Las mejores firmas madridistas del planeta

Mi querido Luis Alberto de Cuenca, el gran poeta de nuestro tiempo y siempre hombre de bien, por tanto, madridista, escribió hace tiempo La noche blanca, dulcísimo poema que podría estar dedicado al Real Madrid; y, si bien la blancura a la que alude no es precisamente la que exhiben en la camiseta los nuestros, lo bueno de la poesía es que, como en la música, cada uno puede vestirla a su manera. Y eso es exactamente lo que estoy dispuesto a hacer.

“Cuando la sombra cae, se dilatan tus ojos, / se hincha tu pecho joven y tiemblan las aletas / de tu nariz, mordidas por el dulce veneno, / y, terrible y alegre, tu alma se despereza”, que, si te abstraes un instante del universo lírico, podría estar relatando lo que sentimos los madridistas hace unos días, cuando el equipo saltó al campo de un Bernabéu vestido con sus mejores galas de Champions, y desactivó al Bayern de la manera más imprevisible, y en el segundo menos esperado, con el ataque menos pronosticado, el de nuestro Joselu.

Joselu

Por si hay algún crítico literario escéptico entre mis lectores de hoy, insiste el poeta e insisto yo: “Qué blanca está la noche del placer”, y solo echo en la falta los signos inicial y final de admiración al coronar el cronómetro el tiempo de descuento. Que estaban mis pulsaciones al ritmo de batukada, como si tuviera a Carlinhos Brown dando un concierto de percusión en mitad de la aorta.

La noche fue blanca otra vez. La noche blanca fue una locura. Una blanca locura

Y hay más. Porque, de algún modo, anticipa también el poeta lo que iba a ocurrir tan pronto como el árbitro señalara el final del partido, ese momento en el que todos buscamos con la mirada a Antonio Rüdiger para ver qué locura hace esta vez: “Nieva sobre el espejo de las celebraciones / y la nieve eterniza el festín de tus labios”. ¿Quién no ha besado —o ha sido besado— aleatoria y espontáneamente alguna vez a la más cercana y desconocida tras uno de esos goles-milagro del Real Madrid en las inenarrables eliminatorias europeas? Tengo para mí que grandes matrimonios han surgido con el gol merengue de la clasificación, y tal vez, algún que otro embarazo en plena prórroga; si bien no conservo prueba científica de esto último.

Rüdiger

Como sea, en medio de tal orgía futbolística, del aluvión de emociones madridistas, de nuevo acierta Luis Alberto de Cuenca al describir lo que ocurrió tras el pitido final: “Todo es furia y sonido de amor en esta hora / que beatifica besos y canoniza abrazos”; que nada une más que el abrazo a un extraño momentos después de haber presenciado juntos, por enésima vez, otra locura imposible del Real Madrid en Champions.

Al fin, debo pedir públicas disculpas a mi querido Luis Alberto por esta interpretación pelotuda de La noche blanca, aunque algo me dice que no la censurará en exceso, bien por amistad, bien por la pureza de su madridismo. Pero, cómo explicarlo, llevo días dándole vueltas a todo lo ocurrido el pasado miércoles, que últimamente cada gesta madridista en Champions requiere varios días de recuperación, encaje, y asimilación, y no encuentro otra manera de acercarme a tan rico manjar futbolístico que no sea mediante la poesía, que es idioma de dioses, que es jerga de lunáticos, que es brocha fina para los genios que han perdido o hacen perder la cabeza, que es lugar del Olimpo donde se ubica el fútbol, el talento, y la buena fortuna de este Real Madrid.

La noche fue blanca otra vez. La noche blanca fue una locura. Una blanca locura.

 

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Aún con la resaca del partidazo frente al Bayern de Múnich y de la gozada de celebrar el título de Liga con toda la afición, el Real Madrid compareció anoche frente al Deportivo Alavés con el once titular.  Salvo Eder Militao por Antonio Rüdiger y la incógnita en la portería con ese interrogante entre Andriy Lunin y Thibaut Courtois, Carlo Ancelotti decidió alinear a los titularísimos para que estos mantengan la tan necesaria tensión competitiva. Tan necesarias son las rotaciones como que los titulares sumen minutos de cara a la final de Wembley ante el Borussia Dortmund el próximo sábado 1 de junio.

El Deportivo Alavés de Luis García Plaza llegaba al Santiago Bernabéu con el trabajo ya hecho. El equipo vitoriano certificaba su permanencia el pasado viernes y se tomaba el duelo en Chamartín como un encuentro para gozar las mieles de la máxima categoría. En la rueda de prensa de la previa, el técnico madrileño aseguraba que habría rotaciones y así fue. Lo más interesante de la misma fue cuando García Plaza aseguró que el Real Madrid “está haciendo un equipo para dominar la Liga muchos años”.  Creo que todos tenemos esa sensación pero se agradece cuando el elogio viene de un rival.

Bellingham

El Madrid hizo un partidazo. El de anoche fue el típico encuentro en el que todos quieren lucirse y hacer su gol. Jude Bellingham abrió el marcador con un golazo propio de un acróbata. Más allá del golazo, la participación del británico fue de sobresaliente, pues estuvo presente en todos los tantos del equipo de forma decisiva. Vinícius Júnior también fue de los más activos y de sus botas nacieron el segundo y cuarto gol. Fede Valverde al final de la primera parte se sacó uno de sus zapatazos imparables que penetró por la escuadra de forma incontestable.

 García Plaza aseguró que el Real Madrid “está haciendo un equipo para dominar la Liga muchos años”.  Creo que todos tenemos esa sensación pero se agradece cuando el elogio viene de un rival

Durante la segunda parte el Madrid no le perdió la cara al encuentro y mantuvo un ritmo altísimo con los cambios. Thibaut Courtois hizo un par de paradas de categoría, de esas que solo puede hacer él. Arda Güler hizo el quinto gol tras una contra magistral de Rodygo. El turco cazó el rechace del portero vitoriano y de primeras con su zurda introdujo el balón dentro de la portería. Este chico está tan dotado que parece un elegido por los dioses del fútbol.

