Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
Balón de Oro 2018: ¿El premio a la humanización del futbolista?

Balón de Oro 2018: ¿El premio a la humanización del futbolista?

Escrito por: Franzel Delgado9 diciembre, 2018
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

Esta semana la recibimos junto con la gratísima noticia de que Luka Modric, ese bajito y genial jugador croata que es un ejemplo de superación para muchos en esta vida, especialmente por haber logrado superar las desgracias de una dantesca guerra en carne propia, se convertía en el nuevo Balón de Oro, mítico galardón otorgado por la revista France Football.

Tras adjudicarse el The Best, premio que por su parte ofrece la FIFA para galardonar al mejor jugador del año, el mundo aún debate sobre lo justo o no que ha sido nombrar al talentoso Luka como ganador, por encima de nombres como Mbappé, Griezmann, Messi o Cristiano Ronaldo. No es en absoluto mi intención hoy valorar desde el punto de vista futbolístico la decisión de los 180 periodistas de distintos países acreditados para votar en esta elección, pero sí me gustaría hacer una reflexión respecto a las posibles razones extra-deportivas por las cuales, tanto el Balón de Oro, como The Best, fueron a parar a manos de este genial futbolista. Valga la oportunidad para decirles que yo celebro que lo haya conseguido, independientemente de que sinceramente pienso que algún otro pueda haberlo merecido también, pero humildemente opino que el ganador de este año lo obtuvo tanto por su descomunal talento como deportista, como por sus elogiables dotes como persona.

Y es en esto que quisiera detenerme para invitarlos a reflexionar respecto al valor que tiene la humanización para el futbolista. Pienso que muchas veces se pierde de vista, o se subestima, el impacto que tiene la humanización del atleta de élite en sus resultados deportivos. Me explico utilizando el caso del Balón de Oro para ilustrar lo que quiero decir: cuando el nivel de competencia entre futbolistas es tan alto, las ventajas competitivas que se pueden conseguir con respecto a los demás competidores son ínfimas, prácticamente inexistentes en muchos casos. Y, al no estar el sistema de elección diseñado para elegir al ganador bajo una metodología objetiva o basada en factores medibles, en aquellos casos en que las diferencias entre los aspirantes sean tan poco obvias, el resultado va a depender, irremediablemente, del “criterio" de los jueces, y este, inevitablemente está afectado por la subjetividad de las emociones, por el feeling. Y es así como casi invariablemente, por más objetivos que estemos dispuestos a ser como jueces, que a la hora decisiva, cuando todo se iguala al máximo y tenemos que decidir, esos pequeños detalles “no-técnicos”, “extra-deportivos”, decantan nuestro juicio hacia uno u otro lado. Esto no sólo le sucede a un votante al Balón de Oro, sino también a un árbitro al sacar una tarjeta que pudiese ser roja o amarilla, según cómo se vea; o a un periodista al valorar una actuación de algún jugador y escribir en la prensa si merece un aprobado o un suspenso. O a un entrenador que debe decidir si darle la oportunidad de estar en el 11 titular a uno u otro jugador con prácticamente las mismas condiciones y méritos. Quiero decir, cuando se impone inexorablemente la subjetividad en la decision final, el futbolista, como en cualquier ámbito de la vida, obtendrá más, si ha sido mejor persona.

Sin subestimar la humanidad de los demás jugadores, ni el maravilloso año de Cristiano, Mbappé y especialmente de Griezmann, humildemente pienso que más allá que el premio a Modric sea tremendamente merecido por su talento único, por su juego excelso, por su capacidad de sacrificio y por su dotes para mover integralmente el juego de sus equipos desde su ámbito de acción, el pequeño y genial croata logró inclinar la balanza a su favor por su óptimo uso de habilidades socio-emocionales dentro y fuera de la cancha, por su saber estar siempre, por su generosidad, por su decencia; por su consideración a fanáticos, árbitros, periodistas, compañeros y contrarios… por su humanidad. Valga esta realidad para que todos los futbolistas del mundo, aquellos a que con nuestras mejores intenciones hemos adulado hasta encumbrarlos al punto que viven por encima del bien y del mal, reflexionen y entiendan el descomunal valor de la humanidad, incluso cuando se trata de ganar o perder en el ámbito deportivo. Adquirir habilidades socio-emocionales que los hagan mejorar sus relaciones con el “medio” y “el entorno", incidir en la sensibilidad y aprender a ser mejores personas, puede perfectamente ser la diferencia entre triunfar y fracasar en el alcance de sus sueños deportivos.