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Crónica del Barcelona, 1; Real Madrid, 2

Crónica del Barcelona, 1; Real Madrid, 2

Escrito por: Mario De Las Heras3 abril, 2016
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Todo era precioso al comienzo del partido. Lo decía sin parar el locutor: “Precioso, precioso”, un poco como una señora que decía lo mismo a mi lado una vez que escuchaba recitar poemas a Antonio Gala. Aquel mismo día, por detrás, un señor no hacía más que repetir: “Qué barbaridad, qué barbaridad…”, como con ganas de hacerle escrache al poeta. Son los gustos. Qué menos para Cruyff. En realidad para su familia, para el hijo que estaba allí tragando saliva con el mosaico y el silencio. Yo más bonito que el mosaico vi la imagen de Keylor, de espaldas, arrodillado con los brazos al cielo como el teniente Elías en Platoon, que esperaba en vano que bajara el helicóptero a recogerlo. Yo esperaba que bajaran allí helicópteros y empezasen a desembarcar Cristianos y Benzemas en escuadrones, pero en su lugar tuve que esperar dos minutos largos a que los blancos tocaran, sólo tocaran, su primer balón. Esa primera vez fue un corte de Pepe, un hachazo. La segunda vez fue otro de Casemiro.

Pintaba regular pero al menos estaban metiendo la pierna. Cristiano la tocó por primera vez en el minuto seis. Lo supe por los pitos. El poder de Cristiano es impresionante. Un hombre solo que pone a desgañitarse al personal como si lo tuviera amaestrado. Cuando Cristiano la toca dice: ¡Ale Hop!, y el público pita sin remisión. Es un director de orquesta moviendo la batuta. Ellos creen que le pitan, pero lo que sucede en realidad es que Cristiano los domina, y se ríe, claro. Cristiano es el hombre que pone a pitar a decenas de miles de personas. Y ellas tan contentas. Una gran coral monofónica dirigida por Ronaldo, el Von Karajan de los estadios del mundo.

A Suárez no le pita nunca nadie, y eso que marrullea como un virtuoso, ¡y muerde! En el minuto nueve la tuvo después de un fuera de juego que el línea no vio. Pero falló. Fue cuando Ramos protestó y le sacaron amarilla, con treinta añazos que tiene ya. El Madrid esperaba, moviéndose de lado a lado en bloque como el base de baloncesto encarando al base atacante. El Barcelona aprovechaba para el pick'n'roll, hartándose a paredes pretendidamente estéticas que rechazaban los visitantes rodilla en tierra. La estética, el arte lo dio Benzema que estaba como carburando lienzos y de pronto salió en escorzo de tacón al contraataque que duró un segundo, lo suficiente para hacernos despertar de un pellizco.

Eso era todo el Madrid hasta ese momento: el escorzo de Benzema y la línea Maginot en propio campo: todos metidos en la trinchera menos Kroos, que venía jugando en gravedad cero. El Barcelona era como un arrecife que se acercaba al área madridista con todos sus peces de colores (Neymar parecía el espantatiburones de Disney), y Messi aparecía a ramalazos protegido por las rocas. Era una morena saliendo de pronto de su antro oscuro, de su anfractuosidad maligna, como decía Pla: “…como un puñado de monedas de oro robadas y guardadas en el fondo de una tinaja clandestina, secreta, obsesionante”.

La banda derecha era el escenario de una lucha entre dos pieles rojas de tribus rivales. Alba y Bale. Los mohawks y los mohicanos, rodando por el suelo empuñando el cuchillo, cabalgando por las praderas y los bosques, persiguiéndose como los Crow a Jeremías Johnson. El locutorio sentenció un penalti de Ramos a Messi que la repetición desmintió, pero no parecía haber manera de que se rindieran a la evidencia. Lo importante es la ilusión y el espectáculo y aquel era un penalti muy bien interpretado por Lionel que por algo tiene el Actor’s Studio en casa.

Camp Nou Clásico

A mí me estaba gustando cada vez más el partido porque era como si el Madrid hubiese salido no a jugar sino a crear frustración en el rival. Cosa que empezaba a lograr. Se empezaban a abrir claros en el bosque en forma de eslalon de Carvajal o de medias vueltas de Bale. Era como si el Madrid estuviese equilibrando el partido (un partido aburrido) con la mente, ¡un Madrid jedi!, y el balón empezase a temblar incrustado en la nieve. Seguía el Barsa con el mismo plan. Acercándose despacio, como silbando con las manos en los bolsillos, para, de repente, ponerse a triangular a toda velocidad. Normalmente era Luka, o Casemiro, quien cortaba el acelerón, pero estaban defendiendo todos juntos como hermanos, miembros de la Iglesia.

