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El 18D. El día de la bestia.

El 18D. El día de la bestia.

Escrito por: Antonio Valderrama12 diciembre, 2019
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El aplazamiento consentido por todas las partes del Barcelona-Real Madrid que debió jugarse en octubre es un regalo para toda esa fuerza de choque del independentismo catalán. Los CDR, Tsunami Democrátic, todos esos émulos del Comité Militar Revolucionario de Petrogrado que se han inventado los partidos del establishment secesionista para tomar el poder por la fuerza en las calles catalanas o al menos probar la fuerza del Estado, vieron entonces el cielo abierto. Iban a tener al Madrid sólo para ellos, un cameo inmejorable para una mascarada retransmitida en directo a 650 millones de personas en todo el mundo que ni en sus mejores sueños habrían podido imaginar. El Madrid es la pieza de caza mayor. Lo quieran sus directivos y aficionados o no es un símbolo de España, de lo que antes se entendía por Hispanidad: la prueba más evidente es lo que se está organizando para el miércoles que viene en Barcelona, conspiración de la que el club anfitrión no es de ningún modo inocente. El Madrid es España y esa condición de club-nación (que no club-Estado, eso es el Barcelona) la adquirió a despecho de la filiación política de sus dirigentes, cuando salió a Europa en los 50 a ganar y devolverle el orgullo de ser españoles a cientos de paisanos que se habían tenido que ir de aquí con una mano delante y otra detrás a buscarse la vida en Alemania, Francia o Suiza, lejos de la empobrecida y asfixiante España de Franco.

Los dirigentes del Madrid parecen no entender la dimensión, la trascendencia del acontecimiento. Ni su significado. El Madrid como la mejor herramienta de propaganda para el independentismo catalán: el Madrid, el secuestro de su autobús por una turba perfectamente coordinada, organizada y promocionada desde las más altas instancias del poder político en Cataluña, como mensaje al mundo. Y los encargados de velar por la seguridad y el interés común del Estado, mirando. Porque van a estar mirando. Para saberlo no hay más que repasar lo que dijo e hizo el Gobierno de la nación durante los disturbios de hace dos meses. Esta historia es un calco de la que rodeó y precedió al 1 de octubre de 2017. Entonces, la misión de impedir un referéndum ilegal también estaba en las manos de la policía de una institución que anunciaba a bombo y platillo que iba a incumplir la ley. Y la incumplió, claro, pues quien debía impedirle que llevara a efecto tal amenaza flagrante, dimitió de sus obligaciones.

Y el Madrid, a lo que parece, tan sólo se niega a que el partido se juegue en Madrid. Lo que, pensando en términos de diplomacia florentinista, ya es mucho. Pero no es suficiente.

El Barcelona es parte del entramado orgánico del catalanismo desde que maniobró para impedir que el Madrid tomara parte de la Copa de Cataluña con la guerra empezada. El Barcelona es el independentismo. Es una herramienta puramente goebbeliana de asperjar un catalanismo manufacturado, un producto ideológico purísimo, limado con décadas de extorsión política y cultural al resto de los españoles; un catalanismo que ha ido subiendo de grado en su ambición totalitaria en la última década, al ritmo de los goles y de los títulos de Messi. El Barcelona, ya lo ha dicho Bartomeu, va a permitir cualquier “manifestación” de “pluralismo” político en sus gradas. Lo que hablando en plata no hace falta traducirlo. El lenguaje, primera víctima de toda guerra, está en España tan adulterado, que a la exhibición grosera de mensajes gigantes que ofenden e insultan a millones de españoles se le llama, como mucho, “expresarse”. Y el Camp Nou lleva muchos años “expresándose” sin que ninguno de los periodistas que cubren habitualmente los partidos del equipo local en radio, prensa y televisión, hayan sido capaces de advertirlo nunca, por mágica y misteriosa ceguera colectiva y puntual.

En 2002, dos proetarras se encadenaron a una portería del Camp Nou, en un partido que terminó con una cabeza de cerdo volando sobre Figo, en un córner. En 2006, en plena discusión nacional sobre el nuevo estatuto de autonomía de Cataluña, la cuestión pasó a un banner gigante, de factura evidentemente industrial, en el que se decía, en inglés (la lengua en la que están escritas las coreografías de esta gente cuando saben que el mundo les está mirando; porque en este mundo, es sabido, mandan los consultores de imagen y los asesores de comunicación) que Cataluña no es España. En 2018, con los promotores del golpe de Estado en la cárcel, esperando el juicio, el circo ocupó todo un fondo, poblado de esteladas y de banderolas acusando a España y a los españoles de fascistas y carceleros.

En todo este tiempo, el Barcelona siempre se enorgulleció de ser la punta de lanza de este movimiento político cuyo objeto es destruir el Estado y la nación española. Basta mirar sus comunicados oficiales durante las distintas huelgas y referéndums.

En 2019, parece, la cosa va a alcanzar el tumulto revolucionario, a tono con las huelgas ilegales y violentas que sucedieron en octubre al anuncio del fallo del juicio a los líderes del golpe. Se anuncia (un totalitario, esto lo dice con rotundidad Alexandre Koyré en La función política de la mentira moderna, siempre dice lo que va a hacer con mucha antelación) un asalto perfectamente organizado al convoy que va a trasladar al Madrid al Camp Nou. Y otro tipo de acciones en el propio estadio. Si algo se puede decir de esta gente es que cumple su palabra, pruebas hay de sobra en los dos últimos años.

¿Y el Madrid?

Nadie parece plantearse siquiera la opción mejor de todas, que es la de solicitar la suspensión definitiva del encuentro y la concesión de los tres puntos. La razón de tal demanda estaría bastante justificada: ¿quién, sin que se le caiga la cara de vergüenza, puede no sostener que el Barcelona tolera y ampara, si no promueve, acciones propagandísticas evidentes destinadas a excitar el ánimo de los catalanes independentistas hasta el punto de culminar acciones como la que anuncia Tsunami Democratic para el día del partido? El centro de todas las desavenencias entre Bernabéu y Franco fueron los intentos del régimen por aprovecharse y capitalizar los éxitos internacionales de un club no sólo español, sino de su capital, en un momento delicadísimo de las relaciones entre la dictadura y la comunidad internacional: tras dos décadas de aislamiento, el triunfo de un equipo español ante los primeros clubes de Francia, Italia, Alemania, era algo demasiado tentador como para no intentar que sirviera de gancho publicitario para la legitimación definitiva del régimen en la política internacional. Bernabéu, empero, luchó siempre a brazo partido por mantener la independencia del Madrid por encima de todo, en una situación política mucho más delicada, desde la perspectiva de lo que podía costar el arrojo personal ante el que manda, que la actual. Ahora, nadie en el club parece advertir que el Madrid corre un riesgo muy serio. El daño puede ser catastrófico, y no sólo moral, no sólo simbólico. Por una parte, la exposición de sus empleados a una situación susceptible de descontrolarse, en medio de una multitud que ya ha probado su condición violenta en los hechos de octubre. Convendría que alguien en el Bernabéu leyera a Montaigne cuando habla de la actitud volátil de una masa enfervorecida y fuera de control. Por otra, ser utilizado para una causa mezquina, vil, baja y por completo contraria a lo que representa la esencia del club.