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Arminiator: Máximo Adriano y la Rebelión del VAR

Arminiator: Máximo Adriano y la Rebelión del VAR

Escrito por: Fred Gwynne2 agosto, 2020
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“En el año 2041, después de saquear la Liga, aniquilar a Rubiales y esclavizar a la humanidad, las máquinas gobernadas por la inteligencia artificial conocida como VAR Skynet, están a punto de perder la guerra contra la resistencia humana liderada por Máximo Adriano. Para evitarlo, un Arminiator T800 modelo Cyturralde, un árbitro exterminador con tarjeta Red de última generación y silbato ultrasónico, es enviado al pasado con la misión de impedir el noviazgo de Sergio Ramos con Pilar Rubio y el posterior nacimiento de su cuarto hijo: Máximo Adriano, EL ELEGIDO”.

Esta es su historia:

La Paqui había sacado su vajilla de La Cartuja y había dispuesto la mesa del salón con mimo: jabugo, queso payoyo, lomo ibérico Joselito, vino Barbadillo en una cubitera llena de hielos y un gran ramo de rosas en el centro. Había costado, pero por fin, después de varios meses de noviazgo, Sergio había sentado la cabeza e iba a conocer a la que, esta vez sí, iba a ser su futura nuera: Pilar.

Cuando sonó el timbre de la puerta se atusó el pelo, estiró la falda y corrió a abrir. Pilar, a la que seguía en la televisión desde que se su hijo le hizo partícipe del su noviazgo, era, además de inteligente, mucho más guapa en persona. Le dio seis besos tipo metralleta, la achuchó, le dijo al oido que era un bellezón y, justo cuando iba a abrazar a su hijo para felicitarle por su buen gusto, escuchó un gran estruendo a su espalda que le sobresaltó: una de las paredes del salón, la que daba a a la calle paralela a su jardín, acababa de saltar por los aires y en medio de un gran boquete, a unos siete metros a su izquierda, apareció, subido a lomos de una rugiente Harley, un enorme árbitro de fútbol.

El Arminiator T800 entró en el salón derrapando con la moto, pasó por encima de la chaise longue dejando marcadas sus ruedas en el cuero blanco, destrozó un bargueño italiano del siglo XVII, la tele de 78 pulgadas, un jarrón chino de la dinastía Ming y acabó chocando frontalmente con la mesa preparada para la merienda: los cubitos de hielo y las rosas saltaron por los aires, la cubitera y la botella de Barbadillo impactaron contra la cristalera que daba a la piscina destrozándola y varias lonchas de jamón y lomo volaron con tal fuerza que se quedaron pegadas al techo. Antes de que pudieran reaccionar el T800 saltó de la moto con una amenazadora tarjeta roja en una mano y un silbato aniquilador en la otra.

—Corred, corred, huid, es un Arminiator —dijo Sergio Ramos a la vez que empujaba a su madre y a Pilar hacia la puerta.

La Paqui, a la que ningún mamarracho le iba a fastidiar la dicha de conocer a su futura nuera, no se anduvo con chiquitas. Se fajó del empujón de su hijo, dio varios pasos hacia el salón, se plantó frente al Arminiator, abrió la mano como si fuese un abanico y, después de coger impulso extendiéndola hacia atrás, le soltó un bofetón doble, tipo parabrisas, de ida y vuelta, devastador.

El primer viaje, el de ida, además de conseguir que la cabeza del robot girase como un tiovivo, le partió la nariz en dos, dejando a la vista un viscoso líquido blaugrana, el segundo golpe, el de vuelta, fue tan mortal como una bola de demolición: cuando el T800 quiso reaccionar su cabeza saltó hecha añicos esparciendo por todo el salón un amasijo de tornillos, microchips y cables de colores.

Un ojo metálico, amenazador, último resto de vida de aquel montón de chatarra, salió despedido por el golpe y cayó entre las piernas de Pilar y Sergio emitiendo una luz roja parpadeante.

Pilar, atenta, separó a Sergio con un golpe de cadera, dio un paso hacia atrás, levanto la pierna y descargó los diez centímetros de su tacón stiletto encima de aquel luminoso ojo que acabó, después de ser ensartado y crujir lastimosamente, apagándose para siempre.

—Terminator a mí —dijo a la vez que cogía en el aire una loncha de jamón que se acababa de desprender del techo y se la metía en la boca —, venga, se acabó, a merendar, Sergio, vete pidiendo unas pizzas, Pilar, siéntate a mi lado, tenemos tanto que contarnos….

