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Crónica de la presentación de 'Luka Modric, el hijo de la guerra'

Crónica de la presentación de 'Luka Modric, el hijo de la guerra'

Escrito por: Mario De Las Heras1 abril, 2016
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Tengo que reconocer que a mí Madrid me supera. Yo el centro, el cogollo, no lo piso, y conforme me iba adentrando en él me sumergía en mi coche, convertido en submarino, dentro del poblachón abierto a las terrazas, aún frescas, mientras a mi alrededor veía crecer los edificios, las viejas casas de vecindad tan pegadas unas a otras casi como para ponerse a caminar de lado como esos negros de menudeo de Harlem, quienes, por cierto, estaban todos por allí.

En el fondo yo era Washington Irving acercándome a Granada a lomos de un burro. El Albaicín de bote en bote y yo algo (o muy) perdido tratando de encontrar el camino de subida a la Alhambra. Me encontré en esos menesteres con Manuel Matamoros, a quien de verdad el Madrid supera hasta el punto de que parece llevar el Bernabéu a cuestas atado a su tobillo con una argolla y así va por la vida. Yo a su lado camino libre, ligero, por lo que le ayudé un poco y comenzamos la ascensión casi livianos.

Nada más iniciarla Manuel reconoció por la espalda a Alfredo Duro, del que yo no tenía conocimiento, también de peregrinaje, a quien propinó una colleja a traición con la mano abierta cuyo sonido debió de despertar a las Zoraidas. Alfredo se revolvió y respondió con un ataque por bajo que dejó el combate en tablas y en francachela antes de arribar a la ciudad, donde parecía esperarnos expresamente, solícito anfitrión, como el posadero que esperaba a Hemingway cada invierno en Schruns, Vicente Azpitarte, autor, junto a Juan Manuel Puertas, del libro Luka Modric, el Hijo de la Guerra. Había cámaras enfocándonos y tuve el impulso de saludar como una estrella, o  de actuar como un activista gritando: "¡Viva la Galerna!", pero logré contenerme.

Atestada se nos mostraba la Alhambra, de donde es originario Vicente. Un hijo de la ciudad que nos esperaba para presentarnos a un hijo de la guerra. Manuel empezó a hablar del Madrid y ya no paró, y es un gusto porque en esos momentos parece que en lugar de haberse pasado el tiempo cargando con él parece que lo ha pasado husmeándolo esquina tras esquina como un flaneur. Se respiraba un aire tan limpio que a mí me evocó el ambiente de la Barcelona anarquista que homenajeaba Orwell: camaradas reencontrándose, saludándose, conociéndose bajo el ideal de Luka que trasciende a las patrias y a la literatura.

libro modric presentacion

Llegó Paul Tenorio, grande como una montaña y con voz de alud que a mí me cayó como un copo ligero, no porque sea un hombre afable, que también, sino porque tiene los dos dientes centrales separados con la misma elegancia de mi hija Candela. Paul mascullaba (o rugía) a mi espalda ante las afirmaciones de Federico Jiménez Losantos, un antónimo en tamaño a su lado que sin embargo se igualó, incluso le superó, subido al estrado donde reparte para todos desde las nubes.

Ramón Álvarez de Mon me saludó con una sonrisa enorme, una sonrisa de niño, y yo ya no volví a mirar atrás porque vi levantarse de la primera fila y subir a la mesa a David Gistau, que va adquiriendo la presencia de un patriarca sin túnica del columnismo, al que le seguían dos discípulos: Hughes y Jorge Bustos. Habló Jiménez Losantos y nos reímos. Hughes dijo que quería una Liga mejor que una Copa de Europa y Jiménez Losantos añadió que a lo que habíamos llegado, una Liga ¡como la del Valencia de Albelda! Eso estuvo bien, como lo de que Lukita es más español que Piqué.

Gistau quiso llamar a su hijo Luke para poder decirle "Luke, yo soy tu padre", pero acabó llamándolo Luca después de la prohibición de su mujer. Contó que a Luca le regalaron una camiseta firmada por Modric y que un día se lo encontró en su cuarto escribiendo en su propia camiseta del Canillas para el ídolo croata. Hablaron de Mourinho como el artífice del advenimiento del prodigio, donde Gistau lanzó un arpón al florentinismo asegurando que sin la petición expresa del entrenador portugués, el presidente nunca hubiera apostado por contratarle.