Güler

De aquí hasta el final del campeonato, se repartirán minutos y tendremos el debate en la portería si Lunin o Courtois juegan más o menos partidos. Debate que por otra parte está inflado por la prensa adicta a buscar polémicas donde reina la paz. Así fue anoche y así fue también el sábado pasado. Ante el Granada, Carlo Ancelotti sacó de nuevo el equipo b. Los once elegidos hicieron un partido de categoría. Brahim volvió a hacer un partidazo con dos golazos. El primero fue una locura de habilidad, eslalon y precisión en el disparo. Arda Güler también destacó. Más allá del gol, el turco volvió a dejar destellos de su calidad.

Thibaut Courtois y Eder Militao hicieron un buen partido en Granada. Ambos siguen acumulando minutos de calidad y encontrando buenas sensaciones. Esto último es importantísimo tras un periodo tan largo de recuperación de una lesión tan dura como es el cruzado. Que tanto Courtois como Militao sumen partidos enteros es de vital importancia para que alcancen cuanto antes el alta competitiva, concepto que aprendimos todos con el gran José Mourinho y que en su día muchos ciudadanos periodistas patrios se choteaban y hoy día repiten como loritos.

Arda Güler está tan dotado que parece un elegido por los dioses del fútbol

La odisea de la celebración del título es harina de otro costal. Frente al Cádiz C. F. el Real Madrid certificó su título de Liga número 36. Pero como el señor Pedro Rocha, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, y su camarote de los hermanos Marx no tuvieron a bien prever que el Madrid certificaría matemáticamente su alirón, todo quedó en un limbo extraño. Los jugadores celebraron como pudieron en las instalaciones del Santiago Bernabéu con los miembros del staff, médicos, trabajadores del club y familiares.

La ocurrencia de la RFEF de entregar el trofeo de La Liga tras el encuentro contra el Granada era más una falta de respeto que una propuesta delirante. Cualquiera en su sano juicio entiende que no es el contexto propicio. Al campeón le haces el feo de negarle su momento de gloria con sus aficionados en casa el día en el que se alza con el título y al conjunto nazarí le obligas a pasar por un mal trago el día que se consuma oficialmente su descenso a Segunda División. Ni al guionista de Zoolander se le ocurriría eso.

Autobús del Real Madrid en Cibeles

Finalmente, el pasado domingo recibimos en Valdebebas el trofeo en un acto impropio de un campeonato de primer nivel. Por suerte, como es habitual, el Real Madrid sí supo estar a la altura e hizo la pertinente peregrinación hasta la Cibeles para celebrar como el casi medio millón de madridistas que se echaron a la calle para arropar a sus jugadores en un acto de madridismo de pura emoción. A Nacho Fernández le tocó coronar a la diosa Cibeles con los atuendos madridistas que la adornan en estas ceremonias.

Aún nos quedan dos partidos de Liga antes de la final de Wembley. Suficientes para preparar a fondo el choque frente al Borussia Dortmund. Seguramente Ancelotti busque que toda la plantilla esté activa y siga la misma hoja de ruta hasta ahora, tal y como hizo la temporada del último doblete en la 2021/2022. A buen seguro que gozaremos de nuestros jugadores y con sus actuaciones se nos hará más amena la espera. Madridistas, a disfrutar, porque aún nos queda la guinda en la tarta. De merengue, por supuesto.

 

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Arbitró Mateo Busquets Ferrer del comité balear. En el VAR estuvo Cuadra Fernández.

Aprobó, aunque dejó algún detallito a deber. Uno de ellos, el dejar pasar varias faltas muy evidentes sobre Vinícius, que terminó desesperado. Otro fue la falta señalada a Mendy en el 7' por un choque fortuito con Sola. La jugada acabó con el balón dentro de la portería vitoriana.

Por lo demás, se guardó las amarillas hasta la segunda parte. Una a Duarte por pisar en el talón a Carvajal en el 49' y otra a Vinícius, muy barata, precisamente ante Duarte en el 52'.

En las áreas se reclamaron tímidamente dos penaltis de Abqar. Uno Vini en el 51' y el otro a Bellingham en el 63', pero fueron poquita cosa.

En los dos primeros tantos blancos las posiciones de Bellingham y Camavinga eran correctas al romper el orsay Rioja y Abqar respectivamente.

Busquets Ferrer, CORRECTO.

 

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Courtois (8)

No ha sido muy exigido por los rivales desde su reaparición, pero cada vez que lo han hecho ha respondido como solía. Como el mejor.

Carvajal (7)

Sólido. Confiante, que diría Cristiano.

Militao (7)

En la buena senda de la recuperación.

Nacho (7)

Seguro, sin problemas.

Mendy (7)

Ni recibe visitas ni hace prisioneros.

Kroos (8)

Si le dejas pensar, estás muerto. Mariscal.

Valverde (8)

Un obús para el recuerdo.

Camavinga (8)

Hiperactivo, electrizante.

Bellingham (8)

Clase. En la lucha por el pichichi.

Vinicius Jr. (8)

Hasta a medio gas es imparable.

Rodrygo (5,5)

Discreto y fallón.

Arda Güler (8)

El quinto fue de Güler. Turcomío es distinto.

Ceballos (6)

Sin complicaciones.

Rüdiger (6)

Ídem.

Mario Martín (10)

El canterano recordará siempre este día.

Ancelotti (9)

Fiel a su política de rotaciones, tiene a toda la plantilla enchufada y al equipo contento.

