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Zidane con las alas extendidas

Zidane con las alas extendidas

Escrito por: Mario De Las Heras9 enero, 2018
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A Zidane le veo yo cabeza de águila. A mí de pequeño me gustaba mucho el águila. Mi preferido era el de cabeza blanca. Lo veía en los documentales encaramado a una roca con el viento levantándole el tupido plumaje. Esa imagen es la de Zidane expuesto en la banda con su abrigo azul. Esa banda es un risco. Una altura a la que pocos pueden llegar desde donde se observa toda la planicie por donde corren los conejos.

Yo cuando era niño me creía un águila porque creía verlo todo como él desde el salón de mi casa gracias a la magia de los documentales. Luego crecí y esa misma visión empezó a darme vértigo. Empecé a woodyallenizarme hasta hoy, cuando ya apenas puedo asomarme a la ventana del tercer piso en el que vivo. Pero quedan muchos águilas. Aguilillas, si me permiten, que creen saber más que el único águila, el de cabeza blanca, porque ven los partidos desde la altura de su sofá o desde la altura de su cómodo y rumoroso asiento en el Bernabéu donde tampoco se oye el sonido hueco y el rebote del balón.

Los aguilillas creen ver conejos todo el rato correteando entre los matojos (a veces es cierto que se ven, ayer yo mismo, incluso con mi vértigo, los vi en Balaídos, el Uralita Stadium, y no sólo conejos blancos, negros anoche, sino también azules clarito) y ya no ven a los ciervos que juegan graciosamente, ni a los linces que observan y se escabullen o a los lobos que atacan en manada. El aguililla los toma a todos por conejos y protesta como si a ellos se limitara su dieta. Ni un cervatillo magro al que hincarle las garras.

Pero hay que ver lo que devora el hambriento aguililla, mayormente planeando sobre los aires de la prensa amiga; devora hasta al verdadero águila, el mayor cazador de los bosques, en su rutina dominguera que ya se extiende como una epidemia al resto de los días de la semana donde uno puede ver en la tele y escuchar en la radio a individuos en pantuflas colocándose sin reparos el montante de la entrepierna mientras insultan gratuitamente y con profusión a Zidane de quien, por cierto, yo siempre recuerdo una imagen (esa imagen que vale más que mil palabras, casi tanto como ocho títulos) de cuando aún estaba en el nido y de pronto levantó con natural audacia el ala de Ancelotti para enseñar por primera vez el perfil rapaz que poco después le daría al Madrid el mejor año de su historia.

Los aguilillas ponen la guinda, el lazo, a la trituradora de entrenadores madridistas, tan añosa y tristemente célebre, tan digna de ser erradicada y que no se para ante nada ni nadie mostrando hoy más que nunca su barbarie destructiva, el único fin verdadero que cala en propios, en extraños y en aguilillas a través de los cuales alcanza su definitiva y fatal difusión.

A veces me solazo pensando en Zidane con las alas extendidas (con el abrigo azul extendido) yendo no a la caza de conejos, ni de ciervos, ni siquiera de jugadores de fútbol sino de aguilillas de sofá y de tertulia. Los veo correr despavoridos mientras los persigue Zizú. Chillando como alimañas. Perdiendo las pantuflas por el camino, cayéndoseles los pantalones desabrochados, muestra de la ligereza con la que se toman su trabajo o sus aficiones, en medio de la penosa huida que no encuentra refugio, tropezando entre el polvo, sollozando, abjurando de todas sus patrañas y de todos sus ataques crueles y cobardes, pidiendo desesperada clemencia que al final Zidane, naturalmente, les concede.