El Real Madrid femenino goleó (4-0) al Celtic FC en la segunda jornada de la fase de grupos de la Champions League. Un tanto tempranero de Caroline Weir permitió a las blancas dominar por completo el partido, pero la superioridad no se tradujo en goles hasta el tramo final, cuando Signe Bruun, Caroline Møller y Linda Caicedo ampliaron la distancia.
En un ambiente más propio de un amistoso veraniego que de un encuentro de la fase de grupos de la Liga de Campeones, y con los últimos rayos de sol de la tarde filtrándose en el estadio Alfredo di Stéfano, una de las muchas futbolistas escocesas sobre el césped tardó apenas siete minutos en decidir elevar el nivel general del asunto. El protagonismo no corrió a cargo de ninguna de las mujeres del Celtic de Glasgow, pues su inferioridad pronto quedó en evidencia y la mejor jugadora del país juega en el Real Madrid. Sin tiempo para calentar motores, fue Caroline Weir quien no dudó sobre cómo culminar una gran acción en la que Linda Caicedo esquivó con habilidad a dos defensoras que le salían al paso tras despejar un córner. La ’10’ encontró el balón fuera del área, aunque bien perfilada para sacar a relucir su pierna buena, y lanzó un zurdazo con curva para superar a la portera Kelsey Daugherty. Golazo, uno más en su cuenta.
🚀 Caroline Weir head of the Scottish space program 😍
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Al equipo de Alberto Toril le bastó posicionarse sobre el campo, con Filippa Angeldahl y Melanie Leupolz al volante, para entender que bastante tendrían las visitantes con mantener al Real a una distancia corta en el marcador. Las verdiblancas, muy limitadas en lo técnico, tuvieron que contentarse con alejar el peligro una y otra vez sin tiempo siquiera para alcanzar la línea divisoria. Arriba, la atacante Murphy Agnew era uno de los islotes aislados de la quebrada costa de las Highlands. Nada que ver, claro, con lo que mientras tanto sucedía en la zona de ataque madridista. Caicedo y Athenea del Castillo estuvieron hiperactivas, apoyadas constantemente por los desdobles de las laterales Olga Carmona y Oihane Hernández, pero cada centro rechazado, cada disparo al cuerpo de la portera y cada córner sin remate fue haciendo más pesada la mochila del Madrid.
Si bien el rival era hasta entonces demasiado inofensivo como para traer a la mente los puntos perdidos ante el Atlético, la falta de puntería debió hacer al staff del banquillo apuntar esa faceta como área a mejorar con urgencia. La sensación podría haber quedado desbaratada si uno de los dos disparos al palo hubiese acabado en la red, o si Alba Redondo no andase peleada con el cuero. No ocurrió, el tiempo siguió corriendo y tras cincuenta minutos de juego el Celtic lanzó dos misiones de exploración que al instante hicieron recordar el escenario del duelo. El ambiente desangelado en la grada —a excepción de los siempre ruidosos y viajeros aficionados escoceses— no ayudaba y sería positivo que el club estudie los diferentes factores, horario aparte, que llevan a firmar tan pobres entradas en el Di Stéfano.
En cualquier caso, fue el fútbol y la sensación de riesgo fruto de dos disparos del Celtic que se marcharon fuera por poco lo que devolvió el interés a lo que sucedía en el rectángulo de juego. El entrenador cordobés, en parte motivado por el raquítico 1-0 y quizás también pensando en mantener su política de rotaciones, dio entrada a Teresa Abelleira, Signe Bruun, Caroline Møller y Eva Navarro antes del 70. El guion se mantuvo, con niveles similares de frustración y desacierto, pero las caras nuevas acabaron protagonizando las acciones que dieron con el camino hacia el gol.
En el 72, la fantástica Leupolz regateó en tres cuartos de campo en homenaje a Zidane antes de abrir por alto y con calidad al costado diestro. Allí aguardaba impaciente Eva Navarro, que centró con veneno buscando la espalda de la línea defensiva, el espacio predilecto de Signe Bruun, y con puntualidad apareció la delantera danesa para cabecear a la red el dos a cero. Si el partido se había quedado encasquillado con el tanto de Weir, todo cambió en los siguientes diez minutos. Una vez reencontrada la ruta hacia el gol, la portería fue agrandándose como por arte de magia.
Hasta entonces nadie había conseguido aprovechar los fallos en la salida de balón del Celtic, y tras el 2-0 también eso dio un vuelco. La defensa Bruna Costa Lourenco erró un pase, bien interceptado por Bruun, quien al alzar la mirada se topó con una Møller que ya preparaba una de las suyas: de primeras y muy alejada del área, vio adelantada a la guardameta y la rebasó por alto con un disparo de precisión. El resultado, ya algo más acorde al balance de ocasiones de peligro, no frenó a unas madridistas sedientas tras una hora sin beber ni gota. Un minuto después, Linda Caicedo volvía a estar pisando la línea de fondo escocesa y esta vez Shannon McGregor mordió el anzuelo. Caicedo en primera persona aceptó el regalo de sus compañeras y convirtió el penalti con un lanzamiento duro que Daugherty estuvo cerca de frenar.
