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Anatomía de un amor incondicional

Anatomía de un amor incondicional

Escrito por: Fer de la Cierva20 julio, 2015
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Una fría mañana de invierno un niño se dispone a subir a un tren.

 

Me resulta tremendamente difícil escribir sobre aquello que amo, confinar en palabras el idioma enmarañado y abstracto del sentimiento. Nunca me he atrevido a diseccionar con gelidez analítica, por ejemplo, la tortilla de patatas de mi madre, “Los Soprano”, el “Cosmo’s Factory”, “Los hermanos Karamazov”, el mar al atardecer o “El Padrino”. Escribir es un proceso tiránicamente racional por lo que trasladar emociones al papel supone, en cierto sentido, desnaturalizarlas; y cuanto mayores o más significativas son estas emociones, más se aleja, inevitablemente, lo escrito de lo sentido. Es como pretender representar el agua caliente con un trozo de hielo. Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo, afirmó Wittgenstein en su célebre Tractatus: una frase propia de alguien que no ha visto a su equipo empatar una final de Champions en el descuento. El filósofo austriaco, que tuvo el mal gusto de fallecer 63 años antes del milagro de Lisboa, no pudo sentir esa impetuosa cascada emocional y comprobar que hay un vasto mundo interior que escapa a las fronteras del lenguaje; escribir sobre el Real Madrid para mí supone adentrarme en ese mundo e intentar asir lo inasible, con el mismo presentimiento de derrota e impotencia que tiene un portero que ve cómo se aproxima meteóricamente un balonazo de Bale que ha superado la barrera. No puedo ambicionar capturar la esencia de mis sentimientos madridistas y expresarla con toda su luz, tan solo puedo plasmar un reflejo pálido. El portero jamás podrá atajar ese balón que se colará irremisiblemente por la escuadra, pero puede ejecutar una digna, elegante e inútil palomita.

Si algo me enseñó “Anatomía de un asesinato”, la obra maestra de Otto Preminger, además de que Jimmy Stewart podía ser un tipo verdaderamente irónico y astuto (muy alejado de sus honorables personajes caprianos de inocencia angelical), es que no existe un término científico con mayor valor literario que el de anatomía. Cualquier sintagma encabezado por “anatomía de” tiene potencial de gran título. Hagan la prueba, acompañen esos dos vocablos con todas las expresiones que se les ocurran: anatomía de un recuerdo, anatomía de una despedida, anatomía de un ayer… ¡Incluso anatomía de una anatomía no suena tan mal como sería deseable! Tomando menos riesgos que un lateral de un equipo de Caparrós, decidí desde antes de escribir una sola línea que el título de este análisis sobre mi madridismo sería anatomía de algo. Inesperadamente, esta elección me condujo a un primer ejercicio de introspección. ¿Anatomía de qué? Responder a esta pregunta suponía condensar en muy pocas palabras la naturaleza fundamental y distintiva de mis emociones respecto al Real Madrid. Dicho de otro modo, ni siquiera había empezado y ya debía contestar la pregunta esencial:

¿Qué es el Real Madrid para mí?

Mi primera idea fue escoger “Anatomía de un sentimiento”. Me parecía un título poderoso, muy estético, pero pronto caí en la cuenta de que presentaba un serio inconveniente: no era cierto. El Real Madrid para mí no es un sentimiento sino multitud de ellos, me ha hecho experimentar prácticamente todo el espectro emocional: miedo, sorpresa, ira, alegría, tristeza, etc. Sintetizar toda esta gama anímica en un sentimiento unitario supondría deformar la verdad.

Más tarde se me ocurrió “Anatomía de una pasión”; lamentablemente, tras meditarlo comprendí que pecaba de impreciso. Es evidente que el Real Madrid me apasiona, mas no es solo algo que me apasiona. Además, la mayor parte del tiempo vivo mi madridismo de una manera serena y no como un incesante estallido de emociones efervescentes. Tras varias y arduas horas en busca del matiz adecuado, acepté mi rendición: debía recurrir a la palabra que siempre quise evitar, una palabra que con el uso se desgasta como los tobillos de Robben, la palabra más hermosa y manida de la lengua castellana. Amor, claro.