 

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En capilla, cual caballero templario. Esperando a la llamada de la última cruzada. Wembley, Tierra Santa. Bajo este aroma de entreguerras recibía el campeón de Liga esta fresca víspera de San Isidro en Madrid al Deportivo Alavés. Los veintidós sobre el césped, todos, con los deberes hechos y con una alineación de Ancelotti —quién sabe, los caminos de Carletto son inescrutables— que bien pudiera ser el once que luchará ante los borusser por la Decimoquinta.

La principal duda, bajo el arco merengue, esta noche protegido por Courtois, que apenas tardó un minuto en salvar los muebles. Una internada de Hagi, el turco, permitió a Omorodion cuyo nombre evoca a pérfido secuaz cósmico de Thanos, disparar por dos veces contra nuestro tallo valón. Poco ángulo, Courtois y, por consiguiente, poco que hacer. Honor al Alavés, que honró al Real Madrid con el pasillo de campeón y que mostró en el Bernabéu, cedido, nada menos que al posible heredero del capitán: Rafa Marín. Lo tuvo complicado el castillista.

Un Madrid relajado dejaba pasar el tiempo entre detallitos de Vini y valientes intentonas de Hagi, que ni es Gica, ni Maradona, ni tampoco es de los Cárpatos, pero tiene más moral que el Alcoyano. Intentó superar a Courtois desde el centro del campo. Por un momento, el Alavés se mostró juguetón bajo los focos del gran teatro de Florentino. Craso error.

A los nueve minutos, la zaga visitante cometió el pecado mortal de dejar pensar a Kroos en el balcón del área. El teutón levantó el mentón y vio la incorporación de Bellingham por la izquierda. El británico pareció intentar centrar con la zurda, pero alojó el balón, manso, en las redes blanquiazules. Su padre, sargento de policía de Birmingham, lo celebraba en el palco, mientras su hijo empataba a 19 goles con Sorloth, y se situaba a uno de Dovbyk, en la lucha por el pichichi con semejantes fornidos rubios.

Gol Bellingham Alavés

Como apuntábamos en líneas precedentes, el Madrid se gustaba, máxime con viento en popa, Vini haciendo diabluras y el Bernabéu pidiendo el Balón de Oro para el carioca.

Incomprensible estando Pedri disponible.

Se arrugó el Alavés para desquicie de su entrenador en la banda —sonoro disgusto le dio Lucas Vázquez en Mendizorroza en el noventa de la primera vuelta—, indeciso entre ser valiente o suicida. Optó por la calle del medio y como fruta madura —la técnica del samurai— comenzaron a gotear los goles. A los 26´, Jude, liberado, con toda calma, rompió líneas con un pase interior para Camavinga que, hábil, ganó un metro a su marcador para asistir a Vinícius y marcar el segundo. El Nuevo Bernabéu clamaba de nuevo por un Ballon D´or para su héroe.

Incomprensible estando el colchonero de pelo rosa —o vaya usted a saber el color— disponible.

El Alavés ofrecía poca resistencia y el respetable disfrutaba. En el Madrid todo eran sonrisas pero poca clemencia. La misma misericordia que mostró Valverde con un trallazo desde la esquina del área al filo del descanso para hacer el tercero. Jesús Owono, el portero alavesista, ni se enteró —o bueno, vaya si se enteró— de cómo entró ese obús por su escuadra y palo.

Los de Carlo ganan, golean, el Bernabéu disfruta…

... y el Madrid calienta para Wembley

El segundo acto dio inicio con susto tras felino salto de Militao, que se tocó dolorido la rodilla tras tocar el verde, como si comprobara la elasticidad de sus todavía maltrechos ligamentos. Falsa alarma. No lo fue tanto la penetración de Camavinga en área rival, internada que comenzó con un trompicón del que nuestro rastaman se recuperó burlando adversarios hasta desplomarse extenuado a un palmo de los guantes del estirado Owono.

El Alavés, no obstante, parecía dispuesto al menos a marcar el gol de la honra. Courtois, empeñado en opositar a plaza en Wembley, no estaba por la labor. Solventó un disparo lejano pero violento de Omorodion y, sobre todo, recordó a aquella cortina de hierro infranqueable del París de la 14ª con una mano abajo muy complicada ante disparo, de nuevo, de Hagi. Pobre hombre, con Thibaut topó. Goes y Valverde respondían sin suerte antes del carrusel de cambios. Media hora para que Aladín Güler frotara su lámpara maravillosa en el lugar de un ovacionado Camavinga. Te queremos, Eduardo.

El partido, para entonces, realmente ya había concluido. Lo animaba el espigado árbitro del colegio balear Busquets Ferrer —más Busquets que Ferrer, apuntaba atinado don Francisco Sánchez Palomares en el chat de La Galerna— obviando posibles penales y sacando la correspondiente tarjeta amarilla de gatillo fácil a Vinícius. Fiel a su estilo, el carioca respondió con protestas, instantes antes de recibir un nuevo pase de Bellingham y cruzar a la escuadra del palo largo de un ya incomprendido Owono.

Segundo gol de Vinícius frente al Alavés

4-0… y gracias. El Madrid seguía acumulando y fallando ocasiones.

Daba igual, el Bernabéu es una fiesta, que diría Hemingway, y faltaba quién la coronara.

Tuvo que ser Aladín Güler, cazando con la zurda como quien no quiere la cosa un centro sucio, quien hizo el quinto y el cuarto de su cuenta personal esta temporada, a tan solo un tanto de Lamine Pelé Yamal con tropecientos minutos menos.

Los de Carlo ganan, golean, el Bernabéu disfruta…

... y el Madrid calienta para Wembley.

