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Cassano, el maldito

Cassano, el maldito

Escrito por: Antonio Valderrama9 octubre, 2015
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En el verano del año 2006, Italia era el epicentro de un maremoto que había asolado el fútbol internacional. La gran ola lo arrasó todo en dos direcciones. Por una parte, a lo largo de la temporada anterior, se destapó el Moggi-Gate. El escándalo salpicaba, principalmente, a la Juventus y al Milan, que es como decir, a dos de las tres grandes cabezas de la lujosa hidra del Calcio. Se produjo, en consecuencia, una diáspora. Los mayores talentos de dos de las mejores plantillas de Europa estaban, de pronto, expuestos en un bazar, a precio de saldo. Por la otra parte, en medio de estas convulsiones y de forma absolutamente inesperada, a la selección italiana de fútbol le dio por ganar la Copa del Mundo que en ese verano se jugaba en Alemania. Ganar, quizá, es una palabra muy estrecha para describir bien la hazaña melodramática, violenta, épica, bella e iconoclasta que llevaron a cabo los italianos en aquel Mundial. Varios de los puntales de aquel equipo jugaban en la Juventus. Venían de ganar dos Scudettos seguidos que acababan de serles despojados. El entrenador de la Juve era Fabio Capello, quien ante el panorama de verse en un equipo campeón abruptamente descendido a la Serie B, decidió aceptar la oferta del candidato a la presidencia del Madrid, Ramón Calderón. Calderón ganó una de las elecciones más bochornosas de la Historia del Real y se trajo a Capello con Cannavaro. Capello convenció a Cannavaro de que la segunda división italiana no era el lugar apropiado para el flamante capitán campeón del mundo, el hombre que había hecho creer a todos que era más fácil colarle un pelotón de persas a Leónidas en las Termópilas que meterle un gol a un equipo suyo. En Madrid se iban a encontrar con el futbolista joven más prometedor de Italia; el único fantasista que, naturalmente, no había sido convocado por Marcello Lippi para el Mundial de Alemania. Era Cassano. Llevaba 6 meses en Madrid, alimentando algo más que su fama de maldito.

Antonio Cassano llegó a Madrid en enero de 2006. Nacido en Bari en el año en que Italia ganó su tercera Copa del Mundo, Cassano encarnó desde alevín todas las trazas culturales de la Apulia. Por el tacón de la bota italiana ha pasado de todo desde que el primer griego puso un pie allí, hace tres mil años. Frontera entre Occidente y Oriente, ha sido solar de piratas, puente con los Balcanes, patio trasero de Grecia y capricho de las correrías turcas. Como Nápoles, como Calabria, la Apulia es fermento de pícaros y de desharrapados. Por eso Cassano parece sacado de una novela de Galdós, con la cara picada por el acné juvenil y el trapío descarado del niño que se ha criado en la calle.

Mi madre decía que los niños que están en la calle de sol a sol no cogen ni un resfriado. Cassano tiene toda la pinta de ser uno de esos a los que su madre les convocaba a casa, al atardecer, como los muecines, dando voces. Ese tipo de gente sabe todo lo que hay que saber de la vida a los diez años, por eso la mitad de los amigos de la infancia de Il Talentino están en la cárcel o en el cementerio.

En Bari se hizo famoso al marcarle un gol espectacular al Inter, al final de la temporada 2000-2001. El fútbol fue su redención: “No he trabajado nunca. De todas formas, no sé hacer nada”. De pegarle tirones a los bolsos de las viejas y de birlarle carteras a los turistas, le salvó la pelota, y quizá por eso Cassano es un jugador hecho a imagen y semejanza del balón: orondo, pero rápido. La pelota es una esfera que cuando se pone en movimiento, deslízase entre las piernas de los menos avezados, y a pesar de su redondez, sólo acepta la doma de dos mujeres: la velocidad y la precisión. Cassano es un virguero y con esos atributos llegó a Roma en el verano de 2001, comprado por treinta millones de euros.