Salía el Madrid al Camp Nou como del campo los prisioneros en La gran evasión. Todo eran detalles, pero detalles de peso colgando del clavo que había sido el escorzo de Benzema. Dominaba el Barcelona, pero estaba más en peligro Florentino, fíjense, rodeado en el palco, que el Madrid sobre la yerba. Aunque para peligro el último córner antes del descanso, todos empujándose en el área igual que en un concierto de Rammstein.

En la segunda parte Benzema comenzó a pararse con criterio, pese a la velocidad de crucero del rival. En un lance Neymar se marchó de todos, el primero de Kroos, que había estado hasta el momento al nivel del línea. Vi a Alves retorcerse (de dolor imagino) pero casi nunca hay que creerle como al pastor del cuento. El Madrid no dejaba espacios acorralando el ataque del rival que porfiaba. Messi, la morena, salió de su agujero y se inventó un tirito al que respondió Keylor con un salto acrobático, eso sí que fue precioso, que causó achaques en la grada. Yo vi envejecer de improviso a todo un fondo. Luego vino una sucesión de córneres y al tercero marcó de cabeza Piqué libre de marca con Pepe bloqueado. Pero no es que no pitaran personal, sino que no se tuvo en cuenta el tackle que le había hecho Messi instantes antes y que, sin duda, le había dejado grogui.

Qué furor en la celebración. Pero no era furor sino miedo. No iba a venirse abajo el Madrid. El Madrid crecía y faltaba lo mejor. Tenía la mirada y el temple. Marcelo apareció en el diecisiete cortando la hierba como un arado turbo, se frenó, cambió el juego, llegó Kroos por la derecha, la puso en el centro y el rechace lo agarró Karim de volea para marcar un empate glorioso que devolvía el miedo en forma de terror al Camp Nou. Un miedo profundo, arcaico, clásico. La pelota seguía siendo del Barcelona porque todos sus jugadores recibían fuera de sitio, como si se salieran de su casilla en un tablero.

Kroos había vuelto de su autismo y mandaba en el centro. El partido era Austerlitz y Zidane Napoleón orquestando su gran victoria ante rusos y austríacos. En el treinta y cuatro Suárez pudo marcar y en el treinta y cinco Bale lo hizo de cabeza pero el árbitro, más exactamente el línea, lo anuló. El escándalo fue mayor y de consecuencias incluso más trágicas que la quiebra de Lehman Brothers, pero este Madrid sabatino crepuscular ya estaba listo para ganar. Para ganar como en las grandes ocasiones. Un minuto después del atraco Cristiano envió un disparo al larguero. Ramos, Sergio Ramos, a sus treinta añazos, se dejó expulsar, pero ni siquiera eso pudo evitar el desenlace que ya estaba escrito.  Ni Ramos ni Villar que valgan. Fue en el minuto cuarenta, y fue Cristiano parándola con el pecho y chutando raso, por debajo, casi lento. Un fado. Y todos pudieron oír después el grito apabullante del portugués por el que, ensordecidos y enmudecidos, esta vez ya no pitaron.

LAS NOTAS

Keylor: Destaca (D). Vio la batalla a escasos metros, entre la niebla. Messis a él.

Marcelo: Destaca (D). Un estilete. Un destripapartidos.

Ramos: Necesita Mejorar (NM). Qué treinta añazos.

Pepe: Progresa Adecuadamente (PA). Achicando, aunque a veces sin fuerza.

Carvajal: Destaca (D). Un trabajo sordo y serio adornado con algún arranque de abanderado.

Modric: Destaca (D). El hijo de la guerra, como en casa.

Kroos: Destaca (D). Despertó cien años después pero a tiempo.

Casemiro: Destaca (D). The Brasilian Job.

Benzema: Destaca (D). Un escorzo, una bailarina de Degas, un genio.

Bale: Destaca (D). Deliciosa su carrera, deliciosos sus movimientos.

Cristiano: Destaca (D). Rápido, muy rápido. Un palo. Un gol. Un grito.

Jesé: Destaca (D). Salió para decirles, de parte de Zizú: “No olviden supervitaminarse y mineralizarse”.

Lucas Quinto: Exento.

Zidane: Destaca (D). No estuvo en la banda sino en la colina esperando con la mano en el pecho a que se consumase la victoria.

EFEMÉRIDE DESTACADA

Barcelona se rinde ante las tropas de Luis el Piadoso. Los condados catalanes se incorporan al Imperio Carolingio (801)