Aunque hiera de gravedad a mi impostada originalidad, me resulta imposible escribir sobre el Real Madrid sin mencionar el amor, una imposibilidad que tiene una explicación tan sencilla que enrojecería al mismísimo Guillermo de Ockham: eso es exactamente lo que es para mí el Real Madrid, es la única respuesta posible a la pregunta que formulaba tres párrafos atrás. El amor abarca todo el abanico de sentimientos que he enumerado antes y añade de forma tácita dos componentes primordiales, el primero orientado al pasado y el segundo al presente y el futuro: memoria y compromiso. Vivir y recordar son dos conceptos separados por límites difusos, es más, se podría decir que cada persona vive dos vidas: la que vive y la que recuerda. Todo amor se asienta sobre un catálogo de buenos recuerdos; la memoria no determina el amor, pero es el esqueleto imprescindible que le confiere consistencia. Sin memoria puede existir el deseo, el enamoramiento y formas germinales de amor, no el amor en sí mismo. La volea de Zidane en una mágica y primaveral noche escocesa, el insólito taconazo de Guti en Riazor, el angustioso empate contra el Zaragoza en el frenesí del tamudazo, la galopada infinita de un galés que culminó en uno de los goles más impresionantes de la historia del futbol… son los huesos que vertebran mi madridismo. He obviado los malos recuerdos porque, pese a ser inevitables, no son necesarios para el amor.

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En cuanto al compromiso, un individuo más listo y (aún más) cursi que yo llamado Robert Sternberg ya lo nombró como uno de los tres elementos básicos del amor ideal junto con la pasión y la intimidad. Compromiso es estar incluso cuando sientes el impulso visceral de no estar. Para mí madridismo no es solo regodearse en el júbilo de las grandes victorias, bañarse en las fuentes urbanas y en el alcohol que riega las celebraciones. También es ver los cuatro últimos partidos de una Liga que ya ha ganado el Barça, presenciar un soporífero encuentro contra el Getafe tras haber sido eliminado tres o cuatro días antes en octavos de Champions, permanecer sentado delante del televisor hasta el pitido final independientemente de la goleada que nos estén infligiendo, etc. Ser madridista ha entrañado un enorme compromiso. En los últimos trece años me he perdido únicamente tres partidos oficiales del Real Madrid (que grabé y visioné posteriormente): el primero fue un encuentro de Liga contra el Betis el 17 de febrero de 2007 que se saldó con un paupérrimo empate a cero ­y que no pude presenciar por encontrarme de viaje en Londres –lo que no fue óbice para instigar a mis amigos a emprender una surrealista e infructuosa búsqueda por las inmediaciones de Trafalgar Square de un bar que televisase el partido–; el segundo fue el 23 de octubre de 2013, un Real Madrid-Juventus de la fase de grupos de Champions que ganamos dos a uno (doblete de Cristiano) y que me pilló en la Sala Riviera en un concierto del grupo Volbeat; el último tuvo lugar hace pocos meses estando yo en Amsterdam, exactamente el 18 de abril, un partido contra el Málaga que, pese al buen resultado (tres a uno, goles de Ramos, James y Cristiano), es de infausto recuerdo ya que al poco de empezar la segunda parte sobrevino la fatídica y, a la postre, determinante lesión de Modric.

Madridismo es ver los cuatro últimos partidos de una Liga que ya ha ganado el Barça

Parémonos un momento y recapitulemos: emociones, sentimientos, pasión, compromiso y memoria. Es evidente que es una de esas extrañas ocasiones en las que estoy hablando de amor y no quiero decir sexo. “Anatomía de un amor” parece por tanto el título lógico; no obstante, no termina de satisfacerme. El concepto de amor es torrencial y polisémico, es capaz de expresar con la misma suficiencia lo que sentimos hacia nuestra madre, nuestra pareja, una canción de Bruce Springsteen o los pimientos del piquillo. La tipología del amor es tan variada y extensa como los goles de Cristiano. Es preciso que acote el término. Acometer esta tarea de concreción me lleva a tener que arrostrar otra compleja pregunta: ¿Qué es lo que caracteriza a mi amor por el Real Madrid y lo diferencia de todos mis demás amores?

Todo nexo humano es intrínsecamente frágil, ningún vínculo interpersonal descansa en la certidumbre. Firmamos un contrato biológico por el mero hecho de nacer que nos condena a lo efímero. Las relaciones que no destruye la vida las termina destruyendo la muerte; y la vida ya es de por sí un filtro implacable. Incluso la amistad más fuerte puede quebrarse por un malentendido, el matrimonio más sólido por una traición; ni siquiera el amor de unos padres hacia su hijo (o viceversa) es irrompible, debe conformarse con ser casi irrompible. Nadie es seguro. Nada importa realmente, como susurraba dulcemente Freddie Mercury en su rapsodia bohemia… En fin, voy a dejar ya el dramatismo, me estoy poniendo más tétrico que Xavi en un campo de tierra.

