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Despidamos a la niñera

Despidamos a la niñera

Escrito por: John Falstaff22 noviembre, 2015
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Al Real Madrid le cabe toda la gloria en el nombre y toda la arena en los zapatos. Escribo estas líneas pocas horas después de terminada la enésima humillación a manos del Barcelona, y hasta aquí, a orillas del Pacífico, llega el sonido de las hordas con hogueras en las manos y armadas de palos y cuchillos al asalto del palacio de Aranjuez, en cuyo sotabanco se esconde ese Manuel Godoy llamado Rafael Benítez. Se conoce que Benítez, como Godoy, ocupa de hecho un trono que en derecho no le pertenece, y hasta ahí podíamos llegar. Me he asomado un rato el tuiter y de inmediato se han quejado los vecinos porque la alarma de incendios de mi casa no dejaba de sonar. Les he explicado que el madridismo está en llamas, pero tan poderoso argumento no ha parecido surtir en ellos el menor efecto persuasivo, así que he decidido cerrar la ventana tuitera. Con un Godoy por noche tenemos suficiente, y además el ruido de la alarma también a mí me resulta insoportable.

Benítez ha sido sentenciado a muerte, aunque mejor sería decir que ha sido resentenciado, porque ya lo estaba desde que se anunció su fichaje. La ejecución ya es sólo cuestión de tiempo y los aficionados hacen cola para afilar la hoja de la guillotina. Benítez no sirve para el Madrid, hemos oído por doquier entre el madridismo más conspicuo desde el primer minuto, sin que nadie -al menos nadie de quien yo tenga noticia- se haya molestado demasiado en explicar por qué.

Yo, que no entiendo de fútbol, no tengo ni idea de si Benítez es buen o mal entrenador, pero un curriculum que incluye dos ligas y una Copa de la Uefa con el Valencia y sendos campeonato y subcampeonato de Europa con el Liverpool no me parece mala carta de presentación. Hasta me atrevería decir, nadando río arriba y a riesgo de ahogarme, que merece un respeto. Además de haber demostrado cierta capacidad, a mí me parece que es un hombre serio, honrado y trabajador. A algunos les parecerá poco. A mi abuela, no. Descanse en paz, en cualquier caso (mi abuela y Benítez, que ya es un walking dead al que sólo falta asestarle la puñalada que le pulverize el cráneo con un chasquido de cucaracha aplastada).

El madridismo, hace ya mucho tiempo, vive en un estado de convulsión constante y se mueve a golpe de espasmos mientras echa espumarajos por la boca. En la casa madridista vuelan los platos un día sí y otro también entre agrias discusiones sobre Mourinho, sobre Casillas, sobre Ramos, sobre Bale, sobre Cristiano, sobre Benzema y sobre el lucero del alba. Todo es motivo de discusión en esta casa que cada vez se parece más a aquella en la que habitaban Michael Douglas y Kathleen Turner.

Y sin embargo, hay algo constante en este madridismo que se retuerce entre violentas contorsiones, algo que acaba de dar cierto sentido de continuidad a esta era de agitada crispación: la absoluta falta de compromiso de los futbolistas. Yo no sé a ustedes, pero lo que a mí me resulta más doloroso de estas derrotas no es la diferencia de juego, ni siquiera la diferencia de goles, sino la diferencia de actitud. La diferencia de amor propio. La diferencia de profesionalidad. La diferencia entre un equipo de fútbol y una colección de once niñatos consentidos que todo lo arreglan pidiendo perdón en la zona mixta antes de salir corriendo a la próxima fiesta de cumpleaños.

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Hemos traído niñeras amorosas, preceptoras comprensivas, severas institutrices y maestras rigurosas. Todas han fracasado. Los niños, a los que de ningún capricho privamos, siguen haciendo pellas cuando se les antoja, no obedecen otra autoridad que la de su arbitraria voluntad, acumulan un suspenso detrás de otro y sólo se esfuerzan en los escasos momentos en que se aburren de holgazanear. Si la educadora les sonríe, se acomodan en la desidia; si les regaña por no trabajar, se enfurruñan y se tumban boca abajo pataleando y aporreando el suelo, y si así no consiguen arredrarla, vienen a la cocina con la insolente y pueril amenaza de que, si no la despedimos, se irán de casa.

¿Y nosotros, qué hacemos? Despedir a la niñera, por supuesto. Florentino, echa a Benítez, que los niños están insoportables, y además es un gordo y un cabrón.

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.