Las mejores firmas madridistas del planeta

Coach

Escrito por: Nacho Faerna14 enero, 2016

Jack Ford entró en su oficina con un puro mordisqueado en una mano y un pañuelo en la otra. Llevaba una sahariana, lo que los anglosajones llaman chaqueta safari, y unos pantalones caqui demasiado cortos que dejaban al aire unos llamativos calcetines rojos. En cuanto asomó por la puerta, su secretaria se fijó en que tenía la cara llena de marcas de carmín. No sólo las mejillas, también la frente. El señor Ford gruñó algo ininteligible mientras cruzaba la pequeña estancia camino de su despacho. Cualquier admirador de Duke Wayne habría reconocido inmediatamente sus inconfundibles andares, pues el actor se los había copiado a quien él llamaba siempre Pappy. No prestó atención al chaval que estaba sentado enfrente de la secretaria, y que lo miró aguantando la respiración. Quizá ni siquiera lo vio, porque el muchacho estaba a su izquierda, donde el campo de visión del viejo Jack quedaba muy reducido debido al parche que le tapaba ese ojo. Desapareció dentro del despacho, e inmediatamente detrás de él, la secretaria con una caja de kleenex en la mano.

El chaval, que tenía quince años, se quedó solo un rato durante el que pensó que tal vez no había sido una buena idea haberse atrev