La cuestión es que cualquier unión entre dos individuos está supeditada a ciertas condiciones que se establecen de manera implícita; cuanto más importante es la relación, menos numerosas y más laxas son dichas condiciones. Ahí reside precisamente la singularidad de mi amor hacia el Real Madrid: no está sometido a ningún requisito, es absolutamente incondicional. Da igual a quien fichen o a quien vendan, quien presida el club, quien lo entrene, las derrotas que coseche, la división en la que juegue, lo siniestro que sea el escenario deportivo e institucional: seguiré fielmente al Madrid hasta el fin de mis días. Desgraciadamente, nunca podré tener el convencimiento categórico de que uno de mis seres queridos estará mañana (tomorrow never knows, sentenciaron enigmáticamente Lennon y McCartney); sin embargo, mientras exista un mañana para mí en él estará indefectiblemente el Real Madrid. No es el amor de mi vida, pero es un amor para toda la vida. De ningún modo puedo equiparlo en importancia a aquello que es verdaderamente trascendente (la salud, la familia, los amigos, la felicidad, el trabajo, etc.), pero tiene su importancia. ¿Cómo no iba a tenerla? Representa una de las poquísimas certezas, quizá la única, que tengo en mi vida.

Mientras exista un mañana, para mí en él estará indefectiblemente el Real Madrid

Más allá de condiciones y certezas, para mí el Real Madrid por encima de todo significa los dos hombres de mi vida: mi padre y mi hermano. Uno siempre será un gigante, aunque lo superé en altura ya hace más de tres lustros; el otro a mis ojos siempre será un niño, aunque en su cabello ya se entrevé alguna cana. Para muchos el fútbol es un asunto eminentemente social que sobre todo se disfruta en compañía de amigos o en la algarabía de los bares; en mi caso siempre lo he vivido como algo privado y familiar ­–pese a la cordial indiferencia de mi hermana (cuya flamante carrera como seguidora merengue duró apenas dos temporadas, revelándose estériles todos mis denodados esfuerzos) y la hostil oposición de mi madre (cuyo odio hacia el balompié sólo es comparable con el de Relaño hacia Florentino)–. Son raros como el peinado del Cholo los partidos del Madrid que no veo en casa de mis padres y me negaré a verlos en otro lugar mientras las circunstancias me lo permitan. He pasado (literalmente) más de mil horas con mi padre y mi hermano viendo los encuentros de nuestro equipo. Este triángulo virtuoso se rompió hace poco porque mi hermano tuvo que emigrar a otro país por motivos laborales. Aunque lo echo de menos no existe rastro de amargura porque tuvimos la más hermosa y perfecta de las despedidas futbolísticas. Sí, me refiero de nuevo a Lisboa.

Tras una década de decepciones y agónicas cuasi remontadas en Champions, la tarde de un 24 de mayo nos dispusimos a ver juntos uno de nuestros últimos partidos. Fue un sueño y como tal los recuerdos son borrosos e inconexos. Recuerdo más de una hora de sufrimiento indecible; recuerdo el prodigioso cabezazo que inmediatamente precedió al estruendo; recuerdo un segundo cabezazo que nos llevó al éxtasis; recuerdo las lágrimas y los abrazos; recuerdo la etílica celebración con mi hermano hasta el amanecer, preguntándonos incrédulos si lo que acabábamos de vivir había ocurrido o había sido un espejismo; recuerdo lo poco que recordaba cuando desperté la mañana siguiente. Pocos días antes de su partida, le dije a mi hermano que podía marcharse tranquilo, habíamos extraído del fútbol lo máximo que nos podía dar, ya nada quedaba inconcluso: con la Décima habíamos cerrado un precioso círculo después de toda una vida viendo juntos al Madrid.

Mi madridismo es una herencia paterna. No lo escogí. Lo adquirí antes de tener capacidad de elección, antes de poder entender lo que es un fuera de juego. Ocurrió exactamente el 3 de enero de 1993, día que mi padre me llevo por primera vez al fútbol. Fue un Real Madrid Osasuna en el Bernabéu (tres a cero, los dos primeros goles de Hierro, el segundo tras preciosa jugada de Martín Vázquez, y el último de Butragueño). Aquel recién estrenado año de principios de los noventa supuso un gran hito iniciático en mi vida: no solo era la primera vez que iba a acudir a un campo de f