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Diarios de Cherengueti (5-1)

Diarios de Cherengueti (5-1)

Escrito por: Mario De Las Heras29 octubre, 2018
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La última cara que vi antes de saltar de nuevo al Cherengueti fue la del piloto del avión, Jesús Bengoechea, que me levantó el pulgar con los auriculares puestos. Al abrir mi paracaídas pude apreciar la lenta aproximación hacia las tupidas copas de las acacias y, no muy lejos, me pareció distinguir entre las piedras rojizas los restos de mi antiguo campamento, hacia donde me dirigí tras el aterrizaje.

El campamento tenía signos de haber sido visitado en mi ausencia. La lona de la tienda estaba en el suelo, aunque parecía en buen estado. El viento hacía que temblase como una vela prendida a su mástil, el mismo viento que me trajo el sonido de viejos tambores. Yo sabía que los cherenguis culés celebraban como locos la debacle madridista.

El sol se levantaba por el oeste (en el Cherengueti casi todo sucede al revés) y me puse en marcha sin más demora. De camino me sentí contento, casi como un despreocupado paseante campestre, hasta que recordé la dureza implacable e imprevisible del lugar en el que me hallaba e instintivamente me agaché, con recobrado temor, como si hubiera visto a Tommy pasar de pronto con el lomo erizado y su camiseta del Madrid.

Lo que había oído, en realidad, era la voz del doctor Rydell, el líder del Cherengueti. Una voz bramadora, en este caso, que repetía sin cesar: “humillación”. Avancé unos metros y al fin encontré un punto de visión. Entre dos piedras, tumbado boca abajo, pude observar toda la escena. Tuve un escalofrío de miedo.

Calcetines, el capillitas cherengui, mostraba un inusual, a pesar de todo, estado de excitación compulsiva. Era como una sensualidad exacerbada, casi demente. Pensé que quizá los cherenguis podrían haber modificado en algún ingrediente su alimentación desde mi marcha. Pensé también en posibles mutaciones genéticas. Calcetines había enmarcado una foto de Piqué enseñando la manita y profería extraños sonidos guturales, como gemidos de placer.

Lo que parecían insólitos ruidos orgásmicos, se confirmaron como efectivas eyaculaciones futboleras tras la afirmación de Calcetines: “Que te como todas tus cosas, Piqué mío”. Había olvidado las repentinas náuseas cherenguéticas cuando me sobrevino la primera. Aguanté como pude tapándome la boca y traté de recomponerme.

Alrededor de Calcetines, Nikita (el rubio esclavo sexual moldavo/culé de la sacerdotisa Karma) no ocultaba su patética y obscena erección gestual, lo mismo que Freud, el psicoanalista argentino, que se solazaba como sostenido en su cuello vuelto negro, en duro contraste con su volátil cabellera de zorro plateado.

Entre medias de todo, en mitad de la escena, observé una extraña aparición desconocida. Parecía la entrada a un agujero negro, y Rydell se refería a ella como “Cherengueti Inside”. En él pude ver brevemente a todos los cherenguis en la oscuridad sufriendo pasiones indescriptibles como la desolación de Chelo García Cortés (la joven confidente de Cristiano de dentadura fluorescente) o la euforia desatada de Calcetines, convertido ya en un saltamontes con forzado acento sevillano, durante la goleada en el Nou Camp.

Ejercía el agujero, esa puerta a otra dimensión, una atracción siniestra e irresistible. Tuve que apartar los ojos de los cherenguis para resistir el influjo. Cuando volví a mirar la puerta había desaparecido. Noté una especial presencia de lo sobrenatural en el Cherengueti. Algunas cosas debían de haber cambiado desde que me marché. Sentí un aroma culé esencial impropio.

El bosquimano de Los dioses deben estar locos, exjugador extraordinario que nunca debutó con los blancos, era el único cherengui madridista que parecía conservar su integridad. El joven reportero de los ojos líquidos, entrevistado en La Galerna, parecía ido. Despertó al hablar del Barcelona como un equipo vulgar en la línea del bosquimano, y las risotadas de superioridad (en realidad de inferioridad) de Freud, Nikita y Calcetines resonaron por toda la sabana.

Intervino brevemente John Deacon (exárbitro y bajista de Queen) para decir que no le gustaba la celebración de Calcetines y para que admitiese públicamente que nunca fue sevillista sino antimadridista. Fue como decirle que dejara de enseñar la colita, porque se levantó y se quedó allí desnudo haciendo movimientos lascivos. Tuve mi segunda arcada sorpresiva y decidí tener más cuidado.

Freud empezó a hablar suave, acariciante, conteniendo su habitual verborrea a bocajarro hasta que no pudo más. Se rasgaba las vestiduras porque Lopetegui había dejado libre a Penalba. Se mesaba los níveos, andinos cabellos. Hablaba de scouting, de valores, de psicoanálisis, escupía pequeños y duros salivazos, ensayaba tangos, teorías filosóficas, normas de conducta, soñaba con pizarras y auditorios llenos...

A Calcetines le sudaba el bigote sicalíptico y Nikita a duras penas podía contener una suerte de alegría masturbatoria. Una alegría culé que dirigía con mano sibilina el taimado Rydell e inundaba el Cherengueti ante la postración de los cherenguis madridistas. Una postración servil, de lacayos demasiado afectados por la desvergüenza de unos jetas y la inacción del Jonás que cantaba como los ángeles y va a acabar en el fondo del mar junto a una bala de cañón.

Ver a Freud cebándose de esa manera me produjo sudores fríos, pero entre toda aquella sordidez, entre todo ese ambiente de lujuria antimadridista, pude percibir que subyacía un temor atávico entre los cherenguis culés. El temor que la celebración desaforada, incluso fingida, trataba de ocultar el día que Penalba dijo que aquella victoria era mejor que ganar una Champions.

Era el miedo a lo efímero de tan triste triunfo. Triste por la necesidad de decorarlo. De buscarle adornos y ajustar absurdas cuentas que sólo permanecen en las perturbadas mentes del complejo eterno. Es el miedo a que el Madrid regrese con Conte o con Rita para borrar estos débiles días victoriosos que tan profusamente sangran en cuanto se les recuerda lo que verdaderamente son, más allá de como ellos se ven (siempre) reflejados en esa blanca camiseta manchada ayer en el Nou Camp y rebozada en el barro del Cherengueti.

Cuando Tommy apareció como la estrella cherengui que es sentí una especie de nostalgia al encontrarme con él de nuevo. Fue el monólogo de taberna y los rugidos con ínfulas shakesperianas lo que me sacó del ensueño. Era demasiado el alipori en el día de mi regreso, y además el sol ya se ponía por el este.