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Mariano y el término medio

Mariano y el término medio

Escrito por: Eloy Lecina28 agosto, 2018
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Siento no prestar atención a los seis puntos cosechados ante Getafe y Girona, pero es que este verano nos hemos vuelto locos. Todos. No se salva nadie. Ni si quiera tú. Ni mucho menos yo. Así que el primer paso es reconocerlo y el segundo encontrar la piedra con la que, pienso, hemos tropezado una y otra vez. Aunque no demos con ella, intentémoslo. Voy a buscar un poco. Espero tener suerte.

Este periodo de locura en el que habitamos a pocos días del cierre de mercado empezó con un corazón roto. El nuestro, el que hizo añicos Cristiano. Por mucho que los consuelos del tipo “era lo mejor para los dos” o “tenía que pasar” sean sinceros, en ningún caso anulan la lógica sensación de profundo dolor. Esa que tuvimos o todavía tenemos.

Sin embargo, los errores ante una situación de desamor se suelen cometer cuando te dispones a escoger (casi siempre de forma errónea) la forma en que te desprenderás del duelo y pasarás página. Normalmente se presentan solo dos escenarios posibles a elegir: el de los clavos que quitan otros clavos o el siempre complicado -y en ocasiones insuficiente- ejercicio del amor propio.

El primero es simple: los Mbappés que entran por los Ronaldos que salen. Las mismas lágrimas con las que lloras la marcha del que ha sido el amor de tu vida durante nueve años, las empleas para lubricar una nueva fogosa relación con alguien que casi con total seguridad logrará quitarte todas las penas de golpe.

El segundo es igual de simple en sus fundamentos teóricos: una vez te das cuenta de que tu corazón está roto y necesita recomponerse, optas por ponerte delante del espejo y darte cuenta de que lo importante eres tú y no el que se ha ido para no volver. En este caso, en el espejo se asoma el moño de Bale, la barba de sesenta días de Karim y la sonrisa profidén de Asensio. La solución estaría en casa, ante el espejo, en la pelusilla de nuestro ombligo.

El problema llega con la aplicación práctica de esas dos posibles y únicas vías de escape. En el primer escenario resulta extremadamente difícil encontrar clavos de ese calibre en libertad (la Tortuga Ninja habita en una cárcel francesa de oro), mientras que en el segundo corremos el riesgo de que el reflejo que devuelve el espejo no sea suficiente para nuestra autoestima y nos sepa a poco.

En ese contexto de dificultades es donde perdemos el norte por completo. Por ejemplo, en el juego de los clavos. Es tal nuestra hambruna que durante esta época veraniega parece que hubiéramos sido igual de felices con ganchitos que con caviar. Del Mbappé o Neymar hemos pasado al Rodrigo o Werner, es decir, nos daría igual pagar a precio de filme pornográfico un par de besos de tornillo. Y lo haríamos sin darnos cuenta de que si la intención es tapar el hueco que el portugués ha dejado tan huérfano, debemos utilizar un clavo igual de grande y especial que el anterior, de lo contrario no notamos nada y el orgasmo es fingido.

Algo similar sucede en el juego de quererse a uno mismo. Es cierto que todos tenemos complejos que pueden expresarse en forma de Vallejo o Mayoral, pero un par de rarezas no convierte inmediatamente a Brad Pitt en Paquirrín. No fastidiemos. Solo un empedernido inconformista se mira en el espejo y se ve poco resultón con un manojo de virtudes tan florido como el que todavía representan los Varane, Ramos, Marcelo, Modric, Casemiro, Kroos, Ceballos, Isco y especialmente los que forman la inspiradísima BBA.

Para evitar estos dolores de cabeza -que ya estaba echando mano a otra aspirina- el Madrid nos ha querido brindar un término medio entre ambos caminos. Se llama Mariano y se apellida Díaz Mejía. El catalán, de origen dominicano, es la salida de emergencia del manicomio en el que habitamos todos desde que Cristiano dijo en Kiev que había sido rematadamente bonito jugar en el Real Madrid.

Así pues, el club ha conseguido con su llegada ese punto de equilibrio en el que seremos capaces de valorarnos a nosotros mismos, es decir, lo que ya tenemos en la plantilla, pero a la vez estamos encantados de que Florentino no haya renunciado a las puntuales cuotas de placer que nos aportarán los económicos servicios de Mariano. Si bien es cierto que el goce en principio no será mayúsculo, peor es la abstinencia.  Así que, ¡oye!, que viva Sevilla, el derecho de tanteo y la madre que los parió.

Al ser el Madrid algo preciosista, ya se vista de letras, palabras o imágenes; decidí amortizar mi pasión en sus infinitas formas. Por esa razón junto letras por estos lares, parloteo en varios micrófonos radiofónicos e incluso asomo la cabeza por los modernos rincones de YouTube. Todo, por el Madrid, merece la pena.

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