Aunque el nivel del Celtic que visitó Madrid no servirá para medir el listón de exigencia de la competición europea, nadie habrá de recordar a las blancas el amplio margen de mejora de un equipo llamado, este año sí, a superar la fase de grupos de la Champions. El 4-0 y los tres puntos son ya suficientes para empezar a borrar el recuerdo de la pasada campaña, pero toca apretar el acelerador mucho más a fondo.
Pocas personas han escrito mejor y más claro que el genial autor del artículo de la Galerna El Real Madrid y la Música. En él se establece una brillantísima relación de equivalencia entre varias bandas y varios equipos, siendo uno de esos paralelismos el del Barcelona con el grupo británico Coldplay.
El club culé, merced a su acuerdo de patrocinio con Spotify, edita camisetas con una serigrafía especial referente a un presunto artista para cada encuentro que disputa en la liga contra el Real Madrid. Así, gente de mucho éxito y calidad discutible como Drake, Karol G o Rosalía, y popes indiscutibles como los Rolling Stones han puesto su logotipo en la elástica culé para esa ocasión.
Coldplay, ¿eh? La única reacción alineada con el decoro que me suscita ese nombre es el bostezo. Qué tedio, qué aburrimiento, oigan. Estos señores, liderados por un ególatra de impecable imagen llamado Chris Martin, encarnan la siguiente iteración del brit pop de los 90. Esa generación fue encabezada cronológicamente por los Stone Roses, qué grandes, y seguidos por Oasis y Blur en primera fila o Elbow, Gomez o Travis como secundarios de lujo. Coldplay partía de ese pelotón, pero encontraron el éxito en canciones más almibaradas, alejadas de la crudeza de algunos de sus coetáneos. Progresiones de acordes tan efectivas como efectistas, riffs de teclado más pegajosos que memorables y la voz de un Martin dotado de un notable sentido melódico son su receta para el éxito.
Ahora Coldplay se han erigido en adalides de la causa ecologista, jactándose de la huella de carbono cero de sus giras o, en el caso de su cantante, de no usar agua y jabón para las más básicas abluciones cotidianas. ¿Estupideces de estrella de rock? ¿postureo woke tan de moda? No seré yo quien responda. El caso es que Coldplay se maneja más como una entidad con una causa que presumen justa que como tradicionalmente lo han hecho las estrellas de rock.
Coldplay también ha tenido sus escarceos con los juzgados, pues el virtuoso guitarrista norteamericano Joe Satriani los demandó por plagio. Son evidentes las similitudes entre la referida Viva la Vida con algunos pasajes del I Wish I could Fly del bueno de Satch. El asunto se resolvió de manera extrajudicial mediante acuerdo por una cantidad indeterminada para el guitarrista y aquí paz y después gloria.
Efectismo sin sustancia, gente con una causa y unos valores superiores, imagen benéfica, líder ególatra, plagios, juzgados… La verdad es que el binomio Coldplay-Fútbol Club Barcelona es lo que los anglófonos llamarían a match made in heaven. La pareja perfecta
No puedo sino establecer un paralelismo con el equipo culé, máxime cuando Guardiola manifestó su gusto por la manida Viva la Vida. Efectismo sin sustancia, gente con una causa y unos valores superiores, imagen benéfica, líder ególatra, plagios, juzgados… La verdad es que el binomio Coldplay-Fútbol Club Barcelona es lo que los anglófonos llamarían a match made in heaven. La pareja perfecta.
Llegado este punto, recomiendo al lector el cambio de servicio musical de streaming, pues Tidal ofrece una calidad de sonido muy superior a la de Spotify, un catálogo igualmente amplio y permite al usuario acceder a los masters de la música grabada. Quizá sea un euro más caro al mes, pero al menos nos garantizamos que no engordamos los bolsillos negreiriles o quien sea ahora beneficiario de las artimañas culés, sino que redunda en beneficio de Jay-Z, ya saben, el amigo de Vinícius, ese que Juan Carlos Rivero confunde con Lenny Kravitz.
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Arda Güler es el elegido, lo que sucede es que aún no se han dado cuenta de ello en la sala de máquinas del Real Madrid. El turco no termina de tirar la puerta con el estruendo con el que ha irrumpido en la selección turca, donde es la figura indiscutible y el jugador más determinante de una escuadra que no es de las punteras a nivel mundial, pero sí tiene el suficiente nivel para que la calidad de Arda le convierta en un jugador diferencial.
Ídolo otomano, meritorio en el Real Madrid. Ancelotti no termina de confiar en las cualidades de un futbolista al que se le ven apuntes de jugador grande, determinante, desequilibrante y líder. Así de contundente.
Güler tiene 19 años y tiene ambición, cualidad que suele ir unida a la juventud, pero que, en algún momento, puede obligarte a querer dar el segundo paso antes que el primero.
Ancelotti, sobre quien pesa la leyenda de que no le gusta poner en el verde a los jóvenes y fama, en este caso bien ganada, de jerárquico, le cuidó mucho la temporada pasada, donde el turco estuvo muchos meses lastrado por las lesiones, y en esta no parece que termine de darle los galones que la fuerza y pujanza de Güler reclaman.
¿Por qué? Seguramente porque el italiano mira a su derecha y está Luka Modric, y aunque el croata hace tiempo ya que pasó su mejor época, sigue siendo un futbolista top y don Carlo, al que no le gustan las revoluciones ni los saltos en el escalafón, prefiera no poner al joven turco por delante del veterano croata.