La Roma era campeona de la Serie A, por primera vez en mucho tiempo. También la entrenaba Capello. Con él, Cassano brilló casi tanto como Totti, que es como decir, voló alto como Ícaro. Pero también se quemó, demostrando la impertinente validez atemporal de las fábulas griegas. Cassano puso de moda el término cassanatta, nombre con el que la prensa deportiva de Italia llamaba a sus travesuras de enfant terrible: se marchaba de los entrenamientos por enfados pueriles, rompía cosas en el vestuario si no le gustaba un cambio, se pegaba con algún compañero o insultaba abiertamente a sus entrenadores si le dejaban fuera de una convocatoria. Capello, que supo tratarle, se fue a Turín, y a Cassano ya no fue quedándole nadie en Roma, salvo Totti. Protegido por el Papa civil de Roma, Cassano aguantó hasta que en 2006 el Madrid le llamó y él se vino a España con la tradición picaresca de la Apulia pegada a la joroba.

Costó cinco millones y medio pero no fue presentado por Florentino. Butragueño le dio la bienvenida en un acto extravagante: Cassano vestía una chaqueta parda con el cuello de plumas, lejos ya de la fanfarria galáctica que acompañó el aterrizaje de Zidane, Ronaldo o Beckham. Como para desmentir ese pronto, Cassano marcó en su debut. Mandó dentro, con el muslo, la primera bola que tocó en el partido que, inmediatamente después de su presentación, el Madrid jugó en Sevilla contra el Betis, en la ida de los octavos de final de la Copa del Rey de aquel año. Lo metió estando en fuera de juego y en un requiebro callejero. La celebración, partiéndose el culo, indicaba la zorronería: era como si en una calle de Bari, él se hubiese aprovechado de algún compañero bobalicón.

Aquella temporada fue nefanda. Al mes, Florentino dimitiría y Cassano, gordo desde que llegó de Roma, tan sólo marcaría una vez más. Fue contra el Atlético, en Liga y en el Bernabéu, de cabeza. Ese gol fundó una relación suya con el Atlético de Madrid que, si bien fugaz, fue muy productiva para el Madrid. Justo un año después, ya con Capello, el Real afrontaría un durísimo partido en el Calderón. Desahuciado de la Liga, a siete puntos del Barcelona, el Madrid perdía 1-0. Torres había conseguido, por fin, colarle un gol a Casillas, su monstruo final del juego, y todo parecía ir en volandas para los locales. En un momento dado de la segunda parte, Capello toma una decisión arriesgada: introduce a Cassano. A pesar de las buenas perspectivas del verano, la relación entre ambos estaba muerta. Cassano le llamó “uomo di merda” en el vestuario del estadio del Nástic de Tarragona, en noviembre, por haberlo tenido calentando en la banda durante toda la segunda parte, sin sacarlo. Capello lo fulminó, antes de cargarse también a Beckham por anunciar su pase a los Galaxy al final de la temporada, y antes de perder definitivamente el control de la situación en enero de 2007. Pero, ese día en el Calderón, era marzo. Y Capello sacó a Cassano.

Apenas tocó tres balones. Se plantó en el centro del campo con los dos brazos vendados: tenía unos tatuajes recién grabados y parecía ir corriendo con dos placas de hierro protegiéndole los brazos como si llevase armadura. De los tres balones que tocó, dos sirvieron para enfriar al Atlético y uno para servirle el empate a Higuaín. La dejó correr por entre dos rojiblancos y apenas la rozó con el empeine de la bota derecha. La pelota corrió al espacio e Higuaín la desvió por entre las piernas del portero. Gol. 1-1. Ese punto, que entonces fue calificado de anecdótico, al devenir de la temporada significó el título de Liga. No fue Cassano quien ganó la Trigésima, de eso no quedan dudas, pero ese punto valió tanto como el del 3-3 en el Camp Nou o el del 2-2 en Zaragoza.

A pesar de la resurrección salvaje de aquel Madrid rubio platino, Cassano no volvió a aparecer más por una convocatoria: Capello, hombre de honor mediterráneo, puede perdonar una desavenencia, digamos, mercantil, como la de Beckham, pero no que un niñato de Bari le dijese que era más falso que un billete del Monopoly.

Cassano salió de Madrid al año siguiente, como era natural. Por lo mismo que costó, lo compró la Sampdoria. Allí adelgazó 20 kilos y se puso a gambetear como si enfrente tuviese a un equipo formado por so