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Así no, Kovacic

Así no, Kovacic

Escrito por: Pepe Kollins23 noviembre, 2016
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Don Santiago Bernabéu dejó dicho que la camiseta del Madrid podía mancharse de barro, sudor y hasta sangre, pero jamás de vergüenza. Ayer un poquito lo hizo cuando en el minuto 63 Mateo Kovacic cayó fulminado, como en un romancero lorquiano, por un filo imaginario que emborronó la formidable actuación que estaba llevando a cabo jugando a fútbol. El hecho provocó la expulsión de Joao Pereira. Fue una imagen reprobable que nos recordó a la también censurable de Pepe en la final de Milán y que le costó la reprimenda del colegiado Mark Clattenburg. No todo vale.

No puedo negar la extrañeza por el gesto del croata. Nunca lo hubiera esperado de ese chico que en su primer día en el Inter preguntó, para sorpresa del vestuario, por una iglesia a la que acudir a misa diaria, lo cual le costó el apodo de “el monaguillo”. Comentan sus compañeros que Mateo es un joven noble y de arraigadas convicciones religiosas. Estoy seguro de su buen talante, pero hoy Mateo debería acudir a confesión. El joven centrocampista haría bien en tomar como ejemplo a Toni Kroos, quien, no hace mucho, habiendo recibido un cabezazo de un jugador de la Cultural Leonesa en presencia del mismo árbitro, hizo un alarde de gallardía y permaneció firme, demostrando que hace falta mucha más sesera que esa para derribarlo.

No cabe vacilar. El madridismo lleva muchos años clamando por las simulaciones de su rival y lo menos que esperamos es que nuestros jugadores respondan con otra conducta. Desde la llegada de Guardiola al Barcelona los azulgranas adoptaron la simulación como una estrategia sistematizada. La dinámica alcanzó su cúspide, hace unas semanas, con el desmoronamiento del corro de celebración culé tras un lanzamiento indigno (ahí tampoco cabe vacilar) de una botella de plástico que provocó un efecto metralla en la imaginación de los futbolistas del club catalán.

Curiosamente las primeras sospechas de esta estrategia prendieron en la final de Copa del 2011 disputada también en Valencia. La final del desplome. Todo comenzó cuando Marcelo, asediado a su espalda por Busquets, soltó el brazo hacia detrás, rozando el cuello de la camiseta del centrocampista, que no dudo en echarse las manos a la cara y caerse. Posteriormente, Pedrito chocó con Arbeloa, ambos con el costado, y tras varias vueltas de campana también se cubrió su rostro con las manos. Finalmente, en las postrimerías del encuentro, Adebayor empujó levemente a Mascherano por la espalda y el argentino cayó fulminado repitiendo, de inmediato, la misma reacción que sus compañeros. Tres lances diferentes, ninguno de ellos a la altura del rostro (cuello, costado y espalda), protagonizados por tres jugadores distintos, pero en todos ellos con idéntica representación: jugador al suelo y manos a la cara fingiendo una agresión. Cabía sospechar que si un jugador actuaba así podía tratarse de un teatrero. Si ya eran dos en el mismo encuentro la cosa empezaba a ser sospechosa. Pero si eran tres los que imitaban la misma escena entonces ya había indicios de ensayo y compañía teatral. De hecho en la retina de los aficionados ha quedado una escena de ese partido en la que David Villa se retuerce de dolor en el piso hasta que Ramos y Arbeloa, ofuscados por la simulación, lo alzan a pulso, lo cual provoca que el asturiano los encare, como un resorte, olvidando el dolor del que hasta hace un segundo no podía librarse.

arbeloavilla-644x362                                                                                                                                                  Foto: ABC

El enfado de los dos defensas blancos no era casual. Esa misma temporada el Barcelona había eliminado al Real Madrid de Champions League con una polémica victoria que se produjo solo tras la expulsión de Pepe por una entrada a Alves. No vamos a entrar a discutir si el portugués tocó o no al brasileño, sino simplemente incidir en la circunstancia de que el lateral no cesó de revolcarse, con gran énfasis, por el césped hasta el instante en que avistó la tarjeta roja, momento en que pareció remitirle de golpe el dolor. De no haber sido sancionada la jugada quién sabe si todavía hoy Alves seguiría rodando por la banda del Santiago Bernabéu. Puede parecer exagerado, pero un año antes el interista Thiago Motta fue expulsado en el Camp Nou tras rozar con su mano en el cuello de Busquets. El jugador de Badia de Vallés cubrió su rostro, cual drama sofocleo y se fue al suelo desde donde siguió retozando a la espera de la tarjeta analgésica. Todos los telespectadores fueron testigos de cómo el azulgrana descubría un instante sus manos, haciendo cu-cu, para comprobar si el italiano ya había sido expulsado o si, por contra, tenía que seguir sufriendo.

La cosa no quedó ahí. En el 2010 el Comité de Competición estimó que Cesc Fabregas había fingido ser agredido en el rostro por el sevillista Gary Medel que fue expulsado por dicha acción. Aunque si hay un futbolista que ha elevado sus representaciones a la categoría de arte ese no es otro que Jordi Alba. En un clásico del 2013, Alba se propulsó hacia detrás para intentar dar con el cuerpo de Arbeloa con la mala suerte de que en el momento y lugar donde había calculado el impacto, el defensa del Real Madrid ya no estaba allí. El costalazo fue importante. Pero lo peor para el lateral zurdo azulgrana estaba por llegar. Cuando por fin, en la segunda parte, consiguió chocar de frente, hombro con hombro, con Arbeloa fue tal la emoción que le embargó que de un respingo su cuerpo describió un acrobacia de 360 grados, durante la cual, de inicio, se resintió de un imaginado golpe en la cara con la expresión constreñida, a mitad de giro sus brazos echaron mano a la barriga, no fuese que también se hubiese visto afectada y ya llegando casi al aterrizaje, se palpó la rodilla también resentida. Fue una exhibición de hipocondría de tal calado que el bueno de Alba olvidó por completo el efecto gravitacional y su cabeza golpeó duramente contra el suelo. Tuvo que ser atendido por ello. Nunca el Karma tuvo una manifestación tan perfecta.

Y es por todo este historial, precisamente, que cualquier aficionado madridista no puede disculpar ni permanecer impávido ante un hecho como el protagonizado ayer por Kovacic o por lo que hizo Pepe en la reciente final de la Champions. Son hechos aislados, pero ha quedado demostrado que acciones como estas pueden degenerar en una conducta social. Así no, Mateo.