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Desventuras de una madridista de ultramar

Desventuras de una madridista de ultramar

Escrito por: Julia Pagano29 junio, 2017
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Es sabido que el Real Madrid obra milagros. Y no todos se manifiestan como esas epifanías que surgen de los remates salvadores de Sergio Ramos -que nunca falten. Que hoy me encuentre retomando la escritura periodística después de cerca de veinte años de silenzio stampa es uno de esos prodigios que sólo podía producirse por obra y gracia de nuestro querido Real.

Este tema de los casos sobrenaturales viene, por cierto, muy a propósito, pues mi propia filiación madridista bien podría inscribirse dentro de ese orden de fenómenos. Digamos que para una niña criada entre los ’70 y  los ‘80 en el Río de la Plata, en el seno de una familia de clase media de origen inmigrante, en materia de fútbol las tenía todas en contra. Recordemos que por entonces a las damas se nos imponía una rígida veda futbolística, que apenas se levantaba parcialmente cada cuatro años en ocasión de los campeonatos mundiales. Un mes entero, escaso e intenso, durante el cual se relajaban las costumbres y a las señoras les era concedido el derecho de asomarse a ver los goles -nada más- por televisión y hasta en fechas cruciales salir a la calle a festejar una victoria agitando banderas. Nada de vestir una camiseta, ni así fuese de la selección nacional, en lugares públicos; salvo en raras ocasiones, exclusivamente dentro de los límites de un estadio y durante los 90 minutos de juego (la llevaban en la cartera hasta el momento preciso y luego de nuevo a la bolsa). Una nena con equipo de fútbol era seguro objeto de burla o de censura. Recién a mediados de los ’90 se nos levantó la interdicción sobre la vestimenta y algunas marcas hasta empezaron a diseñar prendas proporcionadas a nuestras dimensiones. En síntesis, quedaba claro que socialmente el fútbol no era cosa de chicas.

La genealogía tampoco me jugaba a favor, ya que si bien provengo de raíces europeas (soy nada más tercera generación criolla), sólo una pequeña porción de mis ancestros es de cepa española, y aquellos que zarparon de la península lo hicieron desde costas gallegas. De todas maneras, cuando mis bisabuelos enfilaron hacia América en las primeras décadas del siglo pasado, el fútbol estaba aún en sus albores, y a ellos por su parte los urgían otras prioridades como sortear guerras y miserias anexas. Es evidente que mi madridismo tampoco es hereditario.

Poco le debo por su parte al ámbito doméstico, pues aunque crecí en un medio donde a pesar de todo lo expuesto el deporte era pan cotidiano y el fútbol plato principal, no se profesaban tendencias definidas ni afinidades muy entusiastas hacia equipo alguno. Fui en cambio educada en la filosofía de que los partidismos nos impiden apreciar el juego en su cabal magnitud; y que si realmente amas el fútbol, la mejor manera de verlo es despojado de toda parcialidad permanente que obnubila los sentidos y te priva de reconocer las mejores performances cuando provienen de un rival. Todo muy noble y, hasta cierto punto, cierto o por lo menos legítimo, pero improductivo a la hora de inculcar el amor hacia un color, un escudo, una forma de sentir.

Con ese bagaje que casi podría llamarse lastre, arribé tardíamente al mundo del fútbol sobre el fin de mi adolescencia, allá por Italia ’90, en una especie de inercia ante lo inevitable, por mero horror vacui durante unas vacaciones invernales y sin acusar aún ninguna inclinación, por incipiente que fuese, hacia escuadra alguna. Habré de confesar además que, entre las estrellas que brillaron en aquel torneo, los que ganaron mis preferencias fueron en primer lugar los italianos Totò Schillacci y Roberto Baggio, un poco más abajo Francescoli, Goycochea y quizá Roger Milla por puro exotismo, recién más tarde (mea culpa) mi atención se dirigiría a Michel y Butragueño. Que todavía ni sospechas de que el germen del Real ya anidaba en mis entrañas.