 

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Platón sostenía que las cosas existentes en las ideas alcanzan su más pura esencia, mientras que lo perceptible mediante los sentidos es lo dóxico, susceptible de tener imperfecciones. Por su lado, el filósofo alemán Wittgenstein plantea, en esencia, que más allá del lenguaje no existe nada cognoscible, es decir, que aquello indefinible mediante el lenguaje simplemente no existe. Que me perdonen el ejercicio de simplismo quienes lean esto y realmente sepan de filosofía, pero no se me ocurre una manera mejor de realizar el paralelismo.

Así, llevamos desde hace casi una semana dando vueltas a lo inexplicable que ocurre en el Bernabéu en las noches de Competición europea. No piense el lector que el uso de la mayúscula es casual o achacable a un error tipográfico, no. Las competiciones españolas en minúscula no son acreedoras de mejor trato, pues los estamentos que las organizan, manejan y, sí, manipulan, hacen que se trate de eventos salpicados, cuando no ahogados, en miasmas mefíticos y corruptos. Tampoco es que la UEFA merezca una opinión mucho mejor, pero casi resulta prístina comparada con las elefepés, ceteás y errefefs que padecemos.

Celebración del Real Madrid frente al Bayern

El Real Madrid hace algo o tiene algo en las Competiciones europeas en el Santiago Bernabéu que, como se ha escrito, resulta indefinible. Volviendo a la senda filosófica y, en este caso, la platónica, casi mejor que así sea. No pocos han intentado explicar, siendo quienes escriben en La Galerna los que mejor lo han hecho, los aconteceres que llevan al Real Madrid a superar desventajas que el resto de equipos que en el mundo son habrían desistido de siquiera intentar vencer para, directamente, incluirlos entre los trabajos de Hércules.  Una cosa es procurar desentrañar lo inextricable y otra cosa es narrar, con pluma certera y virtuosa, como los galernautas, sus sensaciones ante las gestas.

Platón remontaba eliminatorias de Champions. Wittgenstein era más de hablar de bloques bajos, pasillos interiores o presión basculante, pero palmaba. Allá cada uno

En lo del Real Madrid hay un mucho de fe, cierto. Esa fe es, esencialmente, creer en lo que no se ve. No se ve la victoria, menos aún con desventaja en el marcador, pero se sabe que está ahí y se va a por ella con certeza y convencimiento. La fe no entiende de racionalidad, de ahí las muestras de alegría ante una cantidad de minutos de descuento que resulta suficiente para levantar aquello que los descreídos ven perdido en el minuto 90, motivo este por el que desfilan por los vomitorios para ahorrarse atascos y colas. Pobres.

Otras escuadras dan definiciones con palabras a sus esencias, creyendo que así las subliman. Esos ignorantes no saben que las están depreciando cuando les cuelgan esas etiquetas con términos como ADN, estilo o valores. Quienes actúan de tal suerte son wittgensteinianos, por mucho que un sustancial porcentaje de ellos se queden en nada cuando se aproximan a un libro, del que suele molestarles la parte negra. Rebajando su idea, su Eidos, a lo perceptible, lo ponen al alcance de cualquier milpesetas o, en este caso, archimillonario, para que pueda intentar clonarlo, y a fe que lo hacen. Una idea, una esencia, no es material de tráfico o laboratorio, como tampoco lo es la historia. Dejémoslo en inexplicable y ya está, pues, en un nuevo ejercicio de simplismo, Platón remontaba eliminatorias de Champions. Wittgenstein era más de hablar de bloques bajos, pasillos interiores o presión basculante, pero palmaba. Allá cada uno.

 

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Después de la épica remontada frente al Bayern, con Joselu Mato como héroe, el Real Madrid se encuentra a un partido de ganar la Decimoquinta Champions League: la final contra el Borussia de Dortmund en Wembley.

Si creéis que lo sabéis todo sobre el Madrid en la máxima competición europea, demostradlo respondiendo correctamente a las ocho cuestiones planteadas aquí por los amigos de fcQuiz.

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Buenos días, amigos. Después de la noche del «Estos no saben lo que acaban de hacer» contra el Bayern y del fin de los fastos por la liga número 36, durante los cuales los chicos y la afición gozaron, Ancelotti ajustó la corbata a Güler y Florentino recordó que el Madrid consigue con sus victorias —cimentadas en sus valores y el juego limpio— ser el equipo más querido, comienza un compás de espera hasta la final de Champions durante el cual los madridistas sufriremos el síndrome de abstinencia de nuestra adicción favorita: el Real Madrid disputando competiciones interesantes, no descaradamente manipuladas, frente a equipos atractivos. Exactamente lo contrario de la liga de Tebas, una suerte de metadona cuya principal función, una vez ganada, es entrenar a los nuestros de cara a Wembley.

Portada As Portada Marca

Lo confirman las portadas de As y Marca, aunque seguramente no fuese su intención denostar a nuestra liga, tan generosa siempre en el riego de los medios como Xavi en la aspersión de los céspedes. Menuda vida loca, loca, loca, con su loca realidad.

Para el equipo de Xavi también hay un hueco en los frontispicios madrileños, ayer recuperó —provisionalmente— la segunda plaza tras ganar a la Real, como estaba previsto. Los donostiarras vencen al Barça con la misma frecuencia que el cometa Halley pasa cerca de la Tierra, y solo lo hace cuando no le supone un perjuicio deportivo a los culés.

Recientemente, a los de la Real les sentó fatal que al Madrid le adelantasen el partido contra ellos (por primera vez en más de dos décadas) con motivo de la disputa de la Champions, sin embargo, ayer parecían regodearse en la derrota. Perdieron 2-0 un encuentro jugado horrendo, importante de cara a sus aspiraciones europeas, y al concluir su entrenador compareció junto al técnico rival bromeando, de risas, de cachondeo.

¿Qué mensaje lanza Imanol a su afición con esa actitud después de una derrota? Nosotros lo que observamos fue una genuflexión total de Alguacil ante Xavi y, por ende, ante el Barça, equipo que ha corrompido la competición durante décadas vía pagos al vicepresidente de los árbitros.

