Fichemos a la Cucinotta

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El mercado veraniego de fichajes se ha vuelto tan loco que uno no sabe ya si vamos a fichar al próximo Pelé o al último campeón olímpico de maratón. Mis compañeros de redacción galernauta tan pronto cuentan maravillas de Mbappé, y sufren y se excitan con los interminables vaivenes de la rumorología sobre su fichaje, como sopesan las ventajas e inconvenientes que tendría la contratación de Dembele por el Barcelona. En los ociosos mentideros futbolísticos del verano todo el mundo habla de tales nombres, que ocupan portadas todos los días protagonizando noticias desacomplejadamente contradictorias. Mientras, y a mayor abundamiento, los clubes ingleses se entretienen fichando a Lukakus y a Bakayokos. A mí, qué quieren que les diga, me cuesta trabajo ilusionarme con jugadores que tienen nombre de corredor africano de larga distancia. No dudo de su calidad y proyección, pero todo esto me parece preñado de algo inquietante, de un peligro indefinido, y me genera un runrún que me desazona y me hace revolverme nervioso en el asiento. Supongo que será el temor a lo desconocido. Todo resultaba más fácil, más previsible, cuando los posibles fichajes comenzaban por “Van” o terminaban en “-inho”, como Dios manda.

Pero habida cuenta de que el signo de los tiempos impone abrir las fronteras futbolísticas y mentales a la hora de considerar posibles fichajes con los que amenizar la pesada canícula (será cosa de la globalización, sea eso lo que quiera que sea, o del calentamiento, que también es global), he decidido unirme a la fiesta y echar mi cuarto a espadas. Y si a todo el mundo le parece razonable fichar a un probable campeón de los diez mil metros lisos, no veo por qué ha de estar mal ampliar el abanico y considerar también figuras del séptimo arte. Así que el fichaje que modesta pero firmemente propongo desde estas líneas es -como ya habrá adivinado, no sin cierta dificultad, el lector perspicaz al leer el título de este articulastro- el de Maria Grazia Cucinotta.

Digámoslo sin tapujos: Maria Grazia Cucinotta -¿acaso cabe un nombre más bello y evocador, una más deliciosa yuxtaposición entre la delicadeza y donaire del nombre y la rotunda contundencia del apellido, tan contundente como las curvas de su dueña?- es madridismo puro. O como diría Florentino Pérez, la Cucinotta ha nacido para jugar en el Real Madrid. Yo lo supe desde el momento en que la descubrí, hace ya más de veinte años, en la italiana Isla Salina, donde nunca he puesto un pie. Es en esa isla donde Beatrice Russo, o sea la Cucinotta, se me apareció en todo su esplendor regentando una humilde taberna de pueblo. Allí toda la luz del Mediterráneo palidecía ante la luz refulgente de sus ojos, y toda la poesía de Neruda quedaba reducida a cenizas ante el fuego abrasador de sus labios carnosos. Aquello era el triunfo definitivo de la belleza, un baño de luz, una alegría de vivir desacomplejada y contagiosa. Puro Real Madrid. La Cucinotta era la mujer que siempre tuvo la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta y que dejó a Sabina con el corazón en los huesos, que es como el Real Madrid siempre ha dejado a los atléticos.

Yo la vi, en suma, madridista, de un madridismo de mayor cuantía, tan puro, tan intenso y tan concentrado que casi dolía.

Yo la vi jugar al futbolín vestida de blanco, y dominar la pelota y a Massimo Troisi con esos labios ágiles y voluptuosos, y pasarse la pelota de lado a lado de la boca en un box to box ejecutado con maestría y técnica exquisita, y practicar el juego en corto y el pase en largo hasta alcanzar la simbiosis perfecta entre belleza y eficacia, mientras el pobre Troisi se hacía cada vez más pequeño ante su sola presencia, y así comenzaba la partida derrotado, fatalmente derrotado, felizmente derrotado, como si fuera el Manchester United en la Supercopa. Yo la vi reírse con descaro del tiki-taka con sus ojos de acero negro que eran puro run´n´gun, contragolpe mortal al primer toque, y con su silueta curvilínea, exuberante, que era la exaltación de la primavera madridista y la negación de la androginia asexuada del rondo infinito en medio campo. Yo la vi inalcanzable, agazapada bajo su melena y sus cejas negras para dar el zarpazo certero en el minuto 93 y regatear de nuevo al destino, para mostrar al mundo que no hay estrella en el cielo que pueda con su grandeza inquebrantable. Yo la vi reinar con mundana alma de diosa en el terreno de juego de aquella taberna polvorienta, y convertirlo con su sola presencia en el Estádio da Luz, en San Siro y en el Millenium Stadium todo a un tiempo, es decir, en una sucursal del cielo en la tierra. Yo la vi, en suma, madridista, de un madridismo de mayor cuantía, tan puro, tan intenso y tan concentrado que casi dolía.

Habrá algún ciego que diga que de aquello han pasado ya más de veinte años y que la belleza de la Cucinotta está ya algo ajada. Como si en la inmensa negritud de su mirada no se encontrara grabado a fuego el orgullo inmarcesible que no sabe del paso del tiempo y que tan bien conocemos los madridistas. Qué importan los años cuando a uno lo alimenta el fuego eterno de la pasión por la gloria. Un Real Madrid con el fuego inextinguible de la Cucinotta sería aún más Real Madrid, si eso es posible: un Real Madrid propulsado por un fuego imperecedero a cuyo calor triunfaría cualquier futuro Pelé, así se llamase Mbappé, Kipkoech o Kipchoge. Fichemos a la Cucinotta, por favor.

 

 

3 COMENTARIOS

  1. Una coincidencia más en nuestras vidas paralelas, mi querido Doppelgänger.

    Por supuesto, me adhiero incondicionalmente a tu propuesta de fichaje

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