Las mejores firmas madridistas del planeta

Hágase la luz

Escrito por: Nacho Faerna29 octubre, 2018

La última vez que escribí aquí fue para lamentar la inesperada marcha de Zidane. No entendí entonces por qué nos dejaba el entrenador que tanta gloria nos estaba deparando. Sigo sin entenderlo ahora, meses más tarde. Nadie abandona el equipo al que ama –y Zidane ha dado innumerables muestras de amarlo, explícitas e implícitas–, cuando está consiguiendo al frente de la plantilla victorias históricas que lo convierten en el artífice de una proeza deportiva sin precedentes, o con el único precedente de la etapa mítica de ese mismo equipo en el siglo pasado. No me vale que se fuera para retirarse en lo más alto, porque Zidane sabe mejor que cualquier madridista que la expectativa de triunfos del Madrid no tiene límites. Y porque, además, Zidane no tiene edad de retirarse y seguro que volverá a entrenar. Le quedaban muchos retos por afrontar: seguir ganando Champions, rompiendo récords, ganar Ligas, hacer dobletes y tripletes… No, Zidane se fue porque no estaba a gusto, y ese es el verdadero problema. ¿Cómo es posible que una leyenda del club como jugador, que conoce a la perfección el vestuario, los despachos y a la afición, no se sienta a gusto sentándose en el banquillo y dirigiendo al equipo de sus amores cuando está obteniendo unos resultados absolutamente incontestables?

No es una pregunta retórica, pero casi. Me refiero a que seguro que, incluso compartiendo mi estupefacción, a cualquiera de ustedes se le ocurren múltiples respuestas. Ése es el problema, que una pregunta aparentemente retórica no tenga una respuesta evidente, sino variedad de posibles explicaciones a lo que no debería tener explicación alguna. Quiere decir que navegamos por las traicioneras aguas del sinsentido. Porque un sinsentido es que a Zidane se le pusiera en duda todos y cada uno de los días que pasó como entrenador del Madrid. Se puso en duda su capacidad técnica, se discutieron sus alineaciones y se habló de su buena estrella, la famosa flor, como única explicación a sus éxitos. Y no hablo sólo de la prensa deportiva, que debe su nombre más a su eficacia hidráulica para intentar aplastar la grandeza del Madrid que a su condición periodística; no, me refiero sobre todo a esa afición de látigo y pitos, a tantos aspirantes a dominatrix y verdugos dispuestos a cortar cabezas cada domingo, tan exigentes como ridículos, pero tan numerosos, ruidosos y faltos de pudor que parecen legión y ponen en bandeja la sinécdoque a los de la prensa hidraúlica, que no dudan en atribuirnos a todos los madridistas su antipática personalidad: “el Bernabéu pita a fulanito”, dicen y titulan. Hasta se les cede en ocasiones la tribuna en La Galerna, qué le vamos a hacer. Se trata de pluralismo, me han explicado alguna vez. Como también me dejan decir a mí lo que me da la gana, no me voy a quejar (más).

El caso es que Zidane se fue porque no estaba a gusto. Millones de madridistas, entre los que me encuentro, le demostramos partido tras partido nuestro apoyo incondicional. Lean cualquier artículo de mis hermanos y de un servidor y en todos ellos verán reflejado ese respaldo, cuando no la adulación más descarada (y merecida), y el agradecimiento a su trabajo. No podíamos hacer más. Quien podía hacer más, quien debería haber impedido que Zidane se marchara, fue el presidente. Su cara durante la rueda de prensa en la que Zizou comunicó su decisión era elocuente: no creo que a nadie le quepa ninguna duda de que Florentino Pérez también habría preferido que Zidane se quedara. ¿Por qué se fue, entonces? El presidente sí que tenía en su mano proporcionar a Zidane las condiciones que fuera que necesitara para seguir haciendo el trabajo que de manera tan absolutamente sobresaliente y excelsa venía haciendo. Florentino sí que podía conseguir que Zidane estuviera a gusto. Y si esas condiciones eran, lo dudo, inadmisibles, creo que los madridistas nos merecíamos alguna explicación. Los madridistas nos merecemos en general muchísimas más explicaciones de las que se nos dan. La política de comunicación del club es de un hermetismo que requiere del socio y del aficionado una fe ciega en sus criterios. Nos dejan desasistidos frente a esa prensa que no disimula su antimadridismo y dan pábulo a los aficionados más cejijuntos y vociferantes, los del látigo y los pitos. Ahora que está tan de moda hablar del relato, el club ha renunciado, no digo a imponer, pero sí a proponer el suyo. Tiene herramientas, es obvio, pero por alguna razón no las emplea, las emplea muy mal o, lo que es peor, las pone en manos del enemigo. Otros equipos rivales administran mucho mejor sus nada comparables triunfos y, por descontado, también amortizan mucho antes sus más numerosas derrotas.

Acaba de comunicarse oficialmente la destitución del actual entrenador, el sucesor de Zidane, un Lopetegui que no se merece lo que le está pasando. Se apostó por él en verano, generando una absurda polémica que dejó una vez más en evidencia la pésima gestión de comunicación del club. Perdió entonces Lopetegui la posibilidad de terminar su trabajo en la selección, despedido injustamente en mitad del Mundial, espachurrado por la hidráulica prensa convertida en martillo pilón; y ahora, tan sólo unos pocos meses más tarde, paga con su puesto las consecuencias como si fuera el máximo responsable del lamentable inicio de temporada. Y no lo es. Y si lo fuera, ¿por qué se le eligió en verano? Cuando pierdes la confianza en quien la depositaste hace apenas dos meses, la culpa es tuya por escoger con tan poco tino al candidato a un puesto de tal relevancia. Le va a sustituir, en una solución interina, Santiago Solari. Se dice que el deseado era Conte, pero que no se ha llegado a un acuerdo. Una solución provisional no es una solución; es retrasar el momento de tomarla. Tampoco se merece esto Solari, al que por supuesto deseo toda la suerte del mundo. Ningún madridista se merece nada de lo que está ocurriendo.

Dice San Juan, y es lo primero que dice, que “al principio era el Verbo”. Nuestro presidente haría bien en tomar la palabra y proponernos a los madridistas un relato, el que sea, pero uno que se entienda y que no haya que extraer de filtraciones a oráculos más o menos autorizados. Algo más extenso que un comunicado oficial. Sólo así volverá la luz, que viene después del Verbo. Lo dice la Biblia, presidente, no lo digo yo.

Número Tres

Nacho Faerna, el tercero de los Faerna, es guionista y novelista. O sea, que le pagan por mentir, pero tuitea gratis en @nachofaerna y @galernafaerna. Se toma muy en serio sus placeres. El Madrid es uno de ellos.

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