este ladeó la cabeza y puso gesto de Bruce Wayne a punto de pirarse a la cueva y ponerse la máscara para darle una somanta de palos.

No sirvió que Freud le dijera que lo respetaba. Ni mucho menos. En el Cherengueti decir que se respeta es decir que se descalabraría con gusto. Así son las cosas. El Dr. Rydell intervino y a Freud no le gustó. “No tengo sitio aquí”, se quejó amargamente. A veces la cordura o el orden los pone Benito y a veces el Dr. Rydell. Si es el caso de Benito (Benito es un exjugador madridista que destaca por su comportamiento distinto en el Cherengueti), Calcetines se altera. Calcetines necesita del cherengueti, como especie súperautóctona, para expresarse libremente.

Es un hecho curioso este. A Calcetines se le acciona un resorte y salta y dice Casimiro, con “i”, cuando la coherencia salta también por los aires, un espectáculo que suele inspirar a Freud, como ayer al hablar de “puntos negros” y de “conflictos terroríficos” a propósito de la tercera final consecutiva del Real Madrid en Europa. No se libra del salto Freud, cuya blanca cabellera parece separarse de la cabeza en un movimiento descompensado. Cuando Freud se sienta, el cabello parece posarse unas décimas de segundo después.

Es la gravedad especial del Cherengueti que esbozo en este primer acercamiento. En mi primer día. Ya casi apagaba la luz de la vela en mi tienda y cerraba mi libreta cuando apareció otro individuo que amenazaba muy serio con irse andando hasta Kiev (mientras el Dr. Rydell le pedía calma y contención), y que buscaba un abrazo de Calcetines que le hizo correr a este despavorido. “¿Con pantalones pirata me vas a dar un abrazo tú a mí?”, exclamaba Calcetines tras unos arbustos. Qué mundo tan maravilloso me espera.