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Crónica de una cena galernauta improvisada

Crónica de una cena galernauta improvisada

Escrito por: John Falstaff19 julio, 2018
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Me encontraba de paso por Madrid. Llamé y acudieron todos a una (o casi todos, que alguno ya estaba empleándose con denuedo en las tareas del descanso para reponerse de las plácidas noches en la sabana cherenguetiana y otros andaban aún convalecientes de sus vacaciones). El verano en Madrid es canícula, un verano seco y de asfalto, sucio y vibrante, como de canción de Sabina, y por eso afloran las terrazas como oasis en los que tomar un gintonic del mismo modo en que nuestras abuelas tomaban el fresco junto al portal de la casa. La vida siempre acaba abriéndose paso, y la vida es compañía y buenos amigos y animada conversación y una gotita de inconsciencia y un océano de buen humor. La vida es La Galerna, no sé si se han dado cuenta.

Llegó primero Hechi, nuestra Diosa particular, buena, luchadora, de un optimismo irreductible, madridismo puro. Al lado de Hechi la caña de cerveza refresca más y sabe mejor, y uno incluso olvida pedir la tapita de jamón, que yo creo que es el mejor elogio que se puede decir de alguien. Así, a su lado, como de puntillas para no deshacer el ensalmo, llegué a la mesa. La mesa era larga, de una largura insospechada, y cuando uno la miraba desde el extremo sur creía adivinar como sus líneas se juntaban finalmente en el horizonte, allá donde Somosierra te pregunta incrédula si realmente quieres dejar Madrid. Pero en menos de lo que tarda Messi en pedir una renovación se había quedado pequeña, rodeada por tierra, mar y aire por quienes allí nos habíamos dado cita.

Buena tropa, vive Dios. Alberto Cosín, recién desembarcado del yate atracado en San Remo, señor de los mares del conocimiento madridista con su brillo inquieto en la mirada. Jorgeneo, que ve el fútbol con ojo clínico de cirujano y le mete el bisturí y lo disecciona sin matarlo, y encima va el tío y te lo explica y consigue que lo entiendas. Allí estaba Andy Torres, efervescente, burbujeante, ese Fígaro madridista cuya mente es un vulcano, gracias a quien aprendí -con pruebas fehacientes- que Noruega es una provincia del Imperio español. Y allá, enfrente, no Estambul sino Número 3, el menor (en edad) de los Faerna. Cuando Número 3 habla, que es casi siempre, yo escucho obnubilado y me dejo seducir y arrastrar por la pasión con que se expresa, y aprendo que hacer cine es como montar un mueble de Ikea y que el fútbol nunca es más grande que cuando vuelve al patio de colegio.

A mi izquierda Lucía, luminosa, serena, como ese faro en el acantilado que permite llegar a buen puerto. Si Lucía fuera la creación de un chef moderno, sería un madridismo deconstruido y esferificado, un madridismo que rompe en el paladar y lo llena de mil matices emulsionados con amor incondicional, porque a Lucía le sobra inteligencia y sabiduría para darse cuenta de que al Madrid hay que mirarlo siempre con la sonrisa blanca de un niño. Es el suyo un madridismo sin sombra, un baño de luz, ya digo. Frente a ella, Joe Llorente nos regala sin medida su mirada socarrona y su retranca, y nos mira divertido y nos provoca y nos da pinceladas de su experiencia y de su conocimiento de insider, las cuales engullimos con fruición y nos saben a poco. Se adivina un tipo afectuoso tras ese polemista de respuesta rápida que da la impresión de debatir como un esgrimista: por el mero placer que produce la adrenalina del combate a florete, pero sin intención alguna de causar daño al adversario.

Ya más a desmano -la mesa se ha quedado pequeña pero sigue siendo larga-, Ramón Alvarez de Mon, quien sin ser consciente de ello y sin sombra de pedantería habla del Madrid ex cathedra, con una sencillez y profundidad que le dejan a uno aturdido. Y Jesús Bengoechea, el boss, fuente inagotable de anécdotas y de joie de vivre, un tipo al que es imposible no querer, divertido, agudo, brillante, pendiente de todos, madre superiora buena y diligente de este convento de locos que es La Galerna. Y Athos Dumas, coñón, niño travieso en un corpachón de hombre, corazón enorme que exuda madridismo por cada poro de la piel. Más lejos aún, Tomás González Martín, elegante, discreto, reflexivo, sin soltar prenda pese a nuestros intentos y que no parece un periodista deportivo, precisamente porque lo es. Y finalmente Número 1, locuaz, que habla de andenes y a quien uno ve como la estación amena de la que parten trenes hacia las más variadas regiones del conocimiento.

Llamé y acudieron. Díganme si no es para sentirse un privilegiado.

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan