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Arriquitáun

Arriquitáun

Escrito por: John Falstaff14 enero, 2016
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¡Ay, madre, qué alegría tan triste!

El mundo es un circo sórdido en el que los payasos bailan y tropiezan al ritmo del Vals número 2 de Shostakovich. Riamos.

Ya tenemos a Zidane. Zidane es la ilusión, al menos hasta que deje de serlo. Había mucha ilusión en el partido contra el Deportivo. Yo no estuve allí pero sí estuve en Twitter, y Twitter era un hervidero de ilusión madridista. La ilusión hervía y hacía chof, chof, y se contagiaba de una cuenta a otra y los goles iban cayendo y avivaban el fuego, y la ilusión rezumaba y escapaba a borbotones por los confines de la pantalla de mi móvil, incapaz de contenerla. La ilusión era contagiosa, qué digo, epidémica, y aquello era una bacanal, con tuiteros escribiendo en ciento cuarenta caracteres sesudos tratados acerca de las diferencias entre el Madrid de Benítez y el de Zidane mientras otros, en pleno clímax, acuñaban conclusiones lapidarias (Twitter es el culmen del lapidarismo) sobre lo acertado que había sido el cambio de entrenador. Twitter, sí, era una fanfarria de trompetas entonando el Te Deum por el advenimiento de Zidane. Arriquitáun.

Bale es el chorrito de vino blanco que dota de rock and roll a la salsa madridista, que es agridulce con su puntito de picante, y no empalagosa como la de Celia Cruz, que yo creo era más guardiolesca, más de valors. Bale, que a veces es un jugador zurdo en el sentido galdosiano del término, con dodecaedros en lugar de pies, tiene el madridismo tatuado en el alma y por eso yo celebro que haya vuelto de su crisis de identidad. Bale es un futbolista quadrophénico pasado por Tokio, y entre el ir y venir el hombre estaba lost in translation. Parece que ahora vuelve por sus fueros, que son los nuestros, en su Vespa rebosante de espejos, y hemos de alegrarnos. Yo por Bale siento debilidad, a qué negarlo, desde que le viera marcar al Barcelona y a la historia el gol más madridista que recuerdan mis cansados ojos. Bale es el clarinete que lleva la melodía, aunque a veces le salga un soplido de tuba. Con todo, preferiría que se quitara el kimono. Arriquitáun.

Quadrophenia

Pepe y Ramos, vestidos de cantaores con calcetines blancos, rasgan guitarras ásperas en perfecta disonancia mientras Marcelo agita frenéticamente los glúteos a ritmo de samba y Carvajal mira desde su barba sin entender nada. La defensa del Madrid es un rompecabezas de cuatro piezas que nadie parece capaz de componer desde hace años, y no es ése el menor de los misterios que tiene que descifrar Zinedine Zidane (¡pavo real, pavo real, viva la aliteración!). La defensa del Madrid es pura bossa nova, una cosa a medio camino entre la alegría africana de Brasil y la saudade portuguesa. Ah! porque estou tão sozinho/ Ah! porque tudo é tão triste/ Ah! Se ela soubesse/ que quando ela passa/ o mundo sorrindo/ se enche de graça/ e fica mais lindo/ por causa do amor. Total, que seguimos sin saber si reír o llorar, pero necesitamos amor, Ipanema queda muy lejos y ni siquiera tenemos a Isabel Gemio. Arriquitaún.

Kroos es el hombre invisible con peinado de estudiante aplicado. Kroos, en lugar de Toni, debería llamarse Leopoldo, porque un Leopoldo, como Kroos, ha nacido para ser ministro o cuando menos subsecretario, y lo mínimo que puede hacer para no defraudar a sus padres es sacarse unas notarías. Yo a Kroos lo imagino preparando unas oposiciones a la luz de un flexo mientras su madre le trae, solícita y orgullosa, un vaso de colacao con galletas para merendar. A Kroos lo trajimos como general prusiano y cartesiano pero de repente descubrimos que su vocación era convertirse en registrador y llevar una vida tan tranquila como insulsa entre asientos de inscripción en el despacho y partidas de dominó en el casino del pueblo. Kroos está pidiendo a gritos una operación de cambio de nombre -que no sé si sufraga la Seguridad Social pero debería-, porque ya digo que aunque fuera bautizado como Toni, Kroos nació Leopoldo. Lo malo es que los Leopoldos tienen las piernas flacas, blanquecinas y peludas y están incapacitados para el deporte. A Kroos le han puesto a tocar las palmas cuando lo suyo sería más bien El clave bien temperado, y claro, aquéllas le salen como a Bardolfo y Pistola: a contratempo. Arriquitáun.

toni kroos

Cristiano es el fagot que comienza con graves de cabreo sordo in crescendo, como si fueran el ruido de pisada de los caballos de los sioux que ya comienzan a dejarse ver sobre la ladera, y los violonchelos que se estremecen inquietos, y las trompas bajo cuyo sonido trepida la pradera, y los trombones que anuncian el apocalipsis, y los timbales que presagian el fin del mundo, y finalmente la corneta del Séptimo de Caballería y los platillos que liberan la tensión con el espasmo orgiástico del gol (los goles de Cristiano son como las Copas de Europa: siempre acaban llegando). Cristiano es todo eso y mucho más. Cristiano es un tipo que se enfada por su bien, que es el nuestro. Cristiano es nuestro McEnroe, y el día en que no rompa un par de raquetas deberemos preocuparnos porque será el principio del fin. Cristiano debería tener una escultura a la entrada del Bernabéu junto a la de Beethoven, otro gran madridista, para recordar cada domingo a los pobres de espíritu que de ellos será el Reino de los Cielos, pero no la gloria eterna del Real Madrid. Arriquitáun.

mcenroe upset

Benzemá - ya lo dije en un comentario en estas mismas páginas, así que disculpen la autocita - es el espíritu que quiere arrancarse alegre al galope rossiniano de Guillermo Tell y se sorprende a sí mismo atrapado en las murrias lúgubres de La canción de la tierra. El fútbol de Benzema tiene arte, tiene duende, pero no tiene pasión. Benzema es un andaluz con ocho apellidos franceses y alguno magrebí, y así el taconeo acaba pareciendo impostado y no hay manera de que nos arranquemos por palmas. Benzema es la alegría asfixiada por el corsé del fatalismo, la imaginación a la que han cortado las alas, el flamenco a ritmo de rigodón. Benzemá es el corno inglés del segundo movimiento de la Sinfonía del nuevo mundo, entonando hermoso y melancólico el responso por lo que pudo ser y no fue. Aguiqitáun.

Y la prensa. La prensa es la orquesta de cuerdas que secretea confidencias de vieja chismosa. Salvo cuando el Barcelona apoya institucionalmente el prusés golpista, momento en que interrumpe su cansina letanía para atacar los agudos estridentes de la crítica con el bajo obligado de Segurola. De la crítica al Madrid, claro, por mezclar fútbol y política y por provocar al Barcelona. Relaño se une al performance y toca al acordeón su conocido tema Florentino dimisión en un improvisado concierto para acordeón y orquesta de cuerdas que parece haber sido compuesto por Stockhausen bajo los efectos de cuarto y mitad de tripis. España se hunde mientras la orquesta continúa con su desafinado concierto en cubierta, y a Rivera, que quería vender ilusión, se le olvidó fichar a Zidane. Arriquitáun.

Arriquitáun titáun.