Con un panorama tan confuso y en un contexto tan poco estimulante, la verdad es que por más que me vengo esforzando en estos días por recordarlo para esta nota no soy capaz de precisar cuándo ni cómo se produjo la revelación. Nunca vi jugar en vivo una formación del Real (me vengo a enterar ahora por Wikipedia que la última vez que anduvo por estas tierras fue entre el ’93 y ’94 para unos amistosos en Uruguay y Argentina respectivamente), no tengo camisetas autografiadas, ni fotografías junto a ninguno de los incontables ídolos merengues, no he visitado España y por ende no he estado jamás en el Bernabéu, y si lo pienso advierto que en realidad no conozco a ningún madridista de carne y hueso, los veo por televisión y los trato en redes sociales. La primera imagen más o menos nítida que se delinea en mi memoria me encuentra una noche de otoño expectante ante la pantalla de la tele dominada por la figura de La Cibeles engalanada para los festejos inminentes, compartiendo aquella euforia contenida con cuantos alrededor del monumento y del planeta aguardábamos expectantes el arribo de los jugadores portando la recién obtenida Copa del Rey. Sí, sí, la misma que pronto el bueno de Sergio dejaría resbalar entre sus manitas, no por la torpeza o desidia que las malas lenguas le endilgaron por aquellos días, sino como todos sabemos para proporcionarnos un momento de solaz y distensión al cabo de tan ardua jornada deportiva.

Así las cosas, mi conversión al madridismo se instala en el terreno de lo inexplicable. Mutación genética, patología congénita, iluminación divina, rapto de locura o de sensatez, Dios lo sabe… Ahora, cómo esa pasión pudo haber sobrevivido e incluso intensificado a lo largo de los años en un medio tan adverso, es cabalmente pieza de misterio.

“Ya sabéis que en este país o se es del Madrid o antimadridista” - procuraba ilustrarme un amigo desde Segovia a través de Twitter hace algunos días.

“¡Ah! Pero entonces están mucho mejor que nosotros. Aquí son TODOS antimadridistas” - le respondía de inmediato. Y no exagero, créanme. En ambas márgenes del Río de la Plata todo parece fatalmente diseñado para crearnos un hábitat hostil. Como si no bastase con que somos rara avis, fauna en peligro de extinción, curiosidad científica; los medios, el marketing, el imaginario colectivo han elaborado un plan macabro para eliminarnos por completo.

En ambas márgenes del Río de la Plata todo parece fatalmente diseñado para crearnos un hábitat hostil.

La primera hipótesis que se me ocurre es que mientras tengan sus figuritas distribuidas entre el Barça y el Atleti, el chauvinismo parejo de Argentina y Uruguay se verá más que satisfecho. Con Messi y Simeone por una parte y Suárez y Godín (y el converso Griezmann) por la otra, les alcanza y les sobra para saciar todos los orgullitos patrioteros que anidan en sus fanáticos pechos. Los unos ya supieron ser culés por causa de Maradona y los otros habían sido colchoneros en la era Forlán. Pero ¿por qué entonces no fueron igual de fervientes los argentinos cuando Higuaín y Di María vistieron la casaca del Real? -entre nous, al “Pipita” en realidad parece que lo detestan juegue donde juegue y al pobre “Fideo” lo condenaron al “perfil bajo” porque no es un chico mediático que es lo que hoy cuenta-. Y ya olvidaron al más grande, Alfredo Di Stéfano, y a Rogelio Domínguez y a Valdano y no sigo porque sería interminable.

Los uruguayos es cierto que desde 2005 no registran fichajes en plantillas merengues y ninguno de relevancia, pero sólo por el histórico José Santamaría deberían ser más respetuosos. En cambio, en su afán de todo politizarlo, los charrúas -pueblo extraño si los hay-, se han declarado hace tiempo (mucho antes de que Luis Suárez echara sus primeros dientes) en forma unánime e inamovible devotos azulgranas. Mas no en honor a la trayectoria de Héctor Scarone, Valverde, Cubilla o cualquiera de los otros nombres que vistieron la blusa del equipo catalán; ¡los uruguayos son del Barcelona de Serrat! Y cuando olfatean la más vaga simpatía madridista, la primera acusación que brota de su labios es “¡Franquistas!”. Pero qué desorientados andan estos chicos, se nota que no atendieron cuando Don Alfredo Di Stéfano lo elucidó en una famosa entrevista: “El único Franco que conozco era uno que jugaba en el  Deportivo de La Coruña”, mentando a su coterráneo Rafael Franco, sin duda.

Pero el tema no pasa sólo por esas manifestaciones de nacionalismos de pacotilla, que hasta serían folclóricos y amenizarían la charla en las reuniones de amigos y fiestas familiares. Es que nos tienen sitiados por todos los frentes. Por lo pronto descubrí hace tiempo que por estas regiones no hay peñas, ni oficiales ni salvajes, vaya uno a saber si las habrá clandestinas, pero a mí no me llegó noticia. Mientras, en todos barrios encuentras bares donde anuncian entre guirnaldas y banderas que te pasan el partido del Barça en pantalla gigante con promociones de pizzas, papas y cervezas y baile en la vereda hasta el amanecer si se cuadra.