Arda Güler es el elegido, lo que sucede es que aún no se han dado cuenta de ello en la sala de máquinas del Real Madrid
Lo cierto es que el Madrid tiene un problema en el centro del campo que es del todo evidente. El hueco dejado por Toni Kroos con su retirada prematura no lo puede llenar Modric por razones de físico, no de calidad, y por supuesto tampoco Tchouaméni o Camavinga, jugadores diametralmente opuestos al alemán, que son dos portentos físicos pero no terminan de tener el temple y capacidad que atesoraba Kroos.
Bellingham podría ser una opción. El inglés tiene tanta calidad que puede jugar en cualquier sitio, pero pienso que le falta el desplazamiento en largo del 8 y, por otra parte, Valverde es otro futbolista con características diferentes. Un Madrid comandado por el uruguayo sería impresionante, pero distaría mucho del equipo que se movía bajo el ritmo de Toni Kroos.
Otra opción podría ser Ceballos, pero el sevillano no ha terminado de despegar en el Madrid y su tendencia a tocar y tocar el balón antes de soltarlo lastraría la salida rápida del esférico que el equipo necesita cuando en punta se tienen los galgos que se tienen. Ceballos es toque y casi siempre toque. Le cuesta meter una marcha diferente.
Con todo esto, a Ancelotti solamente le queda encima de la mesa una opción si su objetivo es intentar jugar como el Madrid lo ha venido haciendo durante la última década, en la que el club ha construido su segunda Edad de Oro. Esa opción es Arda Güler.
¿qué es lo que hace falta? Simplemente, que Ancelotti olvide el escalafón y se atreva a poner a Güler cuatro partidos seguidos. Todos lo agradeceríamos
A Güler hay que reconvertirlo y convencerlo, pero tiene la calidad suficiente para hacer el papel de futbolista diferencial que en estos momentos necesita el equipo. Tiene el pase corto del futbolista que sabe imponer el tempo de un partido; la tranquilidad para jugar el balón desde atrás y dar la salida al equipo con el esférico al pie; la calidad para el desplazamiento largo, la visión del que da el pase final y el regate para desatascar el juego. No es Toni Kroos, pero tiene rasgos que se parecen.
Entonces, ¿qué es lo que hace falta? Simplemente, que Ancelotti, hombre de fútbol, olvide el escalafón y se atreva a ponerle cuatro partidos seguidos. Todos lo agradeceríamos.
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Buenos días. Se escuchan los estertores del parón de selecciones, señal de que llega a su fin, aunque el acoso sufrido por los blancos —de intensidad y frecuencia superior a las habituales— no acabará con él. Incontables braceros del antimadridismo continuarán rebuscando hasta en sus propios contenedores para reclamar sanciones, o la desposesión de títulos al Madrid, acusándolo de que un señor con pelo de un 5ºB de la calle Rafael Salgado no recicló correctamente el envoltorio de sus supositorios favoritos porque se desconcentró al observar por la ventana cómo un grupo de personas accedía al Bernabéu dispuestas a presenciar un partido de fútbol. Cosas más raras se han visto.
Los estertores del parón proceden principalmente de As, que se aferra al asunto de la selección con la misma fuerza que un neonazi del Frente Atlético lo hace a su bufanda rojiblanca, o a la llave del cuarto donde el club permite al grupo guardar sus trastos. Por reminiscencias del lenguaje taurino, casi nos sale un «trastos de matar», y la verdad es que, dado su historial delictivo, no habría sido del todo incorrecto. De hecho, al leer el titular, «El terror de Europa», pensábamos que se referían al Frente, ya que la UEFA sancionó recientemente al Atleti porque miembros de esta banda realizaron saludos nazis en el estadio Da Luz en Lisboa.
Ya sabéis que la Comisión Antiviolencia propuso hace unos días la clausura del Metropolitano dos semanas por los enésimos actos de violencia física y verbal del Frente (142, según la Liga de Tebas, en 8 años). Rápidamente apareció Gil Marín para decir que «es un problema de todos y necesitamos resolverlo entre todos». En fin. Dijo más mentiras, como que «llevamos años persiguiendo estos comportamientos y expulsando a los que los cometen». En 2022 el club permitió —porque si no no se habría producido— una reunión del Frente con los jugadores y cuerpo técnico. ¿Recuerdas, Miguel Ángel?
Marín prosiguió con una joya: «La propuesta de sanción habla de seis identificados y veinte sospechosos que se están investigando de los que no tenemos ninguna información por parte de la Policía. Así es imposible que podamos actuar. Ojalá nos proporcionen la identidad de esos 26 para poder proceder de la misma manera que con los cuatro expulsados». Acusa a la policía de falta de colaboración cuando desde la propia policía (JUPOL, el sindicato policial mayoritario) se denunció que el club no permitió intervenir a la Policía Nacional. Surrealista y emético.
Nos hemos desviado en el tiempo, en el espacio y de las mismísimas portadas porque ayer leímos un titular de Marca en el que denomina «grada de animación» a esta gente y claro, nos hemos nublado.
En la portada de hoy, sin embargo, no mencionan el asunto, se centran en Alexander-Arnold. Afirman que el Liverpool ya sabe que no renovará.
Cambiamos de región y asimos el diario Sport.
