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Ave María purísima

Ave María purísima

Escrito por: Fred Gwynne13 mayo, 2016
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-¡QUE NO! ¡QUE LE HE DICHO QUE NO!

-Pero si yo lo único...

-¡QUE NO! ¡QUE NO SEA PESADO!

-Le compro siete baguettes si me permite...

-¡LÁRGUESE!

-Vale, vale, ya me voy. ¿Alguna idea de dónde podría...?

-¡FUERA!

Salió de la panadería y empezó a caminar cabizbajo. No era la primera negativa que recibía y desgraciadamente se temía que no fuese la última. Vagó sin rumbo por la ciudad hasta que por una de esas casualidades del destino se le desató un cordón del zapato. Se agachó, apretó la lazada con fuerza y al levantar la vista y ver aquella vieja ferretería supo que había llegado a la meta. El destino le había llevado hasta allí y tenía que aprovecharlo. Entró, olfateó un tenue olor a humedad y herrumbre y se acercó a un vetusto mostrador de madera ante el que media docena de clientes esperaban su turno pacientemente. Pidió la vez, apoyó las manos en el mostrador mientras se fijaba en las múltiples huellas que el tiempo había ido dejando en la madera y se dispuso a esperar. No habían transcurrido ni quince minutos cuando un dependiente con una ajada bata azul y varios lapiceros de colores sobresaliendo de su bolsillo se acercó hasta donde se encontraba.

-¿Qué desea?

-Deseo pedir perdón.

-¿Cómo?

-Que deseo pedir perdón y vengo a ver si aquí puedo hacerlo. Con su permiso, naturalmente.

-¿Perdón? ¿Pedir perdón? No le entiendo.

-Soy madridista.

-¿Y?

-Hombre, pues está claro. Tengo que quitarme este peso de encima. Tengo que pedir perdón.

-¿Por ser madridista?

-No. Por ganar, o mejor dicho, por pretender ganar.

-¿Esto no será una de esas cámaras ocultas de la tele?

-No, no, esto no es ninguna broma. Estoy desesperado y no puedo seguir con este peso.

-Mire, si no desea comprar nada le rogaría que se fuese.

-Pero...

-Ni pero ni nada. Le ruego que se vaya.

-Bueno, póngame media docena de tirafondos del ocho y cuatro tacos. Mientras me los prepara lo único que quiero es que me escuche, que oiga mis...

-De verdad que lo siento. Se ha equivocado de lugar. Márchese.

-¿Y si le compro veinte alcayatas, media libra de clavos y dos formones?

-Márchese, le digo. Márchese y no haga que me cabree.

-¿Entonces no…?

-¡NO! ¡Fuera!

-¿Y mis alcayatas?

-¡A LA PUTA CALLE!

Dejó atrás la ferretería y siguió buscando. Había caminado más de media hora cuando se cruzó con un par de monjas e inmediatamente supo lo que tenía que hacer. Se dio la vuelta, corrió hacia ellas y después de escuchar la respuesta a su desesperada pregunta, la franca sonrisa que le ofrecieron le indicó que no se había equivocado. Esta vez sí, esta vez lo conseguiría. La casa de Dios nunca le fallaría.

Confesionario

Al entrar a la iglesia entrecerró los ojos. Pasaron unos segundos hasta que se acostumbró a la penumbra y cuando consiguió ver el confesionario se dirigió hacia él con paso decidido. Después de varios días deambulando en busca de ayuda, aquella era su última oportunidad. Necesitaba desahogarse, expulsar el dolor y volver a casa sin aquel peso que le oprimía.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

-Padre, estoy desesperado. Ya no sé a quién acudir. Necesito expiar mis culpas.

-Has venido al sitio adecuado, hijo. Cuéntame.

-Padre, me acuso. Soy madridista.

-¿Madridista?

-Sí, Padre, madridista. De los pies a la cabeza.

-Hijo, estate tranquilo, hasta donde yo sé (y de esto sé mucho) lo de ser madridista no es malo de suyo.

-Eso sería antes, Padre; ahora es pecado. Mire, nosotros hasta hace unos meses estábamos en paz con Dios, pero desde que hemos llegado a la final de la Champions y peleamos la Liga nos exigen pedir perdón. Algún pecado habremos cometido, vamos digo yo.

