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Asensio: El Mediterráneo en La Castellana

Asensio: El Mediterráneo en La Castellana

Escrito por: Antonio Valderrama9 mayo, 2017
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Hablando en los términos falaces de la apropiación cultural, el Madrid ya le quitó un símbolo al barcelonismo: fue cuando Modric se puso la camiseta naranja de hace tres temporadas, con el 19 a la espalda. Marco Asensio, un chico de Mallorca, es el siguiente. Asensio tiene eso tan anárquico que lo vuelve incompatible con el orden masónico de La Masía. El Estilo, codificado en las tablas con las que bajó Cruyff del Sinaí, establece que las medidas estándar de la creación barcelonista han de ser las de un mediocentro de un palmo por encima del metro y medio; paticorto, apariencia de monaguillo, pase horizontal tatuado en el pecho y alma de consultor en Deloitte.

Asensio no parece inclinado a esa mansedumbre, sino más bien un potro salvaje. Eso desconcierta al orden manufacturado del protocolo culé, tan empeñado en hacerse una Historia en base a la repetición sistemática del mismo patrón. Asensio cae en el madridismo como un gato de pie. Lo ves correr, el trapío cuando agarra la pelota, y ya intuyes que ese muchacho es uno de los nuestros. Cuando salta al Bernabéu, sobre todo desde el día del Bayern, es como si en mitad de La Castellana el Madrid se hiciese un balcón con vistas al mar. Aquella noche coció a los alemanes en un jacuzzi de gambetas, filigranas y giros de tobillo indescifrables. Tiene eso que en Barcelona sólo se le permite a los brasileños, que es el sentido de lo imprevisible. Encara y pasa como con Neymar o Ronaldinho: a ver por dónde va a salir este tío.

Y es raro que al Barcelona se le haya escapado Marco Asensio, por que uno se imagina que tienen un radar en La Barceloneta que detecta todos los talentos que salen en su zona de influencia, de La Junquera a Cerdeña. Como hace el Athletic de Bilbao en Navarra, La Rioja y Vasconia. Se ha comprobado por fotos, y por Tuiter, que Asensio es madridista de cuna, aunque eso no signifique nada: más madridista era, dicen, Iniesta. Su fichaje, en 2015, cuando apenas despuntaba en Segunda con el Mallorca, tiene implicaciones simbólicas que refuerzan las deportiva y estratégicas: el Madrid le roba el mar al Barcelona, le hurta una perla de su Mediterráneo, se trae a la meseta, a lo árido y paleolítico del secarral manchego, eso que tanto enorgulleció siempre al catalanismo mediático: la costa y su aura de cosmopolitismo, el magnetismo oriental que siempre les sirvió a los burgueses de Barcelona para distinguirse del rictus burocrático y serio de los madrileños de Castilla.

Su arranque definitivo ha venido de la mano de las exhibiciones del Cristiano Ronaldo capocannoniere. No importa por qué banda: Ronaldo, que juega como un emperador en su trono en la media luna frontal del área, ha abierto, con su desplazamiento, unas praderas desconocidas por los madridistas desde 2009. Asensio es un dinamitero. Juega dejando cargas explosivas entre las junturas de los laterales y los centrales, derrapando sobre la marca de mediocentros e interiores. Entra y sale, se cuelga de la raya imaginaria del fuera de juego y es un folio en blanco sobre todo para Marcelo, que encuentra en él un socio ideal, con el mismo espíritu de niño travieso, siempre listo para la correría y el disparate.

Asensio deja cargas explosivas entre las junturas de los laterales y los centrales

Pero el niño es un asesino. Eso es lo que diferencia a Asensio de otros nombres que salieron una vez, como él, preparados para conquistar el mundo, pero que se quedaron, de puro cándidos. Asensio da vueltas sobre sí mismo, es una aguja pespunteando el dobladillo de las defensas contrarias; en el preciso instante en que todo el mundo, zagueros rivales incluidos, respiran aliviados, creyéndolo fuego de artificio, él se revuelve y pone un pase combado en el ángulo muerto de los centrales, ese lugar a la espalda de los grandes hombres en cuya espalda se luce el 3 o el 4 y que jamás esperaron que fuera a venir el balón exactamente por ahí. Como en el segundo gol de Ronaldo en el Allianz Arena. Asensio tiene el mapa del partido en la cabeza, como si fuera el plano de una batalla. Y no duda en chutar. Chutar, eso tan vulgar, ese recurso neandertal de darle un patadón a la pelota, pudiendo llegar con ella a la línea de gol y sobre ella, antes de meterla, servir el balón en una bandeja de plata, acompañado de un tinto francés.

En algo se parecen el fútbol y la guerra clásica, y es que el terreno de juego es una especie de campo de combate, con sus flancos, sus frentes, sus posiciones: Cristiano ya es descaradamente un delantero, un regimiento de caballería pesada que sólo necesita mostrarse para que le indiquen el camino, generalmente con un pase como los que suele meter Asensio, que ya sabe por dónde va a trotar Cristiano sin siquiera mirarlo. Eso lo aprenden estos monstruos en el patio del colegio, antes de leer, incluso.

Antonio Valderrama
Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

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