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En defensa de la raya en medio

En defensa de la raya en medio

Escrito por: John Falstaff22 septiembre, 2018
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Se ha sido muy injusto con la raya en medio. La raya en medio tiene muy mala prensa, como el colesterol o los pantalones de pinzas. Pero eso se debe a la influencia de los muchos que, como yo, son incapaces de ver más allá de sus narices. Uno ve la raya en medio e inevitablemente se le vienen abajo el ánimo y la fe, que es el peor pecado que puede cometer un madridista. La raya en medio -está científicamente demostrado- produce flacidez de cuerpo y espíritu, debilidad general y hondo pesimismo. Incluso hay estudios recientes que afirman que Mariano José de Larra no decidió descerrajarse un tiro en la sien a consecuencia de un mal de amores, sino presa del negro desánimo que le sobrevino tras cruzarse con un señor de Logroño que peinaba raya en medio.

Y sin embargo, ya digo, todo ello es fruto de una ilusión, un espejismo al que sucumbimos los espíritus más impresionables, las voluntades más endebles, los baldragas tan flojos como yo mismo. Porque la raya en medio, tras su apariencia taciturna y pedestre, desafía al destino con el mismo vigor con el que desaira a la estética. Un hombre con raya en medio puede parecer un tibio, un rancio, un hortera y un ganapán. Pero tras su porte cansino y alcanforado con frecuencia esconde no sólo una voluntad de hierro, sino también un improbable discernimiento que le permite distinguir lo esencial de lo accesorio. Algo de eso estamos empezando a experimentar, gracias a Dios, los madridistas.

También es verdad que, como señalan los estudios más lúcidos, no es lo mismo peinar raya en medio cuando uno ha nacido en Logroño que cuando lo ha hecho en Guipúzcoa. En Guipúzcoa el cielo es gris y el suelo es verde, y entre uno y otro acostumbra a haber más agua de la deseable. Así que proveerse de un orgulloso parteaguas en la azotea que ayude a desalojar las copiosas precipitaciones no deja de ser una ingeniosa forma de adaptarse al terreno, lo que nos lleva a otra virtud frecuente que la doctrina más autorizada atribuye a quien lleva raya en medio: su capacidad de adaptarse a las circunstancias, a la marcha de Ronaldo y al rival de turno. Un señor con raya en medio es un superviviente nato; cuando uno es capaz de sobrevivir a su propia fealdad autoinfligida, no hay dificultad que se le ponga por delante.

Y es que -he aquí la clave que se escapa al entendimiento de los débiles como yo- un señor con raya en medio no pierde el tiempo en su propia belleza, sino que centra toda su atención en la que es capaz de crear en el mundo que le rodea. Y así, si le sientan en el banquillo del Real Madrid, pondrá todo su empeño en crear un juego alegre y combinativo, espiritoso y viril, de marcada personalidad, optimista,  burbujeante, ofensivo, rápido, enérgico y preciosista a un tiempo. Todo eso lo está comprobando jubiloso el madridismo, quien está despertando de la depresión post-zidanesca al escuchar el sonido de la risa de nuestro equipo en el campo, que es la risa blanca y limpia del niño jugando en el recreo, la risa graciosamente creada por un demiurgo de mirada borrosa y con raya en medio.

Así que, quién nos lo iba a decir, el nardazo era la raya en medio. Alegraos, madridistas, porque la raya en medio nos hará libres. En ella está la salvación porque bajo sus alas se esconde la gloria. Yo no lo creo, pero es así.