En el rotativo catalán hallamos la noticia más inquietante: «La oposición planta cara a Laporta». Oposición, si nos estáis leyendo, abandonad, seguro que sois gentes de posibles, sin problemas para llegar a fin de mes, podéis dedicados a vuestras otras aficiones y negocios y, aunque habrá algunas ocupaciones que enriquecieron a la burguesía en la Revolución industrial catalana del siglo XIX que ya no podréis ejercer, aún hay muchos hobbies y oportunidades de negocio por ahí.
Por otra parte, a los aficionados culés os pedimos que no hagáis caso a la oposición de Laporta, cuyo único objetivo es emponzoñar la labor de Jan. Sabemos que es goloso dejarse encandilar por las verdades sobre la gestión actual del Barça que soltó el otro día Víctor Font, pero resistid. Todos sabíamos ya lo contado por Font, que «la operación de Barça Studios es la operación ficticia más espectacular del mundo del fútbol», que el relato que vende la actual directiva es falso, que la deuda no deja de crecer, etc., así que, ni caso, estimados socis. Si ante los quebrantamientos de normas y delitos confesados no mueve un dedo ni el regulador de la competición, ¿por qué habríais de hacerlo vosotros?
Contábamos con dos baluartes en Can Barça: Xavi y Laporta. Ya perdimos uno, no perdamos el otro, por favor.
Pasad un buen día.
Sí, se acerca el invierno, aunque a Chamartín ya ha llegado en forma de escasez y riesgo ante la falta de recursos, sobre todo en la retaguardia. A la dramática lesión de Carvajal hay que añadir el dudoso regreso de El hombre de la silla, David Alaba, por lo que toca llamar a las puertas de la zona noble: ¿es hora de replantearse fichar en el mercado invernal?
Cinco años lleva Florentino sin activar el fax en diciembre y, si atendemos a los números (dos Champions y tres Ligas en ese período), el presidente podría acumular razones para no volverlo a hacer. Y más si repara en infaustos recuerdos, como la contratación de Gravesen, su primer fichaje invernal, Reinier o Lucas Silva. Pero la memoria, como en tantas ocasiones, es tramposa, y no pone el foco en otros casos exitosos que justificaron el esfuerzo. Hoy recordaremos dos: Christian Panucci y Carlos Casemiro. Que sean jugadores que ocuparan dos de los puestos que más necesita el club blanco reforzar ahora es mera coincidencia. O no.
Panucci llegó en enero de 1997 después de que la primera intentona para cubrir el lateral derecho, Carlos Secretario, saliera agua. Fue durante el primer periplo de Capello en el Bernabéu, cuando, con Chendo en declive y el portugués superado por la situación, puso los ojos en su querido pupilo milanista y Sanz aflojó la chequera: 700 millones de pesetas —que por entonces era un buen pico— de fichaje y 140 al jugador por temporada.
Como se recordará, Panucci fue el primero de una sorprendente —por escasa— nómina de azzurros que han vestido de blanco. Sólo tres: él, Cassano (05-07) y Cannavaro (06-09). Curiosamente, todos fueron dirigidos por el también primer entrenador del país de la bota que tuvo el banquillo de Chamartín, el mencionado Fabio Capello. Panucci y Cannavaro como petición, Cassano como penitencia tras haber aterrizado un año antes.
¿Activará el plan de emergencia Florentino esta vez, sabiendo que puede salir la cruz de la decepción, pero también la cara del éxito, o Ancelotti tendrá que hacer de nuevo magía con lo que tiene?
El caso es que Panucci, que permaneció tres años en las filas del Madrid, rindió desde el comienzo. Su carácter, conceptos defensivos y personalidad le hicieron dueño del carril derecho que conquistó la Séptima y sólo hizo las maletas cuando Sanz contrató al que sería su digno sucesor, Michel Salgado. El gallego, jueguecitos del destino, asombró al mundo del fútbol precisamente en un España-Italia (noviembre de 1998) en el que se ganó el apodo de Il Due.
Echando la vista no tan atrás, hace 11 años, un fichaje llegó para marcar una época: Casemiro. Si bien es cierto que tuvo que labrase el camino desde abajo, pasando por el Castilla y con una cesión al Oporto, el brasileño está en los altares de la afición blanca junto a Modric y Kroos, la Santísima Trinidad o El Triángulo de las Bermudas, como los definió Ancelotti (“cuando pasa por ellos, el balón desaparece”).
El trío supuso la perfecta combinación de agresividad, visión y magia. Desde su primer partido juntos, un derbi en el Calderón con Benítez en el banquillo (1-1), dictaron un fútbol pleno de recursos, arte y efectividad que condujo al Madrid a una de sus épocas más memorables. Juntos ganaron 16 títulos, entre los que brillan cuatro Champions, tres Ligas, tres Supercopas de Europa, tres Supercopas de España y tres Mundiales de Clubes.
¿Activará el plan de emergencia Florentino esta vez, sabiendo que puede salir la cruz de la decepción, pero también la cara del éxito, o Ancelotti tendrá que hacer de nuevo magía con lo que tiene?
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Los madridistas no estamos contentos en los primeros compases de esta larga temporada por la que transitamos como en un cercanías en hora punta: con más parones (¿no se acaban nunca?) que progresos. No caben medias tintas en una entidad ideada por y para las victorias, que llama al fracaso por su nombre y no se esconde tras la retórica del juego o el orgullo diferencial, como suelen hacer aquellos que no triunfan.