Salió el Clásico (mejor  dicho el Barsa-Madrid) a saludar, y Bustos recordó que lo primero que vio hacer a Luka con la camiseta blanca fue un sombrero en la banda contra el Barcelona. Fue el día del "Inventa, Lukita" de Van Palomaain que Manuel Matamoros me chivaba al oído. Hughes es tímido y sutil. Aparecieron Suker y Prosinecki, y Ana Obregón y la furgoneta aquella del anuncio, incluso Guti y el Buddha, entre bromas más y menos malvadas, y me gustó la metáfora de la bala de plata que tienen los blancos, de la que el cronista de ABC opina que mañana la reservarán para futuras empresas.

Emprendimos el viaje de regreso, la bajada, ya con Jesús Bengoechea en el grupo (nuestro particular Neal Cassady de este camino) y confiamos en una ruta de tabernas. Se nos unieron, entre otros, Hughes y Jorge Bustos. Yo al primero le dije que me encantaban sus crónicas, y es verdad, aunque en realidad no sabía qué decirle. Hughes parece encontrarse en tensión en medio de multitudes, que es exactamente como me siento yo, así que no nos encontramos, perdido yo, además, en los confines de mi trancazo silencioso, sorpresivo y casi épico. Yo oía voces sin saber de dónde venían, y casi sólo reconocí la de Jorge despidiéndose con un ¡adiós! de los que ya no se escuchan. Un adiós de letras, un adiós de Holden Caulfield que me animó un poco por dentro.

El Madrid salía en la conversación a borbotones. Yo, que no sé nada de fútbol, escuchaba a duras penas con mis sentidos maltrechos. Paul Tenorio se marchó a la radio, como Juanma Rodríguez, que pasó por donde estábamos como un jinete del Pony Express: saltando al caballo de refresco. La timidez de Hughes le dio la mano a la mía y allí nos quedamos, sin ponentes, cuatro galernautas al amparo de Tirso de Molina. El Madrid brotaba, como un géiser, y trazábamos oníricamente planos de torres de petróleo para enriquecernos. Y entonces el mundo madridista quedó solucionado para siempre. Salimos de la terraza para regresar a la vida (habíamos estado jugando fuera de ella), cuando yo caí en ella de un topetazo severo: no encontraba las llaves de mi coche. Volví sobre mis pasos y acabamos regresando a la Alhambra donde nos abrió los portones un hombre con acento puro de un O Grove granadino, pero no hubo suerte.

Resolví ir a casa en taxi para buscar la llave de repuesto, pasando antes por el aparcamiento para asegurarme que estaría abierto a mi vuelta. El ruido de mis pasos en soledad a lo largo de la calle de Lavapiés parecía de espuelas. En la garita del garaje había un hombre con una gorra del Madrid. Le informé de mi terrible pérdida y de mis intenciones y no dijo nada. Ni siquiera bajó los pies del taburete sobre el que los tenía apoyados. Simplemente movió un brazo y cogió de la mesa un objeto familiar que mostró a mis ojos. Aquello sólo podía significar la Undécima.

Foto: Libertad Digital

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

3 comentarios en: Crónica de la presentación de 'Luka Modric, el hijo de la guerra'

  1. Leyendo la crónica de la presentación siento como si la hubiera presenciado y al mismo tiempo envidio no haber disfrutado de ella, rodeado de madridismo a borbotones.
    Saludos

  2. ¡Qué lástima no haber podido ir a la presentación del libro! ¡Con las ganas que tenía! No sólo hubiese sido un verdadero placer conocer a los autores del libro, escuchar a los presentadores, sino también compartir ese rato con mis compis galernautas.
    Pero la gran ventaja de que haya ido Mario, es que luego te lo cuenta como si te narrara la peli, ¡tal cual! Y con sus detalles, giros y metáforas que hacen incluso brillar más todo aquello que se decida narrar.
    Ya te lo he dicho, Mario, tu final también es la Undécima. ¡Enhorabuena!

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