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El andamio

El andamio

Escrito por: Pepe Kollins22 marzo, 2016
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Si hay una sensación que transmite el Real Madrid desde hace tres años es la de una formación liviana. El equipo puede jugar bien, incluso conquistar títulos, pero hasta en sus mejores fases ha destilado una ligereza que contrasta con la gran calidad que distingue a todos sus jugadores. Disponer de una capacidad ofensiva estimable, incluso hacerla efectiva, no ha impedido que siempre planee sobre el terreno de juego cierta sensación de vulnerabilidad. Tan solo Mourinho consiguió que el equipo conformase, de manera sostenida, un bloque compacto e intenso y quizás eso explique, en parte, la carencia de títulos.

Fabio Capello afirmaba que los equipos debían construirse de atrás hacia delante. El técnico italiano priorizaba la consolidación de un andamiaje que sostuviese un portero de garantías, un central de jerarquía y un centrocampista con despliegue al que denominaba “el motor”. A partir de ese eje el equipo podía crecer ofensivamente, generar peligro y hasta espectáculo, pero la base de la competitividad no radicaba tanto en el factor diferencial de sus puntas como en la solidez del bloque. Los números dan la razón al italiano.

En los últimos diez años y desde un prisma meramente estadístico, el bagaje defensivo ha resultado mucho más trascendente que el ofensivo. En ese intervalo el Real Madrid ha sido, pese al escaso rédito, el equipo más goleador en siete temporadas. También resulta significativo que durante ese periodo siete veces haya ganado la Liga el campeón del trofeo Zamora por tan solo cuatro la escuadra más goleadora y que la única ocasión en que el Real Madrid fue el equipo menos goleado coincida con la última conquista de un campeonato liguero.

Un repaso a los mejores clubs europeos de la década deja constancia de la importancia de una estructura que sostenga la fantasía de sus puntas. Hasta el Barcelona, que instauró un sistema posicional basado en la posesión que facilitaba la recuperación del balón, recurrió al fortalecimiento de un eje defensivo que lo blindase. Si para Frank Rijjkaard fueron vitales Puyol, Márquez, Edmilson y Van Bommel, para Guardiola eran imprescindibles Abidal, Piqué, Touré, Busquets y Keita.

Otros recientes campeones de la Champions se erigieron sobre los mismos fundamentos. El Bayern de Jupp Heynckes disponía de Schweinsteiger, Luiz Gustavo o Javi Martínez; el Chelsea de Di Matteo aunaba la exuberancia de Obi Mikel, Kalou y Malouda con la potencia de Frank Lampard; Lucio, Samuel, Cambiasso, Zanetti y Sneijder eran los cimientos del Inter de Mourinho; Ferguson juntaba en el centro del campo a Carrick, Scholes y Hargreaves; y Ancelotti se protegía con Gattusso, Ambrosini y Seedorf. En estos diez años, el ganador de la Champions ha sido cualquier cosa menos liviano.

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En el pasado del Real Madrid también podemos encontrar ejemplos que refrendan el citado equilibrio. La conquista de la Octava Copa de Europa fue posible gracias a una disposición de cinco defensas. En la última Liga de Vicente del Bosque fueron habituales Hierro y Helguera en el eje de la zaga y Makelele y Conceiçao en un doble pivote. Capello armó su segundo andamio con Cannavaro, Diarra y Emerson, a los que Schuster añadió Heinze y Sneijder. Pero es en el contraste con el Real Madrid de Mourinho donde es más fácil vislumbrar las vías de agua del actual. El de Setúbal contaba con Ramos y Pepe, una pareja de centrales con un poderío físico, por entonces, sin igual y con los cuales podía permitirse el lujo de adelantar a la defensa sin temor al abismo que quedaba a sus espaldas. El lateral izquierdo estaba compensado con Coentrao, de un corte más defensivo que Marcelo y que era la baza preferida en los envites más comprometidos. Si el centro del campo hoy lo componen tres mediapuntas reconvertidos, como Toni Kroos, Luka Modric y bien James o Isco, el portugués alineaba a Xabi Alonso, Sami Khedira y Angel Di Maria, todos ellos de mayor recorrido que los actuales y en el caso de los dos primeros, con un mayor conocimiento del oficio de mediocampista.

Hasta hace escasas semanas, el panorama del Real Madrid ha sido el de un once titular con dos laterales de tendencia ofensiva, dos centrales con un bajón físico notable, un centro del campo sin un solo jugador de despliegue y contención y los tres de arriba tan poco aptos para trabajar en labores defensivas como siempre. Aunque el club intentó paliar la debilidad reforzando la posición de mediocentro, los dos fichajes realizados con ese propósito (Asier Illarramendi y Lucas Silva) resultaron un fiasco. La tercera tentativa, Casemiro, ha conseguido hacerse finalmente con un hueco y supone, junto con Keylor Navas, la única mejora en términos de consistencia.

Hay que admitir, no obstante, que en momentos puntuales, sobre todo en el primer tamo de la segunda temporada de Ancelotti, estos jugadores consiguieron ensamblarse desde el orden táctico, hasta el punto de mostrarse compactos por momentos (como en el 0-3 al Liverpool o el 3-1 al Barcelona en el 2014). Pero los hechos demuestran que la ausencia de jugadores con unas condiciones físicas y tácticas adecuadas hace imposible que este índice de impermeabilidad sea sostenible con regularidad.

Tampoco es menos cierto que un porcentaje elevado de los que ahora critican estas carencias, tanto desde los medios de comunicación como desde la grada, antaño desdeñaban a este prototipo de futbolistas. Si la prensa y las encuestas reclamaban con insistencia al Madrid de los “jugones”, cuando el equipo sucumbió 0-4, con su versión más aristocrática frente al máximo rival, esos mismos críticos culparon al presidente por haber impuesto la alineación. El entorno, por lo general, se muestra hostil cuando el equipo tiende a solidificarse.

Encarando el presente, cabe preguntarse si con la Champions League como única posibilidad real no sería conveniente subsanar la persistente liviandad con alguna medida de urgencia, ya fuera la incorporación de un cuarto centrocampista o la de un quinto defensa en detrimento de alguna de las letras de la BBC. Dar consistencia al conjunto y encomendarse a la genialidad individual así como a uno de los mejores recursos de la plantilla: el balón parado.

De cara al futuro, sería interesante asumir que el último bloque sólido y regularmente competitivo fue diseñado por el entrenador. Es necesario volver a otorgar al técnico el poder de elegir altas y bajas para subsanar los déficits más acusados en clave de consistencia: compensar la calidad ya existente en todas las líneas con delanteros que aprieten y recuperen, con centrocampistas intensos que abarquen mucho espacio, laterales que sepan marcar y centrales rápidos y con un alto nivel de concentración. En definitiva, con un andamiaje que sostenga la fantasía.