Las distintas secciones del Club han empezado ofreciendo un rendimiento muy por debajo de las expectativas, que en el conjunto más laureado de todos los tiempos son siempre elevadísimas. Mientras el primer equipo de baloncesto está firmando su peor arranque en muchos años, con más derrotas que victorias y una irregularidad ya enterrada en un lejano pasado, el Castilla bracea en los puestos de descenso de la Primera Federación con una quinta parte de la campaña ya disputada. Por su parte, el femenino no ha perdido aún en liga, pero sí en Champions, aunque en este caso no se pueda hablar de crisis. Y el epicentro que marca realmente el devenir del Club, el primer equipo masculino de fútbol, no ha cosechado resultados especialmente malos, pero sí está mostrando un nivel de juego paupérrimo, lo que acompañado con la aparente apatía de un alto porcentaje de los jugadores está haciendo mella en el ánimo de buena parte de la afición.
Nunca creí aquello que se repetía en verano de que el Madrid iba a arrasar con esta plantilla. Ni el bombo mediático, ni anticipar grandes éxitos cuando el balón aún ha rodado suele ser algo positivo. Ya comprobamos en los últimos veranos, cuando unos traían muchos nombres de golpe y otros seguían construyendo con rectitud y pieza a pieza, cómo acababan las ilusiones y las bravatas de los primeros. La exigencia es una cosa, que además forma parte del ADN del Club, pero la perspectiva apabullante que se estaba vendiendo no era realista y ha conducido de forma inevitable a la frustración.
La exigencia es una cosa, que además forma parte del ADN del Club, pero la perspectiva apabullante que se estaba vendiendo no era realista y ha conducido de forma inevitable a la frustración
No, el Madrid no va a pasearse, goleando en cada partido. Entre aquella entelequia canicular y la descarnada realidad media un abismo. Porque el equipo no está ni al imposible nivel esperado, ni tampoco al excelso de la temporada pasada. Ni siquiera raya a la altura mínima exigible, aunque vaya sacando la mayoría de los partidos a trompicones. Con la gran incorporación aparentemente superada por el peso de su nuevo escudo, las lesiones, los alarmantes estados de forma y la sensación de falta de ambición general, lo visto hasta ahora no es exactamente una invitación al optimismo.
La experiencia también nos señala que precipitarse con el Madrid no es buen negocio. Cientos de veces se ha anticipado su debacle y en otras tantas ocasiones el desenlace fue justo el contrario. Sin ir más lejos, la pasada campaña, la de las faltas de respeto a Joselu, la de no tenemos centrales, ni portero… Y el final de esa película, como el desenlace de una cinta de Disney, lo hemos visto muchas veces. Si el bien prevalece hay fanfarrias y alegrías. No enterremos a este equipo antes de tiempo, aunque en muchos minutos de los últimos partidos hayamos tenido la tentación.
Ante la duda, mi primera opción siempre es confiar en los profesionales del Club, que merecen respeto. El método se ha demostrado más eficaz que ningún otro, aunque también tenga errores. Si se trabaja en el largo plazo, poco sentido tiene traer futbolistas que no te valgan para al menos un lustro, incluso en situaciones de necesidad. No sé si el Madrid fichará o no en invierno. Me parece necesario y, por los antecedentes, poco probable, pero aceptaré lo que se decida en los despachos del Club. Su criterio ha sido mucho más acertado que el de otros que reciben muchas más alabanzas.
No enterremos a este equipo antes de tiempo, aunque en muchos minutos de los últimos partidos hayamos tenido la tentación
Esta confianza, que no fe, me sitúa automáticamente en el bando del oficialismo. El lado de la trinchera lógico de cualquiera que tenga ojos y haya visto fútbol en la última década. Y, por supuesto, me enfrenta con el vinagrismo que lleva años anticipando un descalabro, e insiste en la palabra negligencia, que tanto ha manoseado durante la mejor era de cualquier equipo en los últimos 60 años. Nunca hay una derrota en su casillero. Por ejemplo, el éxito indiscutible del año pasado se debió a la suerte de los inesperados goles marcados por Jude Bellingham. Inesperados para ellos, claro, expertos en el mercado, que desprecian lo que hay y suspiran por lo que podría llegar. Si se gana, fortuna y si se pierde, ya anticiparon el desastre.
No soy futurólogo y no puedo vaticinar lo que va a ocurrir en lo que queda de campaña. Hay señales de alarma que no se veían desde hace bastantes años, pero también tiempo y talento más que suficientes como para recalcular la ruta y volver a la senda del éxito. Ni la euforia desmedida antes de comenzar ni el alarmismo suicida tras el primer revés son buenos consejeros. Optaría por cierta cautela y paciencia antes de emitir juicios categóricos. Que ya conocemos todos al Madrid.
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Buenos días. ¿Hay algún portanalista en la sala? Nosotros ya no podemos más. Hay un límite para la inmundicia que uno puede tolerar, y también para la inmundicia que uno puede comentar. Si además se pretende comentarla sin faltar a los principios básicos de las buenas maneras, el objetivo se torna poco menos que irrealizable.