Compadreo con el corrupto y enfado con quien respeta las reglas. Bochornoso.

Portada Sport Portada Mundo Deportivo

La prensa culé dedica sus primeras planas a Lamine Yamal, máximo responsable junto a la Real de la victoria de ayer y principal sostén de este Barça, recordemos que el brillante futbolista ya lleva la friolera de dos goles más que Güler. Como ya comentamos en La Galerna, si sigue así, el bueno de Lamine acabará en un grande.

De lo que no habla ninguno de los cuatro jinetes del apocalipsis es de que «Hacienda sospecha de la confusa y precipitada formalización del aval de Laporta de 2021», según informa El Triangle. El fisco ha abierto una investigación a fin de aclarar una operación financiera que pudo vulnerar la Ley del Deporte y los estatutos del Barça (ya se hacen trampas a ellos mismos), a pesar de que tanto la junta Gestora como la liga de Tebas se hicieron los suecos.

A estas alturas de la película, la verdad es que ya no nos causa sorpresa. Confiar en que Laporta siga los cauces reglamentarios y actúe con limpieza en los negocios es como invitar a una boda a Ortega Cano y pretender que no monte el espectáculo. Lo mismo se puede decir de Tebas respecto a que vele por el cumplimiento de la normativa de la asociación deportiva de carácter privado que preside.

No queremos concluir este portanálisis sin hacer un hueco a una noticia que hará especial ilusión a los antimadridistas: su programa favorito, Real Madrid Conecta, donde colabora nuestro editor Jesús Bengoechea y donde se emiten los vídeos de RMTV sobre los árbitros que tanto les gustan, ha sido galardonado por la Asociación de Profesionales de Radio y Televisión con la Antena de Plata por su apuesta por una comunicación innovadora y la promoción del deporte.

Una parte de este premio es vuestro, antis, sin vuestra promoción y difusión, aunque igualmente merecido, tal vez habría sido más difícil que Real Madrid Conecta lo ganara.

Nos despedimos recondándoos que esta noche a las 21:30 jugamos contra el Alavés en el Bernabéu. Más allá de la recepción en el Bernabéu al campeón de liga, para el Madrid deportivamente no es más, como ya hemos dicho, que un mero entrenamiento de cara a la final de Wembley, pero, debido a los valores a los que aludió el presidente en las celebraciones, competirá con profesionalidad por respeto al resto de participantes de la competición, como ya hizo frente al Granada.

Pasad un día estupendo.

Cursaba yo tercero de la antigua EGB en un humilde colegio de Vallecas, cuando irrumpieron en nuestras jóvenes vidas unos libros diferentes y novedosos que, al contrario que el resto de cuentos que habíamos tenido hasta entonces, con un único final ya escrito, ofrecían numerosos finales alternativos. Cómo llegar a uno u otro final dependía del propio lector que, en diferentes situaciones de la narración, se encontraba al término de la página con la opción de seguir la historia por un lado yendo a una página o, por otro, eligiendo otra distinta. “Si quieres entrar al oscuro túnel de la derecha, ve a la página 32. Si prefieres regresar a la superficie, continua en la página 70”. De este modo te obligaba el libro a elegir tu propia aventura en una colección con ese preciso nombre: “Elige tu propia aventura”.

Os aseguro que hicieron furor entre aquellos niños de mediados de los ochenta a los que, como ha sido mi caso, las letras empezaron a comerles cerebro y corazón. De hecho, más adelante, se convirtió en mi profesión. “Tú eres el protagonista de esta historia; elige entre 23 soluciones diferentes”, rezaban todas y cada una de las portadas de estos libros multiaventuras, tan solo cambiando la cifra de finales posibles, que iban desde los 19 en los libros más sencillos hasta más de 40 en los más gordos y complicados.

Títulos tan atractivos como “El misterio de Chimney Rock”, “El secreto de los ninja”, “El tesoro del galeón hundido”, “La guarida de los dragones” o “Conviértete en tiburón” se quedaron grabados a fuego en la memoria de una generación de niños españoles que crecíamos en una España nueva y sorprendente.

Elige tu propia aventura

Aquellos libros de “Elige tu propia aventura” contenían en su novedoso formato narrativo un sinfín de valores ocultos, que despertaban en niños de apenas 8 o 9 años capacidades diferentes. Era la responsabilidad de elegir tu propio camino ante situaciones diversas, afrontar el riesgo en medio de una enorme incertidumbre y la madurez y aprendizaje que aporta la experiencia de la derrota para no repetir los mismos errores, ya que algunos de aquellos finales alternativos hacían que el libro acabara mal. No, no eran cuentos de hadas ni de flautistas de Hamelín que acababan siempre bien, sino que nos ponían en la posibilidad de que esa, nuestra aventura, no tuviera el final deseado, lo cual empezaba a atisbar en nuestra existencia las posibilidades de las derrotas que, antes o después, llegarían a nuestras vidas.

Eran los años 80 y la lectura ya despertaba en mí una gran afición. El fútbol y el Real Madrid era la gran otra. Nunca fui de los mejores en el patio del colegio, pero mi ansia por darle patadas a esa pelota en las horas de recreo se enardecía de cuando en cuando, marcada por el paso de las eliminatorias en aquellas dos gloriosas Copas de la UEFA ganadas a caballo entre los Juanito, Santillana y Camacho y esa joven generación de artistas contraculturales a los que apodaron La Quinta del Buitre. En esos tiempos aprendí una nueva palabra y su significado: Remontada.