Si te quieres comprar la nueva camiseta que has visto en la página oficial del Real, para lucir encantadora y desafiante por la vida, olvídalo. En las tiendas sólo encuentras en algún rincón versiones de outlet percudidas y arrugadas de temporadas ignotas y en talles ínfimos o gigantescos; si tienes más de cinco  años o menos de 104 kilos de peso, no hay chance. En tanto, observas en la vidriera que los maniquíes con el rostro de Messi lucen el último modelo de la blaugrana, y las medias y los botines y toda la indumentaria de cancha y entrenamiento que te imagines.

Merchandising, ni lo sueñes. Creo que una vez vi un llavero en un kiosco y cuando quise hacerme  de él resultó ser propiedad del kiosquero, a quien le pregunté si acaso éramos del mismo cuadro, y me respondió algo como ‘¿qué? no, no sé, estaba por ahí y lo colgué ahí porque se me perdían las llaves a cada rato’. Decepción.

En contrapartida, consigues lo inimaginable en cotillón y branding culé: prendas, accesorios, artículos escolares, cosméticos infantiles y juveniles, decoración de interiores, ropa interior… Creo que la apoteosis fue alcanzada durante las últimas Pascuas, casi sufro un desmayo a la puerta del supermercado ante un exhibidor de huevos de pascua envueltos en papel brillante a rayas azules y rojas con el inefable emblema. Made in Argentina 100%. ¿No será mucho?

Ni siquiera te permiten albergar ilusiones de ganarte un viaje para ir a alentar a tu equipo en la Casa Blanca. Las grandes firmas no malgastarían jamás su artillería promocional en presas inexistentes como debemos parecerlo los hinchas locales del Madrid, que por estas latitudes no somos negocio. Casi a diario marcas de bebidas, vestimenta, líneas aéreas, cadenas televisivas lanzan campañas publicitarias pródigas en sorteos de paquetes turístico-deportivos, pero son siempre para asistir a partidos en el Camp Nóu o el Calderón y ni siquiera con el Madrid por la visita. Es adrede, no traten de convencerme de lo contrario.

La supervivencia de un aficionado del Madrid por estas comarcas depende de un auténtico acto de fe.

Habrá que resignarse a seguir cultivando los hábitos recoletos, mirar los cotejos por TV en la intimidad del hogar, que no en vano dicen que el deporte promueve las buenas costumbres. Y armarse de mucha paciencia y un buen despertador pues los administradores locales de las señales internacionales no escatiman esfuerzos en diagramar las grillas de modo que los encuentros del Madrid queden ocultos, postergados, diferidos a horarios insólitos o directamente abolidos.

No dejan de ser admirables las piruetas que hacen esos muchachos para lograr que a la hora en que juega el Real se emita en directo una regata de botes inflables, un torneo de croquet o, en el mejor de los casos, un partido de las divisiones infantiles del Terrazas y el Tropezón, dicho sea sin ánimo de ofender. Luego te encuentras sonámbula a las tres de la mañana repasando a resultados vistos (parafraseando al barista de Marruecos 'siempre nos quedará internet') una fecha de la Liga, las semis de la copa del Rey o la mismísima final de la Champions si se da el caso.

Pero la esperanza es una de las virtudes teologales y ha quedado demostrado que la supervivencia de un aficionado del Madrid por estas comarcas depende de un auténtico acto de fe. Así pues, el próximo 5 de enero escribiré mi carta a los Reyes Magos, dispondré el agua y el heno para los camellos y me iré a dormir una vez más confiando en que acaso al día siguiente me encuentre en los zapatitos, si no un par de boletos de avión, al menos una camiseta nívea con la más hermosa insignia del lado del corazón y de las dimensiones adecuadas para convertirme en la envidia de mi clase de claqué.

Julia Pagano
@juliapaga Madridista allende los mares.

19 comentarios en: Desventuras de una madridista de ultramar

    1. por suerte soy lo suficientemente magra como para no despertar mucho la gula de esos caníbales... y con todo... Imagina lo que es enfrentarse a 20 - 25 alumnos argentinos de periodismo deportivo

      1. Si la sirve de consuelo, tampoco se crea que por aquí la fauna perioflauto deportiva es muy distinta. Así les va a los muy zoquetes.

  1. Como me gustaría que en Argentina ¡ ( con lo patrióticos que son ) , tuvieran una región como Cataluña ¡ donde renegasen de ser argentinos ¡ un personaje como Piqué ( que sería de el allí ? ) , y un club dentro de esa región que representará el independentismo más radical , con unos aficionados que pitasen el himno de la tierra de Gardel ¡ . Igual se darían cuenta de por quien simpatizan ¡
    Pero claro ¡ esas cosas sólo se dan aquí

    1. cuando asoman cada tanto vetas de separatismos (sobre todo entre comunidades de origen prehispánico), las eliminan y no siempre pacíficamente

  2. Pues esos 20 años de silenzio stampa no se han notado en absoluto Julia. Excelente (y enternecedora) nota, felicidades! No te había leído antes, pero te animo a escribirnos más y a que nos cuentes como vives tu madridismo "allende los mares", muchas gracias por compartirlo con nosotros.