Durante este parón de selecciones, la máquina de emisión de detritus del antimadridismo ha batido todos los récords de calumnias imaginables. La velocidad a la que han sido lanzados solo es comparable a la velocidad con que han sido desmentidas. Sin embargo, el daño queda hecho, porque ya se sabe que los desmentidos nunca disfrutan del espacio y la rotundidad de los bulos. De hecho, en este nefando parón de selecciones los desmentidos han brillado por su ausencia, al menos por parte de los perpetradores de bulos. Han sido mentiras fugaces, pero mentiras que inevitablemente calan.
La última ha sido especialmente miserable, pero antes de ir con ella repasemos algunos de los fraudes presuntamente noticiables que, a razón de fraude por día, ha maquinado un antimadridismo unido en pos del intento de destrucción del mejor club deportivo del planeta. Porque esto, no lo dudéis, va de eso: va de potentísimos enemigos tratando de destruir al Real Madrid, utilizando para ello sus medios afines, las redes sociales y cualquier otro canal que se les ponga a tiro.
Primero fue la noticia de que la orden de detención contra Slaughter acarrearía la retirada de dos títulos de la sección de baloncesto blanca. En cuestión de minutos había quedado claro que el Madrid fue víctima y no reo del caso del pasaporte falso, y que por tanto ni por asomo peligraban esos títulos, pero el daño ya estaba hecho.
Después vino la ridícula pretensión de que el mejor club deportivo del planeta actuaba sin licencia no solo para sus conciertos en el Bernabéu, sino para los propios partidos. La ridiculez tardó un suspiro en ser desmentida desde Valdebebas. Pero el daño estaba hecho.
Ahora ha llegado lo más repugnante de todo. Aprovechando que Kylian Mbappé había estado en Estocolmo, un medio sueco se lanzó al surco de la infamia anunciando que estaba siendo investigado por un presunto delito de violación. Las redacciones digitales de los medios deportivos (también las de algunos generalistas) siguieron con entusiasmo el reguero de estiércol. No tardó mucho en ser desmentida la noticia.
Pero el daño —otra vez— estaba hecho. Y en este caso más aún porque, como se verá en un momento, y de manera indignante, las portadas de hoy siguen haciéndose eco de la insidia pese a haber sido convenientemente desmentida en la tarde de ayer.
El dicho popular indica que la mentira tiene las patas cortas, y si uno quiere pruebas del aserto basta con darse una vuelta por la semanita que lleva el antimadridismo. Como se ve en el post de RMC, el nombre de Kylian Mbappé, pese a haber sido citado por el medio en cuestión, jamás fue manejado por la Justicia sueca. El propio rotativo nórdico no tardó en admitir, poco más o menos, que había metido en el asunto a la estrella francesa porque es muy conocido y pasaba por allí, lo que planteaba la posibilidad de una importante cosecha de clicks. A estas alturas no sabemos ya si toda la prensa española carece de vergüenza, pero es un consuelo atestiguar que no toda la prensa que carece de vergüenza es española.
Hasta aquí debería haber llegado el asunto si la prensa nuestra de cada día tuviera un mínimo de dignidad. De verdad que dábamos por hecho que ninguno de los diarios deportivos abrazarían la ignominia de traer hoy el tema a sus portadas.
Nos equivocamos.
Sport dedica un espacio generoso a la infamia, como veis en la parte superior de la portada. Kylian Mbappé ha anunciado acciones legales contra quienes propaguen el embuste, y en esa línea solo podemos animar a Kylian a que las ejerza contra Sport.
Aunque a menor escala, casi como si les diera apuro su propio oprobio, Mundo Deportivo también dedica un espacio a la calumnia. Desde La Galerna te invitamos, Kylian, a que te querelles contra Mundo Deportivo.
“Investigación por denuncia de violación”, suelta Marca, también mostrando en el tamaño del espacio su propia vergüenza por lo que hace. Es mentira. Mbappé no está siendo investigado. Queréllate también, Kylian, contra Marca, los compañeros de pádel de Al Khelaifi, cuya sombra se intuye fuertemente detrás de este fangoso asunto.
Que se sepa, Mbappé no está siendo investigado por nada. Si algún día se le investiga, esperamos que se aplique sobre él la necesaria presunción de inocencia.
Entretanto, haría muy bien en querellarse contra todo aquel que trate de desacreditarle de manera tan grave. Le animamos a ello, también egoístamente. También por nuestra paz mental.
Este hedor es inaguantable.
Os dejamos con la portada de As, la única decente en el día de hoy.
Pasad un buen día.
Antonio Pintus es uno de los responsables de los éxitos del Real Madrid en los últimos años merced a la preparación física a la que somete a los blancos.
Esta semana, fcQuiz os desafía a responder correctamente estas ocho cuestiones sobre Pintus.
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En 1982 el rock español cambió para siempre. Las noches del 5 y 6 de marzo, el cantante Miguel Ríos grababa un disco en directo para la posteridad. Hablo del Rock and Ríos, palabras mayores para los amantes del rock en español. Grabado en el antiguo Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, el Rock and Ríos supuso un hito en la historia de la música popular de nuestro país. Fue tal el fenómeno de masas que Miguel Ríos habría de emprender la mayor gira jamás antes conocida a lo largo y ancho de la piel de toro. Para el aficionado más curioso, recomiendo el libro de José Miguel Valle sobre aquel evento, que edita EFE EME y cuyo título es Rock & Ríos, lo hicieron porque no sabían que era imposible. Merece la pena sumergirse en libros bien documentados porque consiguen que disfrutemos el doble de discos que ya hemos escuchado, pero que al volver a ellos parece que fuera la primera vez que los oímos. Ni que decir tiene que Miguel Ríos es un reconocido madridista. Veamos los paralelismos entre Ríos y su Real Madrid.