Eran los años 80 y la lectura ya despertaba en mí una gran afición. El fútbol y el Real Madrid era la gran otra. En esos tiempos aprendí una nueva palabra y su significado: Remontada

Según la RAE, remontada es la “superación de un resultado o de una posición adversos”. Eso, según la RAE. Para un niño madrileño criado futbolísticamente de los pechos del Madrid de los 80, “remontada” supone mucho más que el significado de un vocablo. Remontada, en nuestro lenguaje, conlleva un sinfín de matices y recovecos que, como los buenos vinos, despiertan los sentidos y erizan la piel sin que los académicos de la RAE puedan catalogarlos: Remontada es para nosotros la épica del día a día, lo imposible como fin, lo abstracto siendo descifrado; una conjugación antagónica de fe y certeza, de esperanza y agonía, de Resurrección. La profundidad de esa mística palabra ya la conocemos, desde hace bastantes años, unas cuantas generaciones de madridistas mayores de 40 años.

El Madrid, los romanos y las remontadas

De unos años a esta parte, diría yo que desde el minuto 93 del cabezazo de Ramos, esa épica dormida y añorada durante tal vez dos décadas ha salido de su sepulcro para instalarse de nuevo en nuestro desquiciado sentido de la razón: el de saber que todo es posible para el corazón que late bajo el amparo del escudo de un club de fútbol fundado en 1902: el del Real Madrid.

En estos años, meses y semanas, en los medios hay una inexplicabilidad de la situación. Periodistas, analistas, narradores y comentaristas han llegado al acuerdo común de que esta capacidad que está mostrando el Real Madrid para salir adelante, una y otra vez, de situaciones absolutamente imposibles es inexplicable. Lo cual no deja de ser gracioso. Sin embargo, discrepo. Sí tiene explicación y la voy poner negro sobre blanco. O mejor escrito, blanco sobre negro, que es como se escriben las remontadas de la Copa de Europa de nuestro Real Madrid.

Remontada es para nosotros la épica del día a día, lo imposible como fin, lo abstracto siendo descifrado; una conjugación antagónica de fe y certeza, de esperanza y agonía, de Resurrección

La primera explicación es que el presidente Florentino Pérez ha construido, desde su segunda venida en el año 2009, un superequipo. Quince años después, esa forma de construir un superequipo, lo ha convertido ya en método, de manera que, por muy brillante que fuera la estrella que se marcha, el equipo parece no sentirlo. Desde ese minuto 93 de Lisboa hasta hoy se han ido, échense a temblar, Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Gareth Bale, Karim Benzema. Xabi Alonso, Iker Casillas, Ángel Di María, Marcelo, Casemiro, Varane, Isco, Pepe o Arbeloa. Entre tantos otros. Desde entonces hasta ahora han llegado jugadores en muchos casos no tan conocidos o totalmente desconocidos, cuando no sencillamente despreciados por sus clubes de origen: Toni Kroos, Courtuois, Vinícius Jr., Rodrygo, Fede Valverde, David Alaba, Eduardo Camavinga, Tchouaméni, Rüdiger, Mendy o Militao. Nacho y Lucas Vázquez llegaron vía cantera, y Modric y Carvajal han permanecido en todo este tiempo.

Vini, Valverde, Courtois y Florentino

Florentino Pérez y su directiva han hecho de la construcción de un superequipo un método. Y esta es la primera de todas y cada de las explicaciones. Es asombroso y hasta vergonzante —si se me permite la palabra— el desprecio y la falta de respeto con el que se ha tratado a este equipazo, en mi opinión y nombre por nombre, el mejor equipo del mundo de hoy y de la última década, más allá de los citis, barsas, pesegés, liverpules y derivados, equipos plagados de estrellas rutilantes y entrenadores superpagados con dineros traídos de países y estados que tiene por castigo el petróleo, cuando no que se han apuntalado pagando al sistema arbitral. Esta es la primera explicación de todas, que lleva, inevitablemente, a la segunda.

Florentino Pérez ha construido, desde su segunda venida en el año 2009, un superequipo. Quince años después, esa forma de construir un superequipo, lo ha convertido ya en método, de manera que, por muy brillante que fuera la estrella que se marcha, el equipo parece no sentirlo

Este superequipo es el mejor del mundo y, como tal, es superior futbolísticamente a los demás. Su superioridad se manifiesta en el dominio casi absoluto que tiene a la hora de desarrollar diferentes registros en un mismo partido, o en varios. Cuando la moda de los adeenes y los estilos parece haber apresado a clubes y futbolistas dentro de una jaula que les impide desarrollarse y, en tantas ocasiones, ganar, el Real Madrid juega a lo que el partido le pida, ya que —y esto no hace falta ser Aristóteles para saberlo— no hay dos partidos iguales a lo largo de ningún campeonato o competición. Si hasta el sol, el césped o la hora del partido pueden condicionar a tus jugadores, imagínate la cantidad de situaciones diferentes que te ves obligado a enfrentar, con la misma obligación de ganar, a lo largo de los 38 partidos de una Liga o los 13 partidos de la Copa de Europa. Sol, césped, horario… por no hablar de ligamentos cruzados rotos de jugadores insustituibles.

El Real Madrid le da a cada partido lo que el partido le pide. Camaleónico, le dicen. Especialista, digo yo. Especialista en ganar. El Madrid le da al choque lo que este le pide, primero, porque sabe leer el encuentro como nadie lo sabe leer; y, segundo, porque son tan buenos que tienen la capacidad de elegir qué aventura han de correr, según te marquen gol antes o después, te defiendan arriba o abajo, te esperen atrás y salgan a la contra o te sometan con una calidad desbordante de toque y precisión.

