Las mejores firmas madridistas del planeta

Antis

Escrito por: José María Faerna8 octubre, 2015

Entre los muchos placeres que nos son dados a los madridistas por el simple hecho de existir, no es el menor el de abrigarse al calorcito del resentimiento ajeno. A un amigo se puede renunciar, a un enemigo jamás. Solo se los pueden permitir los muy ricos y ociosos, salen muy caros, requieren una dedicación minuciosa y, si a los del Madrid nos los dan de balde, no vamos a desprendernos de ellos así como así, con lo que visten. No hay ningún club en la historia que concite un fenómeno parecido al antimadridismo. El fútbol se nutre de rivalidades enconadas, pero perfectamente delimitadas: si eres del Betis detestas a los sevillistas y viceversa; si del Sporting, a los del Oviedo; si del City, a los del United, y si bostero a los millonarios y recíprocas respectivas. La inquina es aquí la derivada de una competencia local, que es como esas enemistades familiares del mundo rural, fruto de estar décadas encerrados con un solo juguete y siempre el mismo, es decir, un atributo de pertenencia que no se sobrepone a esta.

Pero el antimadridismo es universal y ubicuo. Y no es privativo de nuestros rivales naturales –el local y el nacional–, sino que se despacha aparte: yo he conocido antimadridistas que ni siquiera tienen colores nítidos. Cuando se da entre indios y culés –culé, ¿cómo diablos se dejan llamar así?–, y a diferencia de cadistas y xerecistas, leprosos y canallas, disfrutan de nuestra abstinencia antes que de su banquete, ¿verdad, Shakira? No hay de qué extrañarse, el antimadridismo es la medida exacta de la condición singular del Madrid, la única forma al alcance de quienes no han tenido la suerte de caer dentro de su halo de participar de algún modo de él. Es como la estela de un cometa, como el trueno al relámpago: si nos desplazamos, nos sigue como un reguero. En definitiva, se trata de un fenómeno connatural no ya al madridismo, sino al Real Madrid como tal. Solo si nos extinguimos desaparecerá con nosotros, así que más vale que dure.

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Por todo eso, creo que se equivocan quienes llaman a rebato predicando una cruzada en defensa del club contra tanto infiel enragé. He leído con placer la entrevista con Raquel Martos donde cuenta que ella felicita siempre a sus amigos colchoneros y blaugranas en sus triunfos aunque estos no lo hagan nunca a la recíproca, y cómo cuanto más insiste ella en su buena crianza más se mosquean. Eso que viejunamente se llamaba señorío no es sino la condescendencia de quien reside en los Campos Elíseos frente al infeliz que habita en el Tártaro, un modo apenas sutil de soberbia que ya les jode. Eso no significa que haya que dejar sin contestación las mentiras, pero para eso basta la escueta presentación de los hechos: aquel inolvidable artículo de Antonio Valderrama sobre el origen del escudo demostrando que respiramos los aires bien ventilados de la Colina de los Chopos frente a la seca exhibición de la foto de Montal de romería en el Pardo con la insignia de oro y brillantes. Asumo que a veces hay que batirse el cobre, pero con florete o, a lo sumo, tirando de sable, nunca de navaja trapera, que es más corta.

Pero esto me lleva a una cuestión espinosa: ¿Podemos también los madridistas ser antis? Más aún: ¿Hay un modo legítimamente madridista de serlo? La verdad es que me cuesta encontrar una respuesta satisfactoria. Soy madridista, pero me permito algunas simpatías menores. Algunas por analogía. Por ejemplo, si hablamos de fútbol inglés voy con el Liverpool y, cuando disfrutaba del baloncesto, en la NBA era de los Boston Celtics (algún día habrá que hablar aquí de baloncesto, una afición que practiqué con entusiasmo hace años y que ahora me deja un tanto frío, a diferencia de Número Dos y Número Tres, que mantienen viva su llama; bien es verdad que Felipe Reyes, Sergio Llull y los laureles reverdecidos de este año algún vislumbre me traen de los tiempos de Clifford Luyk y su ojo del tigre, del doctor Corbalán y su escalpelo de operar defensas). Ambas son instituciones que, en su ámbito, me recuerdan al Madrid. Además, en Merseyside se graduaron Xabi Alonso, uno de mis favoritos de los últimos tiempos, y Arbeloa. De allí vino también Steve McManaman, el gran Macca, un interior derecho con planta de mediofondista recién salido de las pistas de ceniza de Carros de fuego por quien tuve verdadera debilidad. Y Michael Owen, que habría hecho una gran carrera en el Madrid de haberle respetado las lesiones. Los dos eran puro Anfield, podías ver palpitar en ellos el espíritu de Bill Shankly, y al día siguiente de pisar el Bernabéu parecían llevar allí desde los tiempos de Gento. En Argentina soy de River, no hace falta que diga por qué. E incluso en España me hacen cierta gracia el Betis, esa cosa idiosincrásica, y el Athletic, no tanto por su política de cantera, un tanto farisaica y desagradablemente etnicista, como por su aromático clasicismo.

El caso es que tampoco me resisto a ciertas antipatías. En Italia no tengo favoritos, pero el Milan me cae francamente gordo, aunque no tanto como el Bayern. Seguramente, algo tendrá que ver su insistencia en humillarnos durante largo tiempo con cierta regularidad. En ese dilema que planteaba aquí Quillo Barrios entre Amsterdam y Lisboa mi respuesta es clara: Múnich, semifinales de la Décima; nunca he sentido una euforia tan liberadora ante una victoria como aquel día en que, después de esperar toda una vida, sembramos el césped del Allianz Arena de picas de lansquenete con las cabezas de esa horda de bávaros envanecidos ensartadas en su punta. ¿Y el Colchones? Pobrecitos míos, cuesta odiarlos, y mira que te cosen a patadas partido a partido a nada que respires.

En fin, llegamos al Barça. A ver, hago memoria… No, no consigo recordar una sola vez en que haya visto con simpatía una victoria suya. No, tampoco me viene ahora mismo a la cabeza alguna de sus derrotas que no me haya mejorado el día. Llevo mal la doblez congénita de su comportamiento social. Peor aún su falta de gusto para elegir cada año un diseño de camiseta más errático que el anterior, supongo que en patriótica connivencia con la payesa marcialidad de guardabosques del uniforme de los Mossos d’Esquadra. Pero, sobre todo, me parece aberrante esa opresiva condición de obbligato social que se ha arrogado el Barça en Cataluña, aunque, ciertamente, ese sea un reproche que merece más bien la sociedad catalana, que asimiló sin demasiados traumas a un señor de Iznájar, provincia de Córdoba, que hablaba un catalán rudimentario como presidente de la Generalitat, pero pediría el frasco de las sales si le sale un Honoraple perico. O madridista, que somos el segundo club de Cataluña, aunque eso no salga nunca en la foto. Per una Catalunya perica, les sugerí una vez a unos amigos del principado como eslogan imbatible para una campaña de liberación nacional. Eso sí, tampoco me acuerdo, por más que me esfuerzo, de una sola vez en que celebrando un título de Liga, de Copa de Europa o del Teresa Herrera del Madrid, se me haya ocurrido concederle ni un instante de mi felicidad al pensamiento de que ese no lo va a ganar el Barça.

El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

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