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Crónica individual de Marcelo contra el Levante

Crónica individual de Marcelo contra el Levante

Escrito por: Mario De Las Heras24 febrero, 2020
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Marcelo mira el balón todo el rato desde su hogar, que parece un confinamiento. Se le ve andando. Se mueve. Se le nota pesado. No al ir sino al volver. Ya se sabe que con la edad se agudizan los defectos. Aparecen las manías. Pero Marcelo tiene un aire de alegría que le sigue acompañando. Es un aire de esperanza que se resiste a perderse. Es la juventud que no quiere irse, aunque se vaya. Esa lentitud inherente de regreso es la vejez apareciendo. Ahí Marcelo parece un furgón cuando siempre ha sido un esquiador de eslalon. Pero está atento. Ocupa el área de su equipo y resulta casi providencial en su esfuerzo deslucido. Hay providencia en él, cuando, de pronto, lo ves más arriba del medio campo. Esperando. Antes lo veías cruzar como volando sobre ese límite, llegar hasta allí como si vieras crecer a tu hijo, igual que un corredor de aquellos de las trincheras de Gallipoli.

Este Marcelo de hoy se planta en la defensa con previsora antelación madura. Es como si quisiera suplir su delirio vital sentando la cabeza. Forzándola. Lo veo esperando más allá del medio campo en el saque de Courtois mientras Kroos cubre abajo su lado. Cuando la jugada retorna, Kroos se vuelve a los medios y Marcelo a su lateral bajo, a su piso pequeño, donde siempre ha parecido que nunca quiso estar. Marcelo es un inquilino inquieto, callejero. Siempre nervioso entre cuatro mínimas y vulgares paredes. A Marcelo le gusta correr por el campo. Marcelo ha querido siempre volar, patear la calle, la banda, los medios, el área. Ahora parece sedentario por obligación. Por ley de vida. Lo miras y a veces parece un flaneur en vez de un defensa cuando observa la jugada desde la distancia.

Pero está pendiente. Y eso que es un mediocampista con un demonio y un ángel: la defensa y el ataque. Trotador en lo segundo, renqueante en lo primero. Él espera. Hay una fuerza que lo frena, como un viento huracanado, cuando se trata de correr hacia atrás. A Morales lo deja pasar por los lados. Como si por allí detrás ya hubiera alguien encargado de frenar al levantista. A veces parece el árbitro siguiendo desde la cercanía la pelota. Es la indolencia desesperante de Marcelo que no es tal sino su ser desvirtualizado, abierto para todos. Al contrario, en ataque se sigue estirando como un bailarín. Es un bailarín de medio campo para arriba y un tramoyista de medio campo para abajo. Carga con muebles, fardos, atrezo. Pero el bailarín sale a escena ligero, brincador, elegante. Y cuando pisa en el área. Cuando pisa vuelve a ser él. Que la pise todo el tiempo.

Esos rizos en el área contraria se elevan. Se mueven con frescura, como helechos acariciados por el viento. Son los girasoles de ET que se marchitan lejos de casa, lejos de la portería contraria. Los mismos que renacen, de pronto, bajo su ataúd criogénico cuando ve a Hazard marcharse hacia la luna, recortarse en ella, en bicicleta. Es curioso verle moverse hacia el centro mientras Kroos o Hazard se trasladan a las afueras de modo natural. Es el movimiento de traslación de la tierra marcelista. Marcelo es de alternar en el centro, en el bullicio. Marcelo se aburre en el extrarradio de su lateralidad. Y parece que hoy más que nunca. Es el ocio y el trabajo. El talento de Marcelo esta en el ocio de su ataque libre, hippy, no en el tedio de su defensa fabril. Marcelo no puede jugar con un mono de trabajo sino semidesnudo, con los pantalones remangados, caribeños, lleno de pintura, de pinceladas fallidas.

Marcelo le cede el carril a Vinícius. Y luego se mantiene a la expectativa. Juega hacia el centro, como probando hacer su tradicional corte en diagonal sobre la yerba, pero desde un segundo plano. No es bueno que Marcelo deje de ser ese protagonista. Marcelo no es un gregario sino una estrella. Con Vinícius en el campo, Marcelo ejerce de contenedor ofensivo, un poco de recogepelotas, de remanente agresivo en las cercanías del área rival que merodea como antídoto de sus galeras defensivas. Es el remoloneo atacante en una reserva que lo aseria en lugar de lanzarlo por los aires. Cuando Marcelo se vuelca driblando en línea recta parece que se va desnudando poco a poco. Ese arranque es un striptease supersónico. Es como Supermán quitándose el traje de Clark Kent. Y cuando todo acaba felizmente, él está desnudo, celebrándolo. Como todos.

Anteayer nos quedamos todos vestidos porque apenas lo vimos despojarse a ratos de la camiseta, o enseñar un poco de cadera cuando se bajaba con timidez el calzón. Ayer nos quedamos todos vestidos porque no hubo al final forma de alegrarnos. Pero hay esperanza en lo de Marcelo. Tanta que en uno de esos clásicos arrebatos suyos, en las huidas esplendorosas a través de la selva, en esos zarandeos emocionantes que le dan la vuelta a las cosas, aunque sólo sea en uno, puede estar nuestra salvación.