    PD: Jesús, qué contradictorias sensaciones y reacciones a las dos últimas firmas invitadas (Antonio Hualde y Julia Pagano), verdad? A pesar de todo, opino como tú, el que no nos guste o no lo compartamos, no quiere decir que ese madridismo también existe y no es conveniente ignorarlo o censurarlo. Enhorabuena por ser (y dar ejemplo de ello) open minded...

    1. Es que a ese madridismo es imposible ignorarlo o censurarle porque para eso están ahí AS ,Marca, Cope, Onda cero etc., de lo que se trata es de que respeten este rincón minoritario de madridistas que lo vemos de otra manera.

    2. Gracias Esteban, imposible que me leyeses antes, estoy de estreno! Prometo seguir colaborando si La Galerna me tiene paciencia. Tantas muestras de cariño y bienvenida no serán en vano.

  3. Afortunadamente, puedo asegurarle que su conversión al madridismo no fue mutación genética ni patología congénita. Dado el momento de su vida en el que apareció, fue, con seguridad una grave infección viral. Pero, de un virus jubilosamente inmortal, que infecta todas las células del organismo y se instala en su genoma, con especial predilección por el cromosoma X. De esta manera, suele prolongarse en la progenie. ¡Hay que dar gracias a Dios!

    Magnífico artículo. Prodíguese más.

  4. A pesar de las dificultades dele la vuelta a su ánimo y considerese una afortunada , piense que esta pateando las mismas calles por las que anduvo el más grande de siempre, D.Alfredo, el que junto a un manchego socarrón, Bernabeu, sentó las bases para convertir a este Club en lo que es hoy. Se lo dice a Vd. un veterano madridista que ha tenido la inmensa fortuna de verle sobre el terreno de juego.

    1. Así sea, Zárraga! Pensaré fuerte en Don Alfredo tan pronto baje a la vereda esta tarde! Y rezaré bajito (pero que se oiga siquiera la sospecha de un 'Hala Madrid')

  5. Excelente y emotivo artículo, Julia.
    Uno a veces no sólo se siente orgulloso del Club en sí mismo, sino también de seguidores como tú.
    No sabía que la cosa antimadridista estaba tan chunga en tu tierra. Ánimo. Y piensa en lo que dicen Jesuz-izu y Zárraga para hacerte sentir afortunada de haber elegido lo correcto.

    1. Gracias amigo! Es como dice otro galernauta @AthosDumasE el Real Madrid es nuestra verdadera patria.
      Tendré muy presentes las palabras de Zarraga -así como las todos ustedes- ante cada nueva andanada neoculé.
      Y ya los iré a abrazar entre goles merengues al Bernabéu. Ya verás. Es mi Meca.

  6. Buenas tardes, he leído con sumo interés, su artículo, y de su lectura se deduce que el crecimiento
    del madridismo en ambas orillas del Rio de la Plata esta difícil, tirando a imposible, ahora empiezo
    a entender la situación de los dos países en rumbo acelerado al Tercer Mundo, y en proceso
    de desindustrialización acelerado, países que en la década de los 30 del siglo pasado tenían
    mas renta media que los Estados Unidos y eran de los más ricos del mundo, ojo no estoy diciendo que
    sea su no madridismo lo que lo explique ( siempre hay tontos) pero es un indicio, no me pidan
    aclaraciones que viene el verano caluroso y si lo defino y concreto con más precisión se liara parda
    Saludos blancos, castellanos y comuneros
    Nota. ojala estas dos naciones hermanas sacan de esta espiral de pobreza y decadencia que no conduce a
    ninguna parte.

  7. Me ha sorprendido mucho que el madridismo por esas tierras sea tan residual. No me lo imaginaba siendo el Real Madrid el equipo de don Alfredo Di Stefano. Si no te he entendido mal no nos ven ni siquiera con la esperanza de vernos perder como hacen por aquí los antimadridistas, que son casi tanto o más fieles al Madrid por su antimadridismo que a sus respectivos equipos.
    Te felicito y te doy la enhorabuena porque el Real Madrid te haya escogido y tú lo hayas aceptado o viceversa. Eso que ganas tú por ser de un equipo tan ganador y el Madrid por tener a alguien como tú entre sus aficionados.
    Saludos

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