Ancelotti y Guardiola se saludan

Repasemos y titulemos: aquellas finales contra el Atlético de Madrid, una con gol en el 93 y goleada en la prórroga, y otra ganada por penaltis; aquel sustazo en 2017 en el viejo Calderón del que nos sacó por arte de magia Karim Benzema, pintando un cuadro con la cal como acuarela y un pie como pincel; o ese otro de 2018 que nos dio la Juve y se resolvió con un penalti de Benatia una semana después de la mejor chilena de la Historia; el hat trick de Cristiano ante un Wolfsburgo que nos pintó la cara un día que elegimos mal la aventura; esa final contra un rival invencible defendido por un portero de mentira en 2018, para ganar no dos seguidas —que no ocurría desde ese monstruo de siete cabezas llamado Milan de Sacchi—, sino tres; o, sencillamente, todo lo que pasó en 2022, culminando con una final a la que se llega este año, siendo protagonistas de la aventura Lunin de portero y Joselu de goleador… Todo este manojo de capítulos podrían llevar como títulos de sus crónicas evocaciones tan elocuentes como los ya citados. Cualquier equipo que viene al Bernabeu se enfrenta a partidos que bien podrían titularse “El misterio de Chimney Rock”, “El secreto de los ninja”, “El tesoro del galeón hundido”, “La guarida de los dragones” o “Conviértete en tiburón”. Este último, el favorito de la colección de Juanma Rodríguez.

Todo se reduce a que el Real Madrid es tan superior que, sencillamente, le da a cada partido lo que el partido le está pidiendo en cada momento al equipo y al jugador. Un valor inmenso en el deporte de competición y en la vida

Esto hace este Real Madrid y esto es lo que lo explica. Ante cada partido y según se van pasando las páginas, minuto a minuto, el Real Madrid va eligiendo su propia aventura: si el partido le pide un gol, mete un gol. Si le pide dos, mete dos. ¿Que ahora conviene esperar? Esperamos. ¿Que ahora hay que apretar? Apretamos. ¿Que se nos lesiona el mejor portero del mundo? Lunin responde. ¿Que hay que encerrarse como nunca antes lo habíamos hecho durante 120 minutos? Pues es por ahí, porque por otro lado el libro acaba mal… ¿Que nos meten un gol en el 68’? Sacamos a Joselu. ¿Y por qué no lo hemos sacado antes? Porque el partido no nos lo pedía. ¿Y por qué sí después? Porque no somos presos de esa moda hortera del adeene y el estilo. Un equipo apresado por el adeene y el estilo no es otra cosa que un libro que ya hemos leído y nos sabemos el final. Puede ser bueno, no digo que no. Bueno pero previsible, condenado a no saber cómo ganar al multiaventura Real Madrid.

Me sorprende que ningún analista ni comentarista haya sabido ver —o reconocer— que todo se reduce a que el Real Madrid es tan superior que, sencillamente, le da a cada partido lo que el partido le está pidiendo en cada momento al equipo y al jugador. Un valor inmenso en el deporte de competición y en la vida. Esa es la explicación: única y sencillamente, somos muy superiores en la mayoría de los casos. Tanto, que podemos elegir nuestra propia aventura que, de un modo u otro, haciendo las cosas bien y con método, acaba siempre igual: los ninja sorprenden al enemigo cuando menos se lo espera; el misterio se desata desde su origen ancestral, los dragones despiertan desde su recóndita guarida y, al final, el galeón hundido reflota con su tesoro escondido y los malos se hunden en el olvido de la historia. El final suele contar que el Real Madrid acaba ganando otra Champions League. O, como la conocemos los chicos de los 80, la Copa de Europa. Otra.

 

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Joselu, el héroe de la semifinal contra el Bayern, asistió como un paisano más a la última final de la Copa de Europa disputada por el Madrid, la de París, hace dos años. Yo mismo ni siquiera recordaba que debutó en Primera con el Madrid el último partido de la primera temporada de Mourinho, en una goleada al Almería. Aquel día se despidió Adebayor y Joselu, que venía de hacer grandes registros en el Castilla, hasta metió un gol. Fue el momento más glorioso de toda su trayectoria.

Joselu, Adebayor, Cristiano y Arbeloa

Este verano pasado, con 33 para 34 años, su carrera como striker a la vieja usanza parecía más o menos acabada. El misterio que son la vida y el fútbol: nueve titular del Real Club Deportivo Español de Barcelona, su equipo bajó a Segunda en el mismo partido en que el Barcelona de Xavi festejó el alirón. Era el segundo descenso que encadenaba Joselu, un tanque gallego nacido por manos del destino en Stuttgart, Alemania. Los augurios no podían ser peores, pero entonces llegó la última vuelta de tuerca del affaire Mbappé y resultó que Joselu, casi dos metros de tío, buen cabeceador, delantero centro de corte clásico, atemporal, sueldo más que razonable y además salido de la cantera, era una opción interesante para el puesto libre que la salida de Benzema había dejado en el ataque del Madrid: un goleador de perfil bajo con experiencia en la Liga que diera descanso a las versátiles bestias brasileñas y que se fajara en los fangales españoles en esos partidos feos y desagradables de los miércoles de invierno por la noche que parecen soñados por un registrador de la propiedad.

Delantero de saldo al final de una carrera de jornalero itinerante, el outlet del fútbol profesional le ofrecía a Joselu la ocasión de su vida. Nueve meses después, él, como buen nacido, un hombre agradecido, ha devuelto el regalo dando a cambio un recuerdo imperecedero a millones de personas que al día siguiente se levantaron con otro ánimo distinto. ¿Cuánta gente afrontó el jueves por la mañana la batalla cotidiana de la vida, gris y sucia, ordinaria y anodina, con algo grande en el pecho, una especie de fuego en los ojos? Eso, amigos, no hay dinero que lo pague en este mundo.