En 1982 España vivía un tiempo dulce. Nuestro país dejaba atrás la dictadura y se afianzaba la democracia. A pesar de algunos episodios escabrosos, 23-F incluido, España vivía a todo color. En 1982, el PSOE arrasaba en las elecciones y, al fin, se oficializaba el ingreso de España en la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Ese mismo verano de 1982, nuestro país acogió por primera vez en su historia la Copa Mundial de la FIFA que se disputó entre los días 13 de junio y 11 de julio. Por todos es sabido que Italia se proclamó campeona en el Santiago Bernabéu frente a Alemania Federal. Era la España alegre, la España de Naranjito. Era la España que disfrutaba de un tiempo nuevo y que se ponía bonita para la próxima década, los gloriosos años noventa. Aún vendría la orgía de 1992 con Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla de 1992.
Esa preocupación por lo social de Miguel Ríos también está presente en el Real Madrid desde el minuto uno de nuestra historia como entidad deportiva. El alma del club es la Fundación Real Madrid
En 1982 estaba Luis de Carlos como presidente del Real Madrid. El presidente tuvo la valentía de presidir el club tras el fallecimiento de Santiago Bernabéu. Hay que tener mucho amor a una institución y mucho sentido de la responsabilidad para dar un paso adelante en un momento así. El vacío que dejó en los corazones del madridismo la muerte del gran presidente dura hasta hoy. No puedo ni imaginar qué supuso entonces la desaparición del hombre más importante en la historia del club. Tal vez por eso, por salvaguardar los intangibles del Madrid, Luis de Carlos quiso poner en valor la importancia del señorío y de la limpieza en el proceder del equipo de la capital. Era aquel Madrid un Madrid de entreguerras. La situación socioeconómica no ayudaba pero, aun así, se lograron 2 Ligas, 2 Copas del Rey y 1 Copa de la UEFA. A pesar de los pesares, tanto en fútbol como en baloncesto el Madrid siempre dio la cara y encaró los años ochenta con un nuevo brío en forma de Quinta del Buitre.
Miguel Ríos siempre fue un adelantado a su tiempo. Su preocupación genuina por la ecología, la paz mundial o el amor libre le hizo destacar en una España donde aún estos temas no estaban sobre la mesa. Al mismo tiempo, como buen andaluz, tenía un sentido de lo local bastante plural y universal. El granadino siempre se consideró un hombre de su tiempo y, por lo tanto, un hijo del Mayo de 1968. A su vez, la influencia de la cultura anglosajona era total y evidente. De chaval, el joven Miguel contactó rápidamente con un recién nacido Elvis Presley y absorbió por entero esa fiebre por esa música tan revolucionaria y liberadora. Ese sentimiento por el ser humano, esa preocupación por lo social también está presente en el Real Madrid desde el minuto uno de nuestra historia como entidad deportiva.
El alma del club es también la Fundación Real Madrid. Florentino Pérez asegura en todas las entrevistas que cuando deje de ser presidente le gustaría dedicarse en cuerpo y alma a la Fundación Real Madrid. Más allá de los programas sociodeportivos, el Real Madrid busca favorecer el desarrollo educativo e integral de los más desfavorecidos. Ese espíritu solidario lo tuvo siempre Miguel Ríos y he de suponer que conforma su línea de actuación fuera de los escenarios. Como todo pionero de la causa ecologista, Ríos sintoniza con el zeitgeist de la generación boomer. Porque, en definitiva, ser del Madrid es desear algo más que ganar los domingos. Ser madridista es estar del lado del Bien. Y pasarlo en grande viendo a nuestro amado club acumular títulos.
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Cuando Santiago Bernabéu y Raimundo Saporta viajaron hasta París en la primavera del año 1955 para concretar los detalles de la Copa de Campeones Europeos que habría de comenzar al otoño siguiente, el torneo estaba pensado para dieciséis equipos, los mejores de las mejores ligas en aquel momento. Hoy, la Champions League la juegan treinta y seis, veinte más, organizados en un formato absurdo que por eso mismo gusta mucho a las nuevas generaciones. Lo normal es que la forma de las cosas varíe con el tiempo, eso es ley de vida, pero no que lo haga su naturaleza. Y desde luego que esta Copa de Europa superligada en la que se van a jugar doscientos veinticinco partidos en tramos horarios distintos, contemplándose incluso los jueves, es un intento muy logrado por parte de la UEFA de conducir su competición estrella hacia la irrelevancia.
Será que me hago mayor y, por lo tanto, pollavieja. E incluso ese término ¡ya no lo usa nadie! Los chavales de ahora lo desconocen por completo, así que el mismo hecho de calificar a alguien de pollavieja es un acto constitutivo de pollaviejismo. O tempora, o mores. Como el fútbol se ha vuelto insoportable, de puro aburrido, la solución de sus próceres es: ¡multiplicar los partidos! La influencia directa de la Superliga anunciada por Florentino en el cambio de formato de la Champions League es evidente. Se habla con insistencia de septiembre de 2025 como el horizonte final de la nueva competición, pero teniendo razón el presidente Pérez en el diagnóstico (el fútbol como entertainment ha entrado en una fase terminal) a lo mejor lo que pasa es que sencillamente es algo agotado.
