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Ateo de Leo Messi

Ateo de Leo Messi

Escrito por: Mario De Las Heras24 febrero, 2019
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Por más que lo intento no consigo reconocer la supuesta grandeza de Messi. Por todas partes escucho esa loa incesante. Es como si llamara a mi puerta cada vez que el argentino hace algo destacado sobre el campo. Yo abro y me asaltan imágenes y voces repetidas. Los flases me ciegan y entre medias de los fogonazos veo al pequeño Lionel corretear a una velocidad de FFWD entre los rivales. Luego cierro la puerta, aturdido, y pienso un momento, en silencio, y sólo consigo ver una religión donde los fieles pueden ser desde adoradores de Kali en el templo maldito hasta fans de Justin Bieber.

A los adoradores de Kali les da igual si juega bien, mal o no juega porque están constantemente arrodillados y sólo levantan la cabeza como para respirar en su automatismo fanático; y los fans de Justin son capaces de recitar su vida y milagros independientemente de su estado de forma o de su inspiración o de la realidad, para ellos, llegados a este punto, bagatelas. Es como si D10S ya hubiera venido, hubiese hecho sus milagros y ya sólo quedara adorarlo sin descanso. Yo he intentado unirme a esta fe. He intentado sentirme inundado, desde mi madridismo, por esa música celestial y no lo he logrado.

Recuerdo que una vez leí un artículo de Manuel Jabois escrito (según decía el autor) en un impulso laudatorio después de ver un gol de Messi. Recuerdo cómo acudí a leerlo: como si al fin la verdad me fuera a ser revelada. Pero tampoco. En él encontré sólo a un nuevo adorador, para mi decepción. Un converso reciente. Pensé que era otro adepto a la religión y que sus palabras, sin duda bonitas, no me transmitían absolutamente nada. Es como si llevara el pelo corto y una camisa blanca. Como si me hablara con acento americano y oliera a hamburguesa.

Yo me considero un ateo de Messi, y esto es casi como ser un cristiano en Roma. Y no soy un ateo de Messi por convicción sino por imposibilidad. Por inutilidad, si se quiere. No puedo creer en Messi. Lo he intentado, pero no puedo. Lo he observado con atención muchas veces. He juntado las manos para rezar mientras lo hacía. He cerrado los ojos y los he vuelto a abrir. He llegado a fingir estupefacción después de una jugada suya, tratando de imitar el pasmo que se producía a mi alrededor. Nada. Ni siquiera cuando su juego o sus goles han perjudicado directamente al Real Madrid. Nada más allá de la molestia lógica. Ni la más mínima emoción.

Hay veces que me encuentro con un adorador o con un fan y ellos mismos me expulsan de su iglesia sin quererlo. Ellos creen que con sus gestos y con sus palabras pueden atraerme, pero en realidad lo que hacen es repelerme. Huyo de allí como un apóstata aunque nunca profesé la fe. Escucho a los bardos y me parecen Asuranceturix. Escucho a los poetas y suenan como recontranerudas. Oigo a los periodistas y me parece oír a Maná chillándome canciones de amor al oído hasta dejarme completamente sordo.

Yo a Messi lo evito para que no me haga sufrir mi indiferencia y para evitarme a los fieles que no me dejan dormir la siesta. No sé qué puedo hacer, aunque en realidad no quiero hacer nada. A Messi ya no se le puede ver en silencio para juzgarlo como es debido. Yo lo veo como a un actor que no logró triunfar en el cine mudo después de triunfar en el sonoro. A Messi siempre lo acompaña el ruido de toda esa gente que lo sigue como seguían a Forrest Gump. Sí que sería gracioso, por cierto, que un día se parase de pronto y dijera, como Forrest: “Estoy muy cansado, creo que me iré a casa”. “¿Y ahora que haremos nosotros?”, dirían todos los demás.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

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