Joselu, Militao y Kepa

¿Cuánta gente afrontó el jueves por la mañana la batalla cotidiana de la vida, gris y sucia, ordinaria y anodina, con algo grande en el pecho, una especie de fuego en los ojos? Eso, amigos, no hay dinero que lo pague en este mundo

Constituye gran parte de ese capital moral que cada uno de nosotros debe procurarse y atesorar a través del amor, el arte, la literatura o el cine, y sin el cual no es vivible la vida. Eso, al fin y al cabo, en esta prórroga de la Historia en la que estamos, de vuelta de tantas y tantas cosas, es ya el Madrid. La posibilidad remota, pero real, de que algo grande nos esté esperando en cualquier momento detrás aquella oscura esquina, igual a todas las demás esquinas, pero quién sabe si diferente. ¡La esperanza! En esta época de uniformidad, pesimismo y decepciones en serie, en este tiempo en que al individuo se lo disuelve en una papilla indigerible y se le priva de la ocasión siquiera de soñar con lo infinito, que haya aún un horizonte de libertad parece casi un milagro. El Madrid es el último lugar del mundo donde los viejos y buenos sueños pueden, todavía, incluso muy al final de todo, cumplirse. Joselu es la prueba.

Joselu

El Madrid es el último lugar del mundo donde los viejos y buenos sueños pueden, todavía, incluso muy al final de todo, cumplirse. Joselu es la prueba

Su primer gol, el del empate, que prende la mecha y mete fuego al estadio, es un golazo. Debería enseñarse a los niños como ejemplo de aquello que nos decían nuestros mayores cuando éramos pequeños: las cosas hay que hacerlas bien. También debería usarse como modelo en la asignatura Técnicas y métodos de aproximación a la portería contraria en el primer curso de la FP del Gol. Joselu lo hace de maravilla. Sin perder ripio de la jugada, que es el abecé del delantero, sigue el chut de Vinícius y acude al primer palo por si las moscas, como mandan los cánones.

Lo que Carletto decía de los defensas pesimistas, hablando de Nacho, es decir, aquellos que siempre cuentan con lo peor, se puede decir, a la inversa, de los delanteros. Joselu, así, es un delantero centro optimista, porque siempre cuenta con lo mejor. Lo mejor que podía pasar ahí era que Neuer, quizá el mejor portero de la última década y de seguro uno de los mejores porteros europeos de siempre, se comiera el bote del tiro lejano de Vini. La probabilidad era muy pequeña pero Joselu fue, como está mandado, a por ella, y se la encontró.

Primer gol de Joselu ante el Bayern

La ocasión premió su fe pero la pelota, el rechace, había que ganárselo. Ahí Joselu volvió a demostrar que todos los años de su carrera y todas las camisetas de todos los equipos que se había puesto a lo largo de ella lo han preparado para momentos como este. Para hacerse con el rebote le tuvo que ganar la posición al defensa del Bayern, que iba con su marca. El Bayern, en fin, no es el Stoke City: los centrales del Bayern, aunque sean coreanos, son, o se supone, patanegra, al ser el Bayern uno de los transatlánticos del fútbol mundial y uno de los clubes más ricos del planeta. Joselu sin embargo logró deshacerse de él con un movimiento académico, de bailarín.

Con el sitio ganado, no obstante, no le pegó al balón de cualquier manera, que habría sido lo sencillo y que para qué vamos a mencionarlo si lo sabemos de sobra es una de las circunstancias que finiquitan carreras deportivas en la élite si no se ejecuta correctamente. Joselu, en un pispás, acomoda el interior de su pie derecho y la pica abajo, como los buenos. Es una acción fulgurante que no da lugar al pensamiento, madre del error. Es una de esas acciones que se tienen que repetir una y otra vez en los entrenamientos, mecánicamente, hasta que salgan solas. A Joselu le salió sola. Es un gol trabajado y de excelencia profesional, patanegra. Un gol de artesano que conoce la tradición y ejecuta la manera mejor de hacer las cosas, probada por la experiencia.

Joselu, en un pispás, acomoda el interior de su pie derecho y la pica abajo, como los buenos. Es una acción fulgurante que no da lugar al pensamiento, madre del error. Es un gol trabajado y de excelencia profesional, patanegra

El segundo gol es más de lo mismo: Joselu está donde tiene que estar, como la Sevilla de los toreros, por eso recibe el pase de Rüdiger y la mete al vuelo, pescándola. Como el Madrid y el Bernabéu estaban en trance, ese centro lo podía haber dado Rüdiger, Lunin o Ancelotti. Habría dado lo mismo y a nadie le habría parecido extraño. El mérito de Joselu es conocer su sitio, algo que lleva desde cadete aprendiendo.

Segundo gol de Joselu frente al Bayern

Como el Madrid y el Bernabéu estaban en trance, ese centro del segundo lo podía haber dado Rüdiger, Lunin o Ancelotti. Habría dado lo mismo y a nadie le habría parecido extraño. El mérito de Joselu es conocer su sitio, algo que lleva desde cadete aprendiendo

En una España en la que el ascensor social se ha roto definitivamente y las oportunidades sólo llegan por enchufe, conveniencia o lamesablismo, él, un tipo destinado a la tercera y cuarta fila, consiguió la suya por ser un hombre con un oficio. El miércoles pasado marcó los dos goles con los que sueñan todos los niños madridistas desde el primer día del mundo. Su triunfo es el del futbolista sencillo. Dejó la lección de que atender y comprender el juego, estar dentro de él y buscarse las mañas de su trabajo valen más, en el momento de la verdad, que las celebraciones de videojuego, los gestitos y los trucos de saltimbanqui que son el espejo donde se mira la chavalería ahora, por desgracia.

Cuando el Bayern eliminó por última vez al Madrid de la Copa de Europa, en mayo de 2012, Joselu era canterano. Aquella noche del lamento eterno por Mourinho, sin que lo imagináramos siquiera, se estaba fraguando otra final en la cabeza despejada y dura de un chico normal que sólo quiso aprender a hacer bien su trabajo.

 

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