-Hijo, piensa que yo estoy aquí para salvar almas y compruebo que la tuya es tan pura y blanca como la camiseta del Madrid. No entiendo tu dolor.

-Es muy fácil, Padre. Cada cierto tiempo ganamos y eso produce dolor y desolación. Y este año que no íbamos a ganar nada la gente estaba alegre y feliz, pero ahora se rasgan las vestiduras, sufren y dicen que tenemos bolas calientes y árbitros comprados y... y... No lo puedo evitar, Padre, me siento culpable y confundido. Además, me dicen que al Atleti el fútbol le debe una Champions.

El sacerdote apretó los puños dentro del confesionario, corrió un poco la cortinilla y miró con disimulo a aquel beato. Se vio como Jesús expulsando a los mercaderes del templo y a punto estuvo de darle un bofetón de penitencia y sacarle a gorrazos de la iglesia, pero como siempre hacía, se contuvo y siguió con la confesión.

-¿Y tú crees que el perdón te lo tiene que dar Dios?

-¿Quién si no?

-Yo creo que primero deberías pedir perdón a los que has ofendido.

-¿A los antimadridistas?

-No hijo no, a los madridistas. Perdona que te diga esto pero tú eres tonto. Pero tonto de remate.

-¡Pero Padre!

-Ni Padre ni leches. Tú eres tonto. Un madridista nunca se avergüenza de ganar. Se avergüenza de perder. Y si lo da todo en el campo, ni eso.

-Entonces, ¿lo de la Roma y el Wolfsburgo y el equipo ese del elefante que se paseaba?

-¿El Real Madrid ha competido en buena lid?

-Sí, Padre.

-Entonces no hay nada por lo que pedir perdón. Es más, líbreme el Señor de estos pensamientos impuros, pero si para ganar la Undécima hay que competir en mala lid no seré yo el que reniegue de ello.

-¡Paaadre!

-Sí, sí, Padre y madridista, que no eres más tonto porque no te entrenas. Anda, reza siete Padrenuestros, cuatro Avemarías y pide a Dios por la Undécima, que aunque está ocupado en otros menesteres siempre tendrá un huequito para las almas puras.

-¿Y el sufrimiento de tanta gente?

-¡Pero qué sufrimiento ni qué sufrimiento! Sufrir es parte de la vida. Además, ¡que se hubiesen hecho del Madrid! No te jo…¡Hijo, me estás sacando de mis casillas!

-Perdóneme, Padre.

-Vamos a ver, alma de cántaro, te lo voy a explicar una vez más. El Real Madrid es el bueno, el bu-e-no. Ya está. No hay más. Es el bueno y Dios premia a los buenos y castiga a los malos. Sé feliz, disfruta de sus triunfos y da gracias a Dios por ser del mejor equipo de la historia. Y olvídate de esas gilipo... tonterías.

-Así lo haré, Padre. Dios se lo pague.

Una hora más tarde, y después de confesar a varios feligreses más, el Padre Suances salió a la calle. Meneó la cabeza un par de veces mirando al cielo, suspiró largamente y pensó que cada día se lo ponían más difícil. Antes, en cuanto le daban pie, reconvertía a pecadores impuros de otros equipos al madridismo, pero últimamente, para su sorpresa y disgusto, cada vez se encontraba con mayor número de descarriados madridistas que, influenciados por vaya usted a saber qué papanatas, había que reconducir por el buen camino.

Con estos pensamientos en la cabeza, y casi sin darse cuenta, se dio de bruces con el bar donde solía tomar café antes de ir a su casa. Miró a través de la cristalera y vio a un grupo de jóvenes sentados en una esquina. Dos de ellos, los que parecían llevar la voz cantante, lucían sendas camisetas del Atlético de Madrid. Al verlos, refunfuñó algo en voz baja, se atusó la sotana, colocó en su sitio la camiseta del Madrid que le servía de alzacuellos y entró con paso firme en el bar.

-A ver, jovenzuelos, ¿algún pecadillo que confesar?

Fred Gwynne
Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.