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Despidiendo fantasmas

Despidiendo fantasmas

Escrito por: Antonio Valderrama5 abril, 2018
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Con el gol de Ronaldo, el segundo, La Chilena (hay que darle el rango que merece, el mayúsculo) tuve un flash-back. El balón largo a Cristiano parecía no implicar ningún peligro para la Juve: era una situación controlada por el portero, que salía, y por el central, que cubría acompañando la carrera de la pelota. Lo que lo origina todo es la inseguridad de Chiellini, que vio a Ronaldo por el retrovisor y se puso nervioso. Eso es el miedo. Chiellini, que es doctor en economía por la Universidad de Turín, no se fió de que su portero llegase y prefirió asumir un coste de oportunidad desorbitado por culpa del asesino con el número 7 que merodeaba alrededor de la jugada. Fue una decisión terrible.

De inmediato me acordé del balón muerto que dejó Raúl Bravo en la prórroga de 2005, cuando la Juventus remontó en Delle Alpi el 1-0 que llevaba el Madrid de la ida. Un balón cruzado sobre el área desde la banda derecha, un portero que sale y un central que mete una pierna que no debe.

Una de las fantasías recurrentes del cine no hace mucho solía ser la de regresar al pasado para cambiar alguna cosa y que el futuro, es decir, el presente narrativo, fuese distinto. Es decir, mejor. Este Madrid de futbolistas extraordinarios, de jerarcas, parece imbuido de ese mismo afán hollywoodiense, como si Ramos, Modric, Carvajal, Casemiro, Kroos y Cristiano quisieran meterse en una nave espacial y viajar a nuestros recuerdos vestidos como Bruce Willis en Armageddon para impedir La Década y cambiar el sino de nuestras vidas como madridistas.

Sin embargo, lo está cambiando. No les hace falta viajar al pasado. Llevan cuatro años escribiendo un capítulo nuevo y fascinante de la Historia más cuajada de mitología y hechos de armas famosos del deporte mundial.

Hubo un tiempo en que la Juve o el Bayern transmitían sensaciones poderosas sobre todo en contraste con las que comunicaban los equipos del Madrid a sus hinchas. La decrepitud de Buffon era entonces la de Hierro desplomándose tras Nedved en 2003 o la de Roberto Carlos viendo cómo se le escurría la pelota bajo el pie izquierdo al séptimo segundo de partido en 2007; las vacilaciones tragicómicas de Chiellini o Barzagli en presencia de la deidad omnipotente eran las de Raúl Bravo o Helguera en 2005. Correr detrás de un fantasma es lo que hizo medio Real detrás de Henry en el Bernabéu, en 2006.

Todo lo bueno, lo fuerte, lo imperial, por usar una palabra muy recurrente en este tipo de cosas pero muy gráfica, precisa, era lo que no tenía el Madrid y sí los otros gigantes de Europa. Todo eso es ahora del Madrid. Ha sido un proceso largo, un camino lleno de baches. Incluso cuando este Madrid condotiero estaba naciendo, con Mourinho, adoleció de esa nerviosidad adolescente que evitó que coronase el Everest antes de tiempo. El martes, sobre el césped turinés, vi a los jugadores madridistas jugando con una conciencia de sí mismos tan manifiesta que me dio hasta vergüenza. Yo mismo había pasado la tarde tan tranquilo que por momentos olvidé si lo que se jugaba era la ida de los cuartos de final de la Copa de Europa contra la Juventus o la vuelta de octavos de Copa del Rey en el campo del Elche.

el martes vi a los futbolistas jugando con una conciencia de sí mismos que me dio hasta vergüenza

El Madrid de Zidane ha conseguido anular la incertidumbre en el aficionado. Ha entrado en el bestiario del madridista, en donde habitaban todos sus fantasmas europeos más viejos y familiares, y los ha cogido del cuello uno a uno. Es una cosa novísima. Hace tres o cuatro años no podía dejar de pensar en el partido la víspera de unos octavos, cuartos o semifinales de la Copa de Europa. El Madrid jugaba en Turín, ¡Turín!, lugar de tantos crímenes, cueva de tantos horrores y de tantos malos recuerdos para el madridista, sinónimo de masticar tornillos y tragar alambre de espino, y mi sistema nervioso central había asimilado absolutamente la pax zidanea.

No es sólo eso, que ya por sí mismo es mucho. La cuestión palpitante es que el Madrid de Zidane está convirtiendo en dubitativos alevines a rivales con más tiros pegados que una persiana de Sarajevo. Esto es lo más asombroso para mí. Formo parte de una generación que creció considerando al futbolista alemán o italiano medio como a una estirpe superior de futbolista, un futbolista casi autómata, robótico y despiadado que siempre lograba desquiciar al español con su sabiduría antigua y hasta siciliana. Y los escenarios cargados de iconografía, santuarios de este juego, van siendo reducidos a cenizas con gesto funcionarial. Parece cosa de película. Hasta 2014 la mayor hazaña del Madrid en Munich había sido un gol de cabeza de Anelka (en un partido que se terminó perdiendo aunque a nadie importara lo más mínimo) y un empate austero en 2004 gracias a la miopía de Oliver Khan. Esta reducción absurda de los rivales casi a caricaturas es la impronta de grandeza devastadora de un equipo que continúa jugando como si la Copa de Europa fuese el patio de su recreo. Algo inaudito para los madridistas mayores de cuarenta años.

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

6 comentarios en: Despidiendo fantasmas

  1. Alli entra tallar el nombre de Florentino Perez, que economicamente ha llevado bien al Madrid y no a seguido el mismo rumbo del Milan por citar un nombre; no todo lo ha hecho perfecto pero nada es perfecto y al final el balance es positivo.

    CR es la gran figura futbolistica de esta gran era del Madrid, pero haciendo una analogia Florentino Perez no le va en zaga a don Santiago Bernabeu que es decir mucho.