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Zidane, once y medio

Zidane, once y medio

Escrito por: Mario De Las Heras23 noviembre, 2016
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No iba el Madrid de vacaciones a Lisboa, que es una ciudad elegante y amable. Lo sabía bien Zidane porque Zidane lo sabe casi todo (del fútbol), o al menos eso es lo que parece. Zizú es como Lisboa, elegante y amable, y en su figura abuitrada, bajo las alas oscuras de su abrigo, se guardan las esencias del madridismo. Muchos no saben cuáles son esas esencias pero sí son capaces de percibirlas, aunque sea sólo gracias al instinto. No hace falta tener clase para identificarla. Luego ésta puede envidiarse o admirarse, y así puede decirse que se mueve el mundo. Tiene que ser difícil vivir envidiando la clase de Zidane, que es un madridismo afinado y afilado, con pedigrí y proyección. El Madrid de Zidane juega casi siempre bien, algunas veces mal y otras veces muy bien. Y sobre todo es un equipo que gana. Un equipo solvente que ayer reflejó como nunca su solvencia, incluso asomado sin motivos reales por minutos a un precipicio, pudiendo disponer de una moderna carretera adyacente para circular sin apuros.

Claro que esto es la Copa de Europa en su versión primeriza de Liga de Campeones. Hay obstáculos en cualquier parte, en cualquier kilómetro o en cualquier curva. Uno puede encontrarse con un Gelson en cualquier lugar y a cualquier hora y hacérsele el viaje incómodo o incluso acabársele tras un cúmulo de circunstancias desafortunadas. No ha sido así para el Madrid, que ya está en octavos haciendo historia como el único equipo que siempre ha superado esta fase de la competición. No recuerdo gran cosa del partido. Me refiero a una guía, un sentido que lo grabe de ese modo general en la memoria. Además se me han olvidado en casa las notas y yo sin mis notas me pierdo. Recuerdo a un Isco diferente al del Calderón. No todos los días son fiesta, y particularmente en un juego tan festivo como el del malagueño que de todos modos siempre toca, aunque sólo sea un poco, la trompeta. Ese protagonismo de Isco en el Manzanares no lo ocupó nadie en Lisboa, que, por otro lado, es algo que sucede a menudo. Es este Madrid un equipo de protagonistas que se alternan y Zizú como aquel Guido Anselmi del Ocho y Medio de Fellini pero sin crisis creativa, que un día elige a Anita Ekberg y otro a Claudia Cardinale.

ZZ

No estaban ninguna de las dos sino una colección de secundarios sobresalientes a la altura todos ellos de Magali Noel, aquella actriz que dio vida a algunas de las fantasías sexuales del director italiano, como en Amarcord. El Madrid ayer era un grupo de Graviscas brujuleando libidinosamente por las calles de Borgo. Marcelo y Bale, heridos ayer, deslizándose sinuosamente sobre la hierba enre risitas nerviosas y suspiros ahogados. A Bale le pasa como a los grandes, que según desde donde le mires parece una cosa u otra. Corriendo por la banda es un purasangre de tobillos delicados y a veces parado, esperando, parece Fido Dido. Varane fue a marcar en un batiburrillo donde el remate de Cristiano se convirtió en un pase que rebañó el francés desesperado. Cómo se sintió la importancia medio oculta del partido por la alegría del gol en los jugadores. Hay que mirarles a los ojos para saber donde se encuentran las claves y esa era una, naturalmente.

Luego vino lo de Gelson. Gelson por aquí, Gelson por allá. Y los nervios. Unos nervios templados, por otra parte. El Madrid aguanta, resiste. El Madrid tiene ahora un coco nadaliano e incluso se crece en la presión, que fue, y mucha, la del Sporting. Eso es algo inédito desde hace años. Eso es algo zidanesco. Una cosa con clase de la que ha salido Kovacic, Kova "el anguila" y cómo sale y se escabulle y lanza los contraataques. El día que se ponga gafas de lejos va a ser el Marcelo de los Balcanes montando esos escándalos en el medio campo. A Bale acabaron astillándole los cascos y a Coentrao, Fabio, que aún no ha llegado (pero se le espera), le pitaron un penalti por mano después de otra mano de Campbell que vio todo el mundo menos quien lo debía ver. Era el minuto ochenta y cuando se miró abajo del precipicio, una ojeadita de nada (si esa nada vamos a suponer que no son unas contras muy bien tejidas, contras vertiginosas, si acaso algo colegiales), un poco de susto, un escalofrío pequeñito que vino a reconfortar Ramos (que también había dado antes el susto) con un pase de gol a Benzema, ¡Benzema!, que volvió a abrir las alas hacia la banda como el polluelo querido de Zinedine Zidane.