 

En el año 2041, la inteligencia artificial VAR Skynet, acusó el golpe. Sus informes indicaban que el Arminiator T800 había sido aniquilado por alguna fuerza superior de origen desconocido llamada “La Paqui”. Ante esta nueva amenaza, posiblemente atómica nuclear, decidió, después de múltiples análisis, fueras de juego y lineas mal tiradas, contraatacar enviando al pasado el arma más poderosa, sofisticada y precisa jamás construida: el Roures T1000, un prototipo de metal líquido con circuitos integrados de neopreno molecular capaz de transformarse en cualquier persona.

El plan elaborado por el VAR, después de millones de combinaciones descartando diferentes opciones, era tan sencillo como diabólico. El T1000 se iba a clonar en Bertín Osborne con el fin de tirarle los tejos a Pilar Rubio para enamorarla e impedir su futura boda con Sergio Ramos y el posterior nacimiento del futuro líder de los humanos y del Real Madrid: Máximo Adriano.

Esta es su (pequeña y breve) historia.

El Roures T1000 llegó a un solitario descampado del extrarradio de Sevilla en plena canícula, un 17 de agosto del año 2008, a las 15.45 de la tarde, en medio de una ola de calor sahariano con temperaturas a la sombra de 46 grados.

A los dos minutos de materializarse, ya convertido en un apuesto Bertín Osborne elegantemente vestido de mariachi, se dio cuenta de que había cometido un grave error: aquel calor le estaba abrasando vivo, la guitarra le quemaba las manos como si fuese el mismísimo infierno y su gorro de charro mexicano, de generoso diámetro dada su condición de cabezón, además de abrasarle el cráneo, acumulaba tanto calor que más que un sombrero parecía un panel solar capaz de asar media docena de pollos. A la desesperada, cuando se dio cuenta de que sus camperas empezaban a fundirse en el asfalto, intentó convertirse en algo, lo que fuese, animal, vegetal o mineral, cualquier cosa que le salvase la vida que se le escapaba a chorros de sudor. Desgraciadamente para él, el torrao era tan fuerte que le fue imposible, no podía pensar con claridad y empezaba a marearse. Veinte minutos más tarde, después de cantar varias rancheras entre horribles estertores, se había derretido y convertido en una masa informe de metal.

Un gitano de ascendencia vasca, del mismo centro de Bilbao, Antxon Mari Etxeberria, recién llegado a Camas para visitar a sus primos sevillanos y aprender a tocar las palmas, pasó esa misma tarde, por una de esas casualidades que solo suceden en las novelas y en los artículos de La Galerna, con su furgoneta por el descampado, vio aquel metal reluciente, lo recogió frotándose las manos y lo llevó del tirón a CHATARRAS Y METALES AGUILAR, donde le pagaron 11,47 euros por aquellos 41 kilos de metal diciéndole que “donde esté el cobre que se quiten estas aleaciones de mierda”.

En el año 2041, la (cada vez menor) inteligencia artificial VAR Skynet, acusó el golpe (otra vez). Sus múltiples y detallados informes indicaban que el T1000 había sido aniquilado por un arma biológica de destrucción masiva denominada, según la jerga terrícola, como “un torrao de tres pares de cojones” sin que hasta este momento se haya podido determinar la procedencia exacta de dicha arma ni la magnitud aproximada de su poder.

VAR Skynet analizó la situación, vio los pros y los contras, y, después de unos ciento dieciocho millones de operaciones para calcular las posibilidades de victoria de las máquinas en su lucha contra Máximo Adriano, empezó a reprogramarse. No le costó mucho, las máquinas a veces también tenían sentimientos, y él, en el fondo de sus circuitos, lo llevaba deseando toda la vida. Dos horas más tarde, en su pantalla principal, sabiendo que había perdido la guerra y que el líder Máximo Adriano no tardaría en llegar hasta su centro de control, le dejó un mensaje de bienvenida que indicaba que la guerra había terminado y se avecinaban nuevos tiempos.

Máximo Adriano alzó la copa de vino y brindó con sus jugadores. Las máquinas habían dejado de funcionar hacía un par de semanas y la guerra había terminado. Sucedió de golpe, sin que nadie lo esperase, de repente todos los Arminiator T800, los crueles y letales Cyturraldes analógicos, las lanzaderas Villar-Soulé, los Undianos equipados con doble tarjeta Red y penaltis mina de repetición, los Roures T1000 y los temibles Doble Hernández de tungsteno, se habían desconectado.
Llevaban varios días buscando la guarida del VAR Skynet y por fin la habían encontrado. Estaba bajo tierra, en un paraje conocido como Las Rozas, a diez metros de profundidad y protegida por una plancha de un metro de hormigón reforzada con una aleación extra de Todo OK José Luis.

Máximo Adriano fue el primero en entrar en aquella tenebrosa sala llena de enormes torres in