Esta Copa de Europa superligada en la que se van a jugar 225 partidos en tramos horarios distintos, contemplándose incluso los jueves, es un intento muy logrado por parte de la UEFA de conducir su competición estrella hacia la irrelevancia
Acabar con el binomio Real Madrid-Copa de Europa es un sacrilegio, pero esta Copa de Europa que se ha empezado a jugar ahora, ¿qué es? Parece un híbrido monstruoso entre la Europa League y la Conference League y hay que hacer más cábalas para entender quién clasifica y quién no que antaño para comprender quién ganaba los Apertura y Clausura argentinos y quién descendía allí a Segunda. En lugar de simplificar las cosas, se opta por hacerlas más complejas, idea fatal casi siempre según lo demuestra la Historia.
El hombre, a medida que envejece, se hace muy refractario a los cambios. Eso también es ley de vida y me doy cuenta de que me pasa. Sin embargo, objetivamente la nueva Champions rompe el esquema mental del aficionado, habituado por la costumbre de años a asociar martes y miércoles por la tarde-noche a la mejor competición imaginada nunca por nadie en el deporte profesional. Por no mencionar la carga adicional de partidos que supone para las piernas de los futbolistas, un tema este recurrente en los últimos años del que algunos entrenadores y jugadores están hablando y quejándose por las consecuencias físicas sobre sus cuerpos. Las roturas musculares y las lesiones de larga duración en rodillas y tobillos son hoy el pan de cada día de los grandes equipos europeos. Que se vea como normal no debe hacernos olvidar el dislate total que supone por ejemplo que el Madrid el año pasado sufriera la baja de tres de sus titulares por chasquidos de los ligamentos entre agosto y diciembre, o que este año ya vaya por uno (¡y qué uno, Carvajal!).
Como el fútbol se ha vuelto insoportable, de puro aburrido, la solución de sus próceres es: ¡multiplicar los partidos!
Por lo que sea el patriciado futbolero internacional ha optado por el aceleracionismo. Por lo que sea y por el dinero, vamos. Más partidos, más patrocinios, más retransmisiones…aunque la rueda, no obstante, está dando ya síntomas de agotamiento. El pirateo masivo es uno de ellos y cualquiera, echando un vistazo a su alrededor, lo puede comprobar. Pero ¿y el interés? Ahora hay todas las semanas un porrón de “partidazos”, que era lo que proponía la Superliga cuando se presentó. ¿Está significando esto un aumento de la calidad?
El juego de los grandes equipos es, cada vez más, indistinguible. Precisamente lo que está ocurriendo es que más allá de la igualdad colectiva entre sistemas y preparaciones físicas, la transgresión del talento individual está volviendo a marcar la diferencia, como en los albores del foot-ball. Y como cada vez hay menos talento individual puro, el que hay destaca sobremanera. Dígase Vinícius, la joya genuina del Madrid y del fútbol mundial en este preciso momento del proceso evolutivo de este juego.
Si lo que se pretende es adaptar, en lo posible, el fútbol a las nuevas formas de entretenimiento de la generación TikTok, la cosa está francamente jodida. El umbral de atención ahora, y ya no sólo me refiero a los adolescentes o veinteañeros (TikTok ha barrido con todo de un modo visiblemente intergeneracional), está más o menos en el minuto y medio. Incluso “contenidos” que duren más de eso ya no son viables en la era del scroll infinito. En cierto modo se puede decir que esta nueva Champions League multipartidos con formato líquido, “suizo” según lo llaman, es la adaptación orgánica del fútbol a esta necesidad continua de estímulos que es la característica fundamental de nuestro tiempo.
Quizá la Copa de Europa lo que debía era permanecer como símbolo o, mejor dicho, reliquia del pasado que la alumbró. Que era manifiestamente mejor que este presente ambiguo, incierto y exhausto
Es la época de la hipercomunicación, hay reclamos en todas partes, a cada momento. El fútbol en sí como representación dinámica de un drama que remite a la guerra y que evoca el ciclo heroico clásico está pasando inevitablemente de moda. Como las identificaciones tradicionales se diluyen, ya da un poco lo mismo ver un Madrid-Milan que un Borussia-PSG, porque al fin y al cabo son “partidazos” donde juegan “superjugadores”, aunque sean un poco todos calcamonías repetidas. Hasta han cambiado el himno, que era majestuoso, único. La capacidad de la UEFA de estropearlo todo es asombrosa, de Nobel.
Quizá la Copa de Europa lo que debía era permanecer como símbolo o, mejor dicho, reliquia del pasado que la alumbró. Que era manifiestamente mejor que este presente ambiguo, incierto y exhausto. En el momento histórico de “los contenidos” sería mejor continuar ofreciendo el drama tradicional e incluso reducir el formato a los dieciséis equipos originales, y nada más. Pero todo esto por supuesto es una estupidez porque los tiros van en la dirección opuesta. Acabaremos, pronto, con una final de la Copa de Europa en Dubai, Shanghai o Nueva York. Y entonces, ¿qué sentido tendrá seguir viéndola?
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