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Zinedine Andrews

Zinedine Andrews

Escrito por: John Falstaff5 enero, 2016
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Zidane acaba de llegar suspendido de un paraguas, y yo me atrevo a sugerirle que no lo suelte, porque le va a venir bien para aguantar el chaparrón. Es posible que Zidane tenga la misma magia como entrenador que la que atesoraba como jugador, y que saque de su bolso de viaje todo tipo de artilugios para que nos sintamos cómodos, desde un rebosante florero y una lámpara de pie hasta la fórmula mágica del fútbol bonito, mucho más secreta y codiciada que la de la Coca Cola. Incluso cabe la posibilidad de que a una palmada suya el desorden del club desaparezca y las cosas vuelvan por sí solas a su sitio, como si Concha Espina fuera la habitación de Jane y Michael Banks. Sí, puede que Zidane deje boquiabiertos a nuestros díscolos muchachitos nada más llegar, y que convenza a estos, al ritmo de la canción del supercalifragilísticoespialidoso, para que en lugar de hacer la vida imposible a sus padres y a sus niñeras, conviertan el Bernabéu en un campo de dibujos animados con carruseles de colorines a cuyos lomos podamos volar por los mundos infinitos de la imaginación, con Luka Modric ejerciendo otra vez de Dick van Dyke.

O tal vez lo que haga Zidane sea confeccionarles unos trajes con la tela de las cortinas para ir a cantar todos juntos por los estadios de España, que son los montes de Salzburgo, aquello de "Don es trato de varón, Res, selvático animal", de tal manera que, ante la belleza de sus voces blancas y empastadas, toda Austria quede rendida a sus pies, y mientras Florentino entona el "Edelweiss" a la guitarra, nuestros chicos den esquinazo a los poderosos enemigos del club llevándose la Liga en el maletero del coche.

sound of music

Lo cierto es que Zidane tiene ese aire virginal y cristalino de novicia de un convento en el Tirol, y parece que siempre acaba de llegar volando suavemente desde algún lugar ignoto, con los zapatos recién lustrados y con la suela mostrando la piel de vaca todavía reluciente, sin estrenar. Bien pensado, Zinedine Zidane tiene mucho de Julie Andrews, empezando por esa mirada luminosa que emana de unos ojos risueños que contradicen la seriedad del semblante, y terminando por esa flema y ese aplomo infinitos (salvo cuando enfrente está Materazzi, pero ya nos ensenó el Papa Francisco que cuando a uno le mentan a la madre o a la hermana, es Cristiano defender su honor con métodos expeditivos). Así que me parece un acierto que Zidane haya sido el elegido para sustituir a Benítez, porque si algo sabe hacer la Andrews es llenarnos la infancia de canciones pegadizas con letras disparatadas de un optimismo inverosímil, y si algo le hace falta al madridismo es recuperar la sonrisa blanca de los niños que van al estadio a ver a sus ídolos, e inyectarse una sobredosis de optimismo inverosímil (el verosímil ya se nos ha agotado) que aligere el disparatado discurrir del equipo.

O sea, que no está claro si lo nuestro es Sonrisas y Lágrimas o Mary Poppins, pero celebro que por fin pongamos esto en manos de la única persona que lo puede arreglar: Zinedine Andrews. Ahora bien, si yo estuviera en su lugar, lo primero que haría es lo que hace María cuando llega a la mansión de los Trapp: mirar debajo de las sábanas para asegurarme de que los niños no me han llenado la cama